6 de enero 2009 - 00:00

Otra inquietante parábola de LaBute

Fernán Mirás, Griselda Siciliani, Sergio Surraco y Magela Zanotta, el impecable elenco de la nueva obra de Neil LaBute que lleva a escena, con inteligencia, Daniel Veronese.
Fernán Mirás, Griselda Siciliani, Sergio Surraco y Magela Zanotta, el impecable elenco de la nueva obra de Neil LaBute que lleva a escena, con inteligencia, Daniel Veronese.
La manipulación en las relaciones afectivas es un tema recurrente en la obra del cineasta, guionista y dramaturgo estadounidense Neil LaBute. Como en «Gorda», hasta los individuos más inteligentes y autónomos son capaces de traicionarse a sí mismos ante el temor de ser abandonados.
«La forma de las cosas» (llevada al cine en 2003 por el autor) tiene como «Gorda» un formato de comedia negra, desenmascaradora de tabúes, cuya eficacia depende mayormente del buen nivel de las actuaciones que en este caso son impecables. Los personajes de LaBute hablan sin pelos en la lengua, divierten con sus ocurrencias y hasta discurren sobre teorías artísticas en diversos espacios públicos y privados (resueltos con mínima escenografía) sin que nadie se aburra ni se paralice la acción.
«La forma de las cosas» tiene por protagonista a otro impresentable: Pablo, un estudiante de literatura tímido, desaliñado, con las uñas roídas e incapaz de seducir a una mujer. Hasta que un buen día se topa con Evelyn (Griselda Siciliani), una atractiva becaria que llega a ese pueblo perdido «en medio de la nada» para realizar una tesis con la que intenta probar cómo el arte puede cambiar el mundo.
La pieza muestra la notable metamorfosis de Pablo (Fernán Mirás) en manos de esta artista provocadora y subversiva que en principio se conduce como un Pigmalión con faldas, pero como luego se verá, sólo responde a sus propios intereses artísticos utilizando «la manipulación como cincel» en materiales «tan maleables como la carne y la voluntad humanas».
En cuatro meses, el hombre adelgaza, mejora su look, se vuelve sexualmente activo y gana seguridad en sí mismo, pero todo este cambio termina poniendo en crisis su relación con dos amigos, la pareja integrada por Magela Zanotta (vista en «La duda») y Sergio Surraco («La Celestina»), ambos muy convincentes en sus roles.
Tanto Siciliani como Mirás (tierno, simpático y ridículo en su justa medida) evitan todos los estereotipos a los que pueden llevar dos personajes tan extremos. Los dos se relacionan a pura pasión sin dejarse atrapar por el habitual esquema víctima-victimario.
Sin maniqueísmos (pese a que la conducta de algunos personajes puede generar más de un rechazo) y disimulando con humor el espíritu sombrío que subyace en cada escena, el director Daniel Veronese logró exponer con claridad los postulados de LaBute. Uno: cualquiera que ame y necesite ser amado está expuesto a la manipulación. Dos: la mirada de los otros condiciona la libertad individual.
Es una pena no poder comentar el cuadro final que además de dar sentido a toda la obra abre una estimulante polémica en torno a la relación del arte con la ética en el marco de una sociedad que pierde cada vez más su capacidad de asombro. Un tema muy ríspido si se tiene en cuenta la obra de artistas como Sophie Calle que exhibe sus propias experiencias amorosas en instalaciones multimedia; Damian Hirst con sus animales en formol; las fotos de cadáveres y cuerpos quemados de Andrés Serrano, o sus imágenes con fluidos corporales (entre ellos, sangre, semen, leche materna y orina); sin olvidar las esculturas con cadáveres humanos del médico alemán Gunther Von Hagens (inventor de la técnica de la plastinación que conserva músculos, huesos y vísceras).
A la protagonista de esta historia no le disgustarían estos experiencias necrofílicas, pero lo suyo son los vínculos humanos y en este sentido la obra ofrece una inquietante parábola con moraleja incluida.

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