15 de abril 2015 - 00:00

“Mi generación aún tiene un problema con la solemnidad”

Para Havilio, el estilo de su nueva novela “tiene que ver con intentar correrme de cierto convencionalismo que veía que afectaba mi escritura”.
Para Havilio, el estilo de su nueva novela “tiene que ver con intentar correrme de cierto convencionalismo que veía que afectaba mi escritura”.
Con un solo párrafo envolvente de unas 120 páginas, Iosi Havilio arrastra al lector por un mundo que va de lo cotidiano a lo fantástico para volverse finalmente en la impactante novela negra "Pequeña flor", que acaba de publicar Random House. El escritor argentino estudió filosofía, música y cine. Ha publicado las novelas "Opendoor", "Estocolmo", "Paraísos" y "La serenidad". Dialogamos con Havilio sobre su sorprendente quinta novela.

Periodista: ¿Cómo aparece en usted la intrigante historia de "Pequeña flor"'?

Iosi Havilio:
Surge como muchas de esas novelas que no escribimos nunca. Que nos asaltan de repente y nos parecen geniales durante cinco minutos, y que a los siguientes cinco minutos las abortamos inmediatamente porque nos decimos: esto es una tontera. Pero anoté en una libreta la idea: un asesinato sin causa, sin motivo. Mi novela "Paraísos" la había escrito en la computadora. De pronto encaré dos escrituras simultáneas, en dos cuadernos, una era la de "Pequeña flor", otra la de "La serenidad". Dos textos a primera vista en las antípodas, pero que siento que son cara y ceca de una misma experiencia narrativa. Tiene que ver con preguntarse qué es esto de escribir. Algo que venía haciendo, había publicado tres libros. ¿Hacia dónde voy con esto? ¿Cómo puedo ensanchar esta experiencia? Molestarme un poco, y quizá molestar al otro. "Pequeña flor" comenzó a desarrollarse. Fue una escritura desbocada donde me animaba a escribir cosas que tiempo atrás nunca me hubiera animado a tocar. Temas del yo, autobiográficos, lo fantástico.

P.: Si "La serenidad" fue una novela duramente intelectual, barroca, plagada de citas, que terminaba recordando a Heidegger, "Pequeña flor" es narrativamente envolvente, con un suspenso creciente y un estilo simple y claro. ¿En ese sentido son cara y ceca?

I.H.:
Estas dos novelas están en los extremos, pero responden a un mismo cuestionamiento. A la pregunta personal de qué es narrar y cuáles son los bordes. Algo que venía sintiendo en mi escritura, y lo veo en mis colegas, en la literatura que se escribe. Hay un cierto acomodamiento en un momento a la famosa voz autoral. Y yo me veía bastante joven como para acomodarme a una voz. Quise buscarme otras facetas. Son cuestionamientos privados que se vuelven públicos, que llegan al libro, y yo lo celebro.

P.: En "Pequeña flor" hace pasar al lector desde el drama inicial de un hombre que pierde el empleo, pasa a una crisis de pareja, y comienza a entrecruzar la novela negra con el relato fantástico para un final impactante.

I.H.
Tiene que ver con intentar correrme de cierto convencionalismo que veía que afectaba mi escritura. Este movimiento de exploración de géneros, de tonos. Cuando uno escribe, no importa la novela que se está escribiendo ni el tono que tenga, se intenta descubrir cuál es la voz narrativa, que no es la propia. Ahí hay un equívoco mayúsculo. Cuando publiqué "Opendoor" decían "surgió una nueva voz", equivocándose, pensando que yo era la voz que narra. La voz narrativa no es nunca la del autor. Al escribir descubrís quién es ese que habla. En "Pequeña flor" yo fui descubriendo a José, a quién es ese muchacho, y él fue quien le dio el formato al relato.

P.: Un relato que sin punto aparte semeja una confesión, un "sostiene José, el monólogo de un actor, la irrefrenable necesidad de hablar de un loco, el soliloquio de un enamorado en duelo.

I.H.:
Él juega a revelar paulatinamente quién es. Por momentos yo pensaba: este hombre está escribiendo una confesión, y eso le dio la forma que tiene el relato que es un solo párrafo del principio al final. Y es al final que uno entiende en qué circunstancias y por qué se da esa confesión. Eso me trajo a una experiencia de la escritura que hacía mucho que no tenía, esa escritura de largo aliento, irrefrenable, de toda la noche sin parar. Algo que yo no hago porque no me da el cuero. José escribe una noche entera y cuenta su historia. Yo buscaba que mi idea inicial de la historia no tapara la voz de José, que buscaba decir lo suyo. Fue entrar en diálogo con tradiciones que no eran las que yo estaba alimentando y que alimentaban alrededor, que eran las del realismo y sus atributos. Si en "La serenidad" buceaba en la tradición llamada experimental o vanguardista, en "Pequeña flor" es en la tradición de lo fantástico y del género negro.

P.: Su novela pareciera dejarse llevar por climas donde aparecen ironías sobre la literatura soviética, relaciones con el cine, la música de la canción "Petit fleur" de Sidney Bechet.

I.H.:
Esa canción es el leitmotiv de la novela, además del título. La idea de una canción que se vuelve a escuchar en distintos momentos tiene que ver con el uso de un procedimiento cinematográfico. Hay algo de Woody Allen ahí resonando. Él rescata a Bechet en una de sus películas más recientes. Yo rescato siempre a la música como mi formación esencial, la más nutritiva, la que más gocé y sigo gozando. Tuvo una participación fundamental cada vez que me ponía a escribir. A veces explícitamente en la historia, otras en la cocina del relato. En los últimos años comencé a sistematizar este pensar desde y con la música. Incluso dando vuelta al movimiento de fines del siglo XIX de la música programática para pensar en términos de una escritura programática. El estándar de jazz de Bechet sería el programa del que el narrador mismo se hace cargo. Acaso buscando que la palabra no sea la única material de la literatura.

P.: Al concluir "Pequeña flor", de escuchar la voz de José, ¿de qué piensa que trata su novela?

I.H.:
En un momento de la escritura me di cuenta de que estaba hablando de la imaginación, y reflexionando sobre eso. Durante mucho tiempo fue el epígrafe de la novela el título del texto de Beckett "Imagination morte imaginez", hasta que me di cuenta de que era una instrucción, Se trataba de eso, de la imaginación del autor y la del narrador, y la tensión entre estas dos imaginaciones. Una vez escuche a un autor declarar de forma hilarante que él no tenía imaginación, que todo lo que escribía eran cosas que le pasaban. Se trata de una moda actual. Es que existe alguna cosa como la escritura sólo de lo que a uno le sucede. ¿Todo relato, sea el mío como autor, el de José como narrador, puede existir sin imaginación? Por muy fuera a la realidad que sea el relato es imaginación, en la forma, la tensión, la intensión, en la intensidad, en el suspenso, en las pausas.

P.: ¿Quiso de ese su modo de enfrentar a ciertas fórmulas de moda en la literatura argentina actual?

I.H.:
Siento que hoy la literatura argentina tiene dos males, una es la solemnidad, la otra la canchereada. Es como que estamos basculando de un lugar al otro, y en el medio es muy difícil moverse. Me interesan los nuevos escritores, esos que le perdieron el respeto al libro, pienso que mi generación todavía, a pesar del contenido, tiene un problema con relación a la solemnidad. Mis libros recientes buscan pegarle unos golpes a ese asunto.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

I.H.:
Una novela patagónica que es una suerte de drama teatral narrativo, que tiene sus actos, sus escenas, que gracias a "La serenidad" y "Pequeña flor" estoy pudiendo explorar cada vez con mayor libertad. Tiene una muy lejana inspiración en la tragedia de Shakespeare "Tito Andrónico". Y tiene que ver con la música programática, hay dos o tres obras que están todo el tiempo por ahí sonando.

Entrevista de Máximo Soto  

Dejá tu comentario