Con la aprobación relámpago por el Congreso del paquete de recortes impositivos -acordado con los republicanos y resistido por muchos de sus propios partidarios- el presidente Barack Obama concretó lo que necesitaba tras la paliza electoral del 2 de noviembre: relanzar su Gobierno. No lo hizo de la manera que se esperaba, pero lo hizo. No se trata del despliegue de una estrategia deslumbrante ni mucho menos comprensiva y de amplio espectro (aunque incluye otros ingredientes como un probable acuerdo nuclear con Rusia y el punto final a la política de «no preguntar, no contar» que rige para los homosexuales en las Fuerzas Armadas). No obstante, es un primer paso valioso. Sin estridencia evita los traumas de la impasse legislativa y del vacío de poder antes que se presenten y pasen factura. «Si no puedes con ellos, únete a ellos». Tal la razón de un viraje que produjo dos notables imprevistos: una súbita cercanía con una oposición cerril y fricciones con las bases demócratas. Si la economía es la clave de la fortuna en las urnas (lo es, en especial, la fluidez del mercado laboral) hay que reconocer que Obama fue directo al grano. No trepidó en sumar poder de fuego para apuntalar la reactivación. Una revista actualizada del frente de batalla denota que tanto la política monetaria como la política fiscal recargaron sus cañones. Es una plataforma viable para que el Gobierno intente, en paralelo, la reconstrucción de su predicamento. Y no se hubiera establecido así de no mediar la cintura presidencial (y un cuidadoso manejo de los tiempos). Vale considerar la escasez de recursos políticos con que contó: la Fed es independiente y para los republicanos nada resulta más rentable que vociferar en su contra desde la vereda de enfrente. El mérito de Obama es haber logrado que, tras la intervención de ambos, la realineación de los astros claramente favorezca su propia agenda.
El rápido pasaje de las reducciones impositivas supone una inyección de aliento fiscal del orden de los 858 mil millones de dólares en los próximos dos años. Considerando la dinámica declinante de las iniciativas de estímulo aprobadas en 2009 -la ley ARRA- el efecto neto que resulta es moderado. Pero su contribución importa ya que posterga el horizonte del repliegue fiscal hasta 2013. Y todavía no puede descartarse que se sumen otros programas sensibles como la continuidad de la emisión de los bonos Build America, que son de especial relevancia para reducir el costo del financiamiento de los municipios y cuya prevista extinción, por efecto rebote, perturbó gravemente la marcha de las tasas largas de interés.
Añadir el estímulo fiscal a la expansión monetaria que ya había decidido de antemano la Fed potencia las expectativas de crecimiento para el año próximo, y reduce los riesgos de un derrape, pero su efecto conjunto no equivale a la suma de ambos estímulos por
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