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“Mi desafío fue volver a la novela decimonónica”
Cristina Loza: «Empecé esta novela pensando que era una historia familiar, luego me di cuenta de que era una historia universal, que tenía que ver con los desastres y la estupidez de las guerras, las masacres y los desarraigos».
Periodista: ¿«El oso de Karantania» es una historia familiar real?
Cristina Loza: Es la búsqueda de mi gen eslavo. Mi madre es eslovena. Partí de una frase que ella me dio: «los cinco hermanos de tu abuelo murieron en la guerra, y su madre enloqueció por eso». Uno comienza una novela pero no sabe adónde va. La historia va llevando al narrador. Empecé pensando que era una historia familiar, luego me di cuenta de que era una historia universal que tenía que ver con los desastres y la estupidez de las guerras, las masacres y los desarraigos. El punto de partida fueron esos cinco campesinos, Ladislav, Janez, Josef, Franz y Ferdo, a los que le llega la orden de ir a la guerra, para luego desovillar lo pasado por ellos en épocas convulsionadas.
P.: ¿Cómo estableció el marco histórico y geográfico, además de los amores y odios?
C.L.: Necesité tres años de investigación para llegar a la orilla de lo que significan las guerras por etnias, por razas. Allí tienen a musulmanes, ortodoxos y católicos. Así supe que el pueblo esloveno siempre estuvo peleando por banderas ajenas. Tuve que viajar en 2009 porque no se puede escribir sobre un territorio si no se conoce el olor de ese país. Uno puede echar mano a bibliotecas, obras, estudios, libros, Internet, pero no es lo mismo que andar los caminos, sobre todo cuando se trata del pasado familiar. Fue el impacto de llegar a la casa donde nació mi madre, donde empieza mi familia, que luego se desparrama hacia Estados Unidos, Canadá y América del Sur. Es impresionante ver cómo el azar hace que un destino se desvíe, y a la vez cómo se lo construye, se lo hace propio.
P.: Es el caso que le importa, el eje de su historia es la historia de Sofía.
C.L.: Una mujer que llega a la Argentina con 31 años. Hacía seis años se había casado en Eslovenia con un hombre que la dejó. Tiene dos hijos, y viene a empezar una relación con alguien a quien no ama, porque era un casamiento acordado. Viene a empezar de cero, sin padres, sin lazos. Me parece maravillosa esa capacidad de refundarnos, de recrearnos. Creo que todos los argentinos tenemos una gota de eso.
P.: ¿Cómo surge el nombre Karantania?
C.L.: Es el nombre de Eslovenia en el siglo VII. Allí me dijeron que Karantania es lo que Eslovenia quiso ser, y no pudo, un ducado independiente. Independencia que recién logró hace 20 años. Era algo caro a los corazones eslovenos la autonomía y libertad porque siempre fueron otras banderas las que flamearon en su cielo. Karantania expresa el anhelo de un pueblo que estuvo mucho tiempo oprimido. Un día me enteré de que Eslovenia exportaba osos. Tienen una superpoblación de esos animales, y en otros países habían desaparecido porque les es muy difícil reproducirse en cautiverio. Lo notable es que los osos de Eslovenia que eran llevados a otras tierras, de una manera u otra, trataban de volver. Ahí armé mi historia. Me dije: mis abuelos, mi madre, eran como esos osos.
P.: Sus novelas anteriores ocurrían en la Argentina y mezclaban la historia con un drama romántico, ¿qué relación siente que tiene esta obra que parte de tan lejos?
C.L.: Esta es como un tapiz. «Malasangre», mi novela de iniciación, tiene una familia, una niña y un paisaje que me es muy afín, el norte cordobés. «El revés de las lágrimas» fue una apuesta fuerte para mí, que no vengo de las letras sino de la medicina; la envié al Premio Planeta, y fui finalista. Eso me hizo aparecer como un puntito en el mapa de nuestra literatura. Y eso hay que sostenerlo con más escritura. Lo siguiente fue «La hora del lobo». Lo que hay en todas es que siempre me inclino hacia el desprotegido, el vulnerable, el que no tiene posibilidades, con los indígenas, con los perseguidos. Me desvela la persecución del hombre por el hombre. Y ahí está la relación con esta historia que parte de Eslovenia. Durante tres años viví con un panel donde estaban las fotos que encontré en Eslovenía de esos seres, de los que fui buscando su destino.
P.: ¿Qué fue lo que la atrapó de lo que estaba contando como para dejar atrás el aspecto familiar y ver su valor literario?
C.L.: Tuvo que ver con una búsqueda que está en todas mis novelas, la de la trascendencia y del sentido de la vida. Una búsqueda que pareciera profundizarse cuando uno está más cerca de la bandera a cuadros, cuando se está terminando la carrera. Hay gente que en esa etapa se refugia en la religión, ése no es mi caso. Yo no creo en Dios, pero lo extraño. Y creo haberlo buscado toda mi vida. Y en este libro se ha filtrado a través de la fe de los eslavos. Pero lo central ha sido que, cuando mi madre me dice que los cinco hermanos del abuelo murieron en la guerra, no fue una mera información sino plantearme el drama de cinco vidas. La novela hace que esos seres amen, sueñen, hablen, coman, sientan el viento que atravesaba los bosques, y hayan vivido como para que tenga sentido su muerte. Los rescato para la vida. Muchas veces me planteé si tenía derecho a abrir las cajas donde yacían y a hurgar en ellas. En muchas partes del libro le advierto al lector que no crea que va a salir indemne, porque cada decisión que toman los personajes lo convocan, lo llevan a pensar qué haría en ese caso. Acompañando la decisión tomada u oponiéndose. Al enfrentarse a vidas ajenas puede que encuentre claves desconocidas de su propia existencia. Para poder plantear esto con rigor tuve que ponerme en el pellejo de los eslavos, escapar de mi universo argentino.
P.: Junto a eso hay un cuidado en el lenguaje.
C.L.: Es un desafío porque vivimos un momento en que la palabra está amenazada, el idioma está amenazado. Y no sólo porque los chicos abrevian todo en sus mensajes de texto y en las redes sociales, sino porque no usamos a la belleza del español. Mi reto fue usar una amplitud de palabras y volver a la novela decimonónica, con muchos personajes. Aquí son más de cuarenta, porque así son las novelas que a mí me gustaba leer. Largas, repletas de tensiones y conflictos, como eran las de los ingleses y los rusos del siglo XIX, que llevaban por la vida de personajes densos, por paisajes ignorados, por mundos inesperados. En «El oso de Karantania» hay servios, croatas, y uno de ellos es el nazi. Me he metido profundo pero con la afectividad de dejar que el personaje, si necesita redimirse, si necesita que su vida cobre sentido en la venganza, lo he dejado ir hacia su destino. No he hecho nada políticamente correcto. He respetado las diferencias que dan identidad desde el modo de pensar y de sentir. He buscado no intervenir con mis ideas, sino respetar las que establecían desde sus acciones.
P.: Esa actitud lleva a pensar, ¿cómo hizo para manejar el tema político que tuvo tantos vaivenes feroces en ese territorio?
C.L.: En algún momento me puse a pensar por qué no planteaba el tema de Kosovo, y es que está todo aún demasiado caliente. Yo parto del asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo, y ahí hay siete páginas que me llevaron un año de investigación para que el lector sepa dónde está parado, ahí hay un mapa donde se pueden situar los hechos, saber que en tal lugar ocurrieron las cosas por algo determinado y determinante. Servia tiene una historia política fascinante. Luego de aquel atentado se ve cómo se van moviendo las piezas. Se creía que era un conflicto que duraría unos días, no la masacre brutal que fue la Primera Guerra Mundial. Contar lo que le ocurría en esa realidad a mis personajes fue andar por un campo minado, me manejaba pisando despacito, buscando los datos. Pasaron de los enfrentamientos de etnias al nazismo y el comunismo. Un salvajismo de nunca acabar, una renovada barbarie.
P.: ¿Está escribiendo algo ahora?
C.L.: Nada. Esta historia que me ha llevado lejos, que me ha hecho investigar, que me ha puesto en la piel de emociones intensas, me ha vaciado. Después de esta novela no tengo el modo de plantearme otra aventura.
Entrevista de Máximo Soto


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