24 de abril 2009 - 00:00

Obama paga los dislates de Bush

Barack Obama cumplirá el próximo miércoles cien días de gestión, pero, más que ninguno de sus predecesores, no ha podido gozar en ese lapso de la luna de miel de los debutantes en el poder. Si las inclemencias de la crisis económica corren una carrera frenética con una popularidad que por ahora se sostiene elevada, los desafíos en materia de política exterior y seguridad son con toda probabilidad tan grandes como los que plantea aquélla.

La presidencia de George W. Bush no sólo terminó en un desastre económico. Las noticias de ayer -el preocupante rebrote del terrorismo en Irak y el avance talibán sobre Islamabad, la capital del único país musulmán con armas nucleares- representan otra medida de la magnitud de sus desaciertos. Son, además, resultado de una política caótica que nunca supo dónde estaban los verdaderos retos de los Estados Unidos y que ahora toca enmendar al demócrata.

Capricho costoso

Ya se lo ha dicho repetidamente, pero es necesario recordarlo: la ocupación de Irak fue un capricho extraordinariamente costoso para EE.UU. tanto en términos económicos -algo a lo que no es del todo ajena la actual crisis financiera- como de credibilidad internacional. La fábula montada sobre la existencia de armas de destrucción masiva y sobre los vínculos entre el depuesto régimen de Sadam Husein y Al Qaeda terminó desviando a la Casa Blanca de sus verdaderos dilemas en materia de seguridad: Irán -con su plan nuclear- y los talibanes, que arrecian su ofensiva violenta para recuperar el poder en Afganistán y ahora amenazan al vecino Pakistán.

Obama prometió retirar el grueso de los 147 mil soldados hoy apostados en el país árabe antes de fin de 2011, operación que debe comenzar en setiembre con el envío a casa de 12 mil soldados. Pero incluso ese objetivo -poco ambicioso, según quienes ya corren al presidente por izquierda- puede quedar envuelto en sombras si la insurgencia sigue dando muestras de poder desbordar a las fuerzas de seguridad locales, alimentando los temores sobre el día posterior a la salida de las tropas internacionales.

El hecho de que la violencia de los terroristas sunitas iraquíes se dirija preferentemente contra la mayoría chiita y, como ayer, a veces directamente contra peregrinos iraníes chiitas como aquéllos- marca otra dimensión del fracaso de Bush. La presencia mayoritaria de esa comunidad del islam en el sur de Irak -una zona particularmente rica en petróleo- es una extraordinaria puerta para que el régimen de Teherán incremente su injerencia y, con ello, se hagan permanentes los temores a una posible partición del país.

Antecedentes

Es cierto que el plan nuclear tan temido por Israel -y, claro, por varios países árabes- es una política de Estado de larga data en Irán. Pero también lo es que la decisión de la anterior administración republicana de sumar a la ocupación de Afganistán -inevitable tras el 11-S- una invasión a Irak incrementó la sensación de amenaza en la República Islámica. Para comprobarlo, basta con mirar un mapa. ¿Qué reflejos podía activar en el régimen teocrático la presencia masiva de tropas estadounidenses en las fronteras oriental y occidental del país?

Por otro lado, mientras Obama planea destinar a Afganistán -cuyo Gobierno se ve cada vez más jaqueado por los ultraislamistas talibanes- las fuerzas que busca liberar de Irak, surge con nitidez el segundo problema que desatendió Bush: el derrame de la influencia islamista protalibán hacia Pakistán. La mera posibilidad de que ese país caiga con su poder atómico en manos de extremistas islamistas es una pesadilla. La hipótesis de una guerra nuclear con la India y de una proliferación de ese material hacia grupos terroristas como Al Qaeda parecería en tal caso más cercana.

Aunque por momentos luzca excesivamente voluntarista, Obama intenta encarrilar esos dislates pasados. El modo en que zanje la herencia de las torturas de prisioneros aplicadas por el bushismo es otro de sus desafíos, en el que se juega nada menos que su imagen ante la opinión del progresismo demócrata. En esas peleas se juega cuál será al final del camino su lugar en la historia.

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