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Milone: el canto y el exceso de énfasis
Cecilia Milone es casi siempre muy buena cuando canta, pero un poco brutal en la exageración de los recitados y en el relato de historias supuestamente personales.
Con pasado de cantante de tango, de actriz de comedia y de semi vedette de teatro de revistas, Cecilia Milone no puede negar que lo suyo es el escenario. Con una figura que sigue siendo deslumbrante, un vozarrón que puede apabullar a la platea y una presencia que se impone, no hay manera de que no se la vea o escuche con intensidad. Y ese expresionismo que traslada a todo lo que hace, esa verborragia algo incontinente, esa altura que impresiona, esa garganta que no necesitaría micrófono, son a la vez sus mejores virtudes y la fuente de algunos de sus problemas.
Milone está celebrando 20 años de actividad profesional y decidió hacerlo homenajeando a Lola Flores y a la canción española. Del tango, para este espectáculo, sólo quedó una versión de «Martirio» de Discépolo y su caballito de batalla «Besos brujos», más allá de una «tanguización» no muy feliz de una canción de Manuel Alejandro. Después, hay muchos clásicos -»La zarzamora», «Te lo juro yo», «España cañí», «Los consejos» (un recuerdo de su ya lejana participación en «Drácula», la interpretación de «Soñar hasta enloquecer» es, curiosamente y por problemas de registro en el agudo, su momento más complicado) y un cierre entre la rumba y el flamenco con «Mira mira» de Chico Novarro.
Pero lejos está «Valiente y sentimental» de ser un mero recital de canciones. De hecho, se le ha dado mucha más importancia a lo escénico que a lo musical y hay unos cuantos textos de grandes poetas españoles o de ella misma, que sirven como nexo o como introducción entre las canciones. De las luces a las sombras, Milone es casi siempre muy buena cuando canta pero un poco brutal en la exageración de los recitados y en el relato de historias supuestamente personales. El vestuario es deslumbrante e incluye varios cambios, pero la pista de sonido -responsabilidad de Gustavo Calabrese- está demasiado sostenida en las máquinas y en arreglos pop que no siempre acompañan bien a estos repertorios. Dos percusionistas/actores ponen un poco de música y de simpatía en escena aunque a veces son sólo adornos para no dejarla tan sola. Hay un inteligente trabajo con videos que se meten en la trama y aportan su toque moderno pero la estética en general -lo del pizarrón con la clasificación de los hombres, por caso- es un poco chapada a la antigua.
La intérprete se hace maravillosa en su locura expresiva para el recitado de «La profecía» de Rafael De León, pero debió tener un control de dirección diferente de ella misma para que diera cuenta de que esa intensidad no es siempre igualmente eficaz. En cualquier caso y más allá de esos cuestionamientos, sobresalen el esfuerzo, el entusiasmo y la importante inversión económica. Lo que no es poca cosa.


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