| Juan Bautista Alberdi |
Ya debiéramos haber reconocido que existe una correlación inversa entre la expansión del gasto público y la tasa de crecimiento económico. No obstante esta realidad de la que vamos a dar cuenta histórica, recientemente el libro de Thomas Piketty "Capitalismo del siglo XXI" sostiene lo que podríamos considerar la tesis contraria de que cuando crece la rentabilidad del capital se reduce la tasa de crecimiento. Si alguna duda cabe de la validez de la primera premisa analicemos la evolución de la economía de los principales países de Europa desde 1960 hasta la fecha. Me voy a permitir dar algunos datos al respecto que a su vez validan la tesis de Adam Smith al respecto de los impuestos: "Tales impuestos cuando han crecido a ciertas alturas son una maldición, igual a la esterilidad de la tierra y la inclemencia de los cielos".
Ante esa realidad veamos lo ocurrido en Europa entre la década del sesenta y principios del siglo XXI. En la década del sesenta Francia creció un 5,6% por año, Alemania un 3,6%, Italia un 5,7%, España un 7,3% e Inglaterra tan sólo un 2,8%. Creo que esa reducción se debió a la política de Attle de nacionalizar la industria y los ferrocarriles después de la guerra. En ese período el gasto público de esos países fluctuaba alrededor del 20% del PBI. Cuando llegamos al período considerado, 2007-2014, el gasto público en Francia aumentó al 57% del PBI; en Alemania, al 45,47%; en Italia, al 52,75%; en España, al 45,29%, y en Inglaterra, al 44,3%. En ese período la tasa de crecimiento de Francia se redujo al 0,013% por año; la de Alemania al 0,6%; en Italia se redujo el PBI en un 6,7%, y en Inglaterra, al 0,19% por año. A los hechos me remito y no puedo menos que recordar el brillante análisis de George Gilder respecto del gasto público en su obra "Wealth and Poverty": "No es principalmente el déficit federal lo que causa inflación. Si el déficit fuese cerrado con impuestos más altos y la oferta monetaria se mantuviera constante, el nivel de precios subiría en la forma ortodoxa de la ley de costos". Por esa misma razón Milton Friedman a mi juicio dio marcha atrás en la tesis del monetarismo y dijo: "Lo que importa no es el déficit, sino el nivel del gasto". Entonces George Gilder al respecto escribió: "Dado que el Gobierno se ha convertido en un factor de producción, la única forma de reducir su impacto en los precios es economizando, reduciendo su dimensión o incrementando su productividad". Al momento de escribirse estas líneas publicadas en 1981 todavía el gasto público en los países considerados de Europa rondaba el 30% del PBI, salvo en Francia donde ya había alcanzado al 41% del PBI. He hecho estas reflexiones pues tengo la teoría de que cuando el gasto público alcanza el 50% del PBI, la teoría económica respecto del mercado se cambia por su base. La injerencia del Gobierno a través del gasto y sus restricciones determina un cambio en el comportamiento de los factores del mercado.
Tanto se ha modificado la visión teórica de la economía en la actualidad, que el FMI, creado con el objetivo de superar los desequilibrios internacionales y monetarios le ha recomendado a la Unión Europea que para superar la crisis debe tener inflación. En gran parte, a mi juicio, la razón de ser de esa recomendación es el actual nivel de la deuda pública europea, que ronda el 90% del PBI. O sea, la idea subyacente habría sido el reconocimiento de la imposibilidad de pagar esa deuda. Ésta se encuentra en gran medida en manos de los bancos europeos, y por tanto se encuentran ante la posibilidad de una crisis bancaria, que provocaría un descalabro total de la economía europea.
Tomando en cuenta las anteriores consideraciones pasemos a analizar la presente situación argentina. Es indudable el desequilibrio existente en la economía argentina que se manifiesta ante un proceso recesivo a la luz de una inflación que ronda el 40% anual. Al respecto debemos saber que el déficit fiscal ha sido relativamente reducido, al tiempo que la tasa de expansión monetaria hasta la fecha ha sido mucho menor que la tasa de inflación. O sea que nos encontramos ante los hechos previstos por Gilder y Friedman respecto del efecto del gasto público. Y al respecto nuestra última estimación muestra un gasto público consolidado que en 2014 alcanza al 53% del PBI.
Ante esa realidad financiera podemos concluir que toda política de restauración del equilibrio económico pasa por la necesidad de reducir el nivel del gasto público. Pero la pregunta pendiente al respecto es precisamente cómo se debe realizar ese proceso. Es nuestro criterio que la idea fundamental es que dada la situación prevista, la forma conveniente de reducir el gasto no pasa inicialmente por la reducción nominal de éste. El proceso adecuado sería lograr una reducción del gasto en términos reales.
Entonces el proceso a seguir sería mantener inicialmente el nivel del gasto nominal y al mismo tiempo reducir los impuestos que gravan sustancialmente la producción argentina.
El primer paso entonces no es reducir el gasto nominal, sino no aumentarlo. La medida necesaria es la reducción de los impuestos y de las retenciones a la exportación agrícola. Es posible que en una primera instancia ello provoque un aumento en el déficit fiscal, pero ya sabemos que ésa no es la razón de la inflación, y se incrementarían la oferta y la demanda interna. En una segunda instancia se requiere seguir la propuesta de Gilder. El gasto ya se estaría reduciendo en términos reales y habría entonces que hacerlo más productivo. Para ello en primer lugar se podría empezar por reducir el football para todos, los grandes aportes oficiales a la prensa y no menos importante, eliminar los planes trabajar.
El resultado está a la vista tal como lo describimos inicialmente respecto de la crisis europea. "El fracaso del socialismo es evidente y creer que un país en el que el gasto público ronda el 50% del PBI es capitalista es otra de las falacias de la izquierda que, como señala Thomas Sowell, se ha apropiado de la ética. Por ello insisto en que se valore por antonomasia el respeto a los derechos individuales, a la vida, la libertad, la propiedad y el derecho a la búsqueda de la propia felicidad. Este último es de la mayor importancia para la libertad, tal como lo declara John Locke pues implica que los intereses privados no son contrarios al interés general. Y está reconocido en el artículo 19 de la Constitución nacional.


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