El argumento es el de siempre; en tanto y en cuanto no suceda un imprevisto, mientras siga habiendo dinero fácil (la Fed espera este año una inflación menor al 1,7% y presta a no más del 1,25% a entidades de segunda línea ) el mercado debería ser capaz de continuar aguantando la suba (el Dow ganó ayer un 0,5% cerrando en 12.288,17 puntos). Esta hipótesis, bajo la premisa que la economía sigue creciendo, nos enfrenta a dos posibilidades: que en algún punto el mercado se anticipen a la suba de tasas de la Fed o que la suba sea sorpresiva. Si bien no podemos descartar la idea que ante cualquiera de estos hechos los inversores reaccionen calentando aún más los precios financieros o actuando de manera neutra, son más los que piensan en un efecto depresor para los precios (el concepto es que las tasas negativas alimentan una burbuja racional que derivó en la suba más veloz de S&P 500 desde 1936). Si es cierto que estamos ante una burbuja -simplificando- hay dos salidas posibles: la ideal es que la burbuja se vaya desinflando sola a medida que la economía mejora, la peor es que por una disparada inflacionaria la Fed deba subir obligadamente las tasas, o que por algún motivo los inversores se anticipen a ello. Estas dos posibilidades tienen aterrados a los integrantes de la Fed. Ellos saben que hoy no pueden tomar ninguna medida que asuste al mercado y que esto empeorará con el correr de las semanas, pero también saben que no pueden posponer de manera indefinida las cosas, porque nos precipitarían de cabeza (un salto) en un escenario de alta inflación que llevaría años para ser neutralizado, causando otra serie de crisis.
Casi atados de pies y manos, por ahora Bernanke y los suyos parecen haber tomado el camino de jugar con las expectativas de los inversores. Veremos si lo logran.
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