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Otra atrapante novela de la factoría Auster

Estados Unidos, noviembre de 2008. Sigue el tema de la Guerra de Irak. El desempleo no para de crecer. La gente abandona las casas porque no puede pagar las hipotecas. Un muchacho de 28 años, Miles Heller, trabaja con un equipo en la limpieza de casas abandonadas en Florida, ese paraíso tropical que cada tanto se hunde para reaparecer estivalmente revitalizado. Los objetos que encuentran deben entregarlos a los Bancos para que los hagan dinero, pero los compañeros de Miles se llevan muchas de esas cosas. Él sólo saca fotos de los objetos abandonados, esos emblemas de la desesperación reinante. Nadie entiende cómo, con su evidente educación, Miles está allí, lavando, pintando, trabajando de basurero.
Poco a poco se irá sabiendo que siente la culpa de una muerte accidental (una curiosa versión de Abel matando a Caín, por casualidad, no pudiendo evitar sentirse al mismo tiempo libre e imputado), tiene una distante y tempestuosa relación con su padre (un editor independiente que ve proyectarse la crisis del libro), una madre tan buena actriz como provocativa, y una madrastra competitivamente intelectual. Miles escapa de todo eso. Y el escape lo lleva a convivir con Pilar, una chica de 16 años, descendiente de cubanos, hasta que una extorsionadora hermana de ella quiere beneficiarse de esa relación, y Miles tiene que volver a huir, hasta tanto Pilar pueda casarse con él. Y así, a las 40 páginas, Miles llega a saber que sus viejos amigos lo esperan en Sunset Park, el sector más pobre de Brooklyn, en una casa que han tomado como buenos okupas. Y ahí comienza otra historia, que es la misma, porque es un desfile de retratos de personajes y sus historias, que hacen al corazón de Miles, en cuyo centro está Moris Heller, su padre.
Es increíble cómo en ese relato arborescente no se deja de estar pendiente de todo lo que ocurre por más desvinculado que pareciera estar, hasta llegar a un final tan abierto como la vida y tan, a la vez, de novela, con razzia policial incluida. Es que en Auster es el modo de contar lo que vuelve apasionante la historia aunque cambie de protagonista por el camino, aunque entregue alguno de sus habituales trucos de casualidades que acercan a personas, o se ponga a recordar la vida de jugadores de béisbol, porque el lector sabe que en algún momento todo eso se integrará en un sentido, en una reflexión sentimental sobre «la extraña sensación de estar vivos».
Luego de «La invención de la soledad», su primera obra maestra, Auster, Príncipe de Asturias de las Letras, se ha dedicado a demostrar su capacidad de transitar por los caminos narrativos más dispares. Pasó de la variada «Trilogía de Nueva York» a la «Trilogía de los hombres machacados» («El libro de las ilusiones», «La noche del oráculo», «Brooklyn Follies»), de contar la vida de Mr. Bones, el perro de un vagabundo, («Tombuctu») a los posmodernos ejercicios de metaliteratura («Viajes por el Scriptorium», «Un hombre en la oscuridad»). En su dos novelas más recientes ha ido en busca de la forma de renovar modelos clásicos, entregar historias entretenidas que se leen con facilidad, moderando el aspecto experimental hasta el punto de que pase inadvertido. Está ya en «Invisible», donde construyó una especie de thriller en cajas chinas donde la última esconde un incesto. Y esto lo ha profundizado en «Sunset Park», una historia coral sobre la culpa y el perdón, sobre el destino y la búsqueda de la propia identidad en tiempos de crisis, y sobre la complejidad de toda relación amorosa, amistosa, fraterna y filial. Se podría decir que Auster eligió esta vez el género novela social o que, simplemente, su factoría hizo la entrega anual de otra buena novela.
M.S.


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