Los obispos católicos dieron anoche una dura condena al proyecto que está a punto de tratar la Cámara de Diputados para autorizar el casamiento de personas del mismo sexo. La asamblea del Episcopado inició ayer sus sesiones anuales con una misa que celebró el cardenal Jorge Bergoglio, quien en su homilía no trató ese tema. La declaración, ya discutida informalmente por los obispos, estaba previsto que se diera a conocer al finalizar la 99ª sesión, pero ante la posibilidad de que los diputados incluyan el proyecto ya aprobado en comisión en la sesión especial de hoy, se adelantó su publicidad.
El texto de los obispos se titula «Sobre el bien inalterable del matrimonio y la familia» y llama a los legisladores nacionales a pensar qué van a votar cuando se trate el proyecto. También hace una advertencia a los funcionarios del Gobierno para que no reconozcan la legalidad de los matrimonios del mismo sexo y a que todos quienes rechazan el proyecto lo expresen públicamente. En el Congreso se especula que tendrá mucha adhesión, especialmente en el oficialismo desde que el matrimonio Kirchner desbloqueó la iniciativa con el argumento de que tiene mucho apoyo del público y que, después de algunos fallos, es un proceso imparable.
Aquí los párrafos principales de la declaración de los obispos:
El ser humano ha sido creado a imagen de Dios. Esta imagen se refleja no sólo en la persona individual, sino que se proyecta en la complementariedad y reciprocidad del varón y la mujer, en la común dignidad, y en la unidad indisoluble de los dos, llamada desde siempre matrimonio. El matrimonio es la forma de vida en la que se realiza una comunión singular de personas, y ella otorga sentido plenamente humano al ejercicio de la función sexual. A la naturaleza misma del matrimonio pertenecen las cualidades mencionadas de distinción, complementariedad y reciprocidad de los sexos, y la riqueza admirable de su fecundidad.
El matrimonio es un don de la creación. No hay una realidad análoga que se le pueda igualar. No es una unión cualquiera entre personas; tiene características propias e irrenunciables, que hacen del matrimonio la base de la familia y de la sociedad. Así fue reconocido en las grandes culturas del mundo. Así lo reconocen los tratados internacionales asumidos en nuestra Constitución nacional (cf. art. 75, inc. 22). Así lo ha entendido siempre nuestro pueblo.
Corresponde a la autoridad pública tutelar el matrimonio entre el varón y la mujer con la protección de las leyes, para asegurar y favorecer su función irreemplazable y su contribución al bien común de la sociedad. Si se otorgase un reconocimiento legal a la unión entre personas del mismo sexo, o se las pusiera en un plano jurídico análogo al del matrimonio y la familia, el Estado actuaría erróneamente y entraría en contradicción con sus propios deberes al alterar los principios de la ley natural y del ordenamiento público de la sociedad argentina.
La unión de personas del mismo sexo carece de los elementos biológicos y antropológicos propios del matrimonio y de la familia. Está ausente de ella la dimensión conyugal y la apertura a la transmisión de la vida. En cambio, el matrimonio y la familia que se funda en él, es el hogar de las nuevas generaciones humanas. Desde su concepción, los niños tienen derecho inalienable a desarrollarse en el seno de sus madres, a nacer y crecer en el ámbito natural del matrimonio. En la vida familiar y en la relación con su padre y su madre, los niños descubren su propia identidad y alcanzan la autonomía personal.
Constatar una diferencia real no es discriminar. La naturaleza no discrimina cuando nos hace varón o mujer. Nuestro Código Civil no discrimina cuando exige el requisito de ser varón y mujer para contraer matrimonio; sólo reconoce una realidad natural. Las situaciones jurídicas de interés recíproco entre personas del mismo sexo pueden ser suficientemente tuteladas por el derecho común. Por consiguiente, sería una discriminación injusta contra el matrimonio y la familia otorgar al hecho privado de la unión entre personas del mismo sexo un estatuto de derecho público.
Apelamos a la conciencia de nuestros legisladores para que, al decidir sobre una cuestión de tanta gravedad, tengan en cuenta estas verdades fundamentales, para el bien de la Patria y de sus futuras generaciones. En este clima pascual, y al iniciar el sexenio 2010-2016 del Bicentenario de la Patria, exhortamos a nuestros fieles a orar intensamente a Dios Nuestro Señor para que ilumine a nuestros gobernantes y especialmente a los legisladores. Les pedimos también que no vacilen en expresarse en la defensa y promoción de los grandes valores que forjaron nuestra nacionalidad y constituyen la esperanza de la Patria.
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