13 de julio 2012 - 00:00

No hay bosón de Draghi

José Siaba Serrate - Economista
José Siaba Serrate - Economista
¿Encontró el Banco Central Europeo la «partícula divina» al bajar al 0 por ciento la tasa con que remunera los depósitos que capta de los bancos? Si el CERN de Ginebra -empleando el costosísimo acelerador europeo de partículas- halló el esquivo «bosón de Higgs», ¿puede afirmarse que el BCE de Fráncfort detectó, valga la expresión, el «bosón de Draghi»? ¿Será que al acelerarse la crisis, la institución dio con la partícula maldita que puede explicar, si no la naturaleza del universo, al menos la razón elemental que llevaba a los bancos europeos a no prestar su abundante liquidez sobrante? Los titulares de El País de Madrid, ayer, alentaban una esperanza por internet: «La banca europea saca medio billón de euros de las arcas del BCE». No es, se comprende, un acontecimiento que ocurra todos los días. Declaraciones de Josef Bonnici, miembro maltés del BCE, esparcían la ilusión: la reducción de la masa de fondos en depósito -de más de 800 mil millones de euros a 325 mil- es «prometedora». Como resultado, según el funcionario, cabe esperar «un aumento de los préstamos a empresas y consumidores». ¿Será así? Dicho de otro modo: ¿la potencia de la política monetaria del G-7 está bloqueada porque los banqueros centrales, a la par que pisan el acelerador, ponen el freno de mano? Si no se les reconocen intereses por los recursos sin aplicación, si se quita ese 0,25 por ciento que todavía paga la Fed, ¿será que los bancos pugnarán por mantener sus ingresos tomando los riesgos de prestar (o comprar bonos)? ¿Sí? ¿No habría entonces que cobrarles por los fondos ociosos? Es el experimento del Banco de Dinamarca. La complejidad del «bosón de Higgs» torna ardua, aquí, su discusión. En el fragor de la crisis, el «bosón de la política monetaria» es, en cambio, demasiado trivial para apostar a su existencia.

Interrogante

Primero, los números. ¿Cómo reaccionaron los bancos europeos a la nueva tasa cero? Recortaron sus colocaciones en la facilidad de depósito, tal como lo señaló Bonnici. Pero, en paralelo, aumentaron los saldos en la cuenta corriente en una magnitud similar. Aquí no hay ninguna evidencia de bosón, apenas el rastro de un rápido cambio de bolsillo. Si los excedentes no van a ser remunerados es más cómodo mantenerlos a la vista. Pero su nivel, muy holgado, sigue siendo el mismo: el sistema financiero bajo la órbita del BCE dispone de aproximadamente 758 mil millones de euros en liquidez ociosa (por encima de un requerimiento de 107 mil millones). ¿Cabe hacer alguna inferencia sobre la disposición de la banca a prestar más? Ninguna. Es que las reservas sobrantes del sistema no varían en función de los préstamos que realizan los bancos (salvo que el público, recibido el crédito, deseara conservar una proporción superior a la normal en efectivo). Si ayer todos los bancos europeos hubiesen decidido colocar sus recursos ociosos, las reservas del sistema serían exactamente las mismas (aunque con una distribución diferente por entidad). No es acá, por cierto, donde hay que mirar para saber cómo marcha el crédito bancario. Y si alguien tiene dudas puede revisar las cifras de EE.UU. Las reservas excedentes trepan allí a 1,5 billón de dólares (las exigidas como encajes legales son apenas 100 mil millones). Pero los bancos no están de brazos cruzados. La cartera de préstamos al comercio y la industria crece a un ritmo (interanual) de dos dígitos. En mayo sus saldos eran un 12,9 por ciento mayores a los de un año atrás. ¿Podrían los bancos europeos emularlos? A los bancos estadounidenses ya no los inhibe el temor a tomar riesgos de crédito. Han corregido los fantasmas de tres años atrás. No enfrentan una doble recesión. Su base de capital es más sólida (y han reducido la incidencia de los activos tóxicos). Su fondeo -que descansa en buena medida en la captación de depósitos- es estable (y el mercado interbancario funciona razonablemente).

Pueden colocar los recursos que les sobran al 0,25 por ciento, y así ocurre invariablemente al final del día, pero ello no les impide buscar oportunidades para ganar el jugoso «spread» que permiten las tasas activas. La comparación con lo que sucede en Europa, en cada uno de estos renglones, es categórica. Mientras no se aplaque la crisis de la eurozona, y no se corrijan las diferencias, pensar que la banca europea saldrá a prestar más, así de buenas a primeras, sólo porque el Banco Central dejará de pagarle intereses por sus reservas, más que un «bosón» del BCE es un auténtico buzón.

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