Roberto Bendini, que arrastraba una causa judicial antes de asumir en mayo de 2003 como jefe del Ejército de Néstor Kirchner, le dio ayer el disgusto del día al gobierno. Evitable por lo demás, con la misma sordera que hizo a Julio De Vido decir que no conocía al valijero Antonini Wilson un año más tarde de que le atribuyera algún rol en esa trama. Una cámara de Comodoro Rivadavia procesó al jefe militar por el manejo de cuentas bancarias cuando se desempeñaba en el comando de Santa Cruz. Arrastró la causa, logró un primer fallo que lo exculpó, pero ayer se conoció el procesamiento. En el acto, pedido y aceptación de un retiro que pudo ocurrir antes con menos daño al gobierno, que creyó que otros tumultos podían tapar los pecadillos de este militar. Bendini pasará a la historia por otras peripecias, como promover el descabezamiento de la fuerza cuando asumió Kirchner, protagonizar la bajada de retratos de ex comandantes implicados en atrocidades o lanzar, cada tanto, sospechas de complots cívico-militares que halagan al gobierno, pero que hacían reír al público porque o eran asados en cuarteles o estridencias como las de Cecilia Pando.
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Complicación
No querido por la fuerza, como le ocurrió antes a Martín Balza, que estuvo de jefe con Carlos Menem durante años, Bendini complica al gobierno en aquello que más lo hiere: las acusaciones de corrupción. Por más que en la denuncia santacruceña se diga que no se llevó una moneda (usó cuentas bancarias personales para poder hacer gastos oficiales cuando regía el «corralito»), ocurre cuando el gobierno intenta disculpasde funcionarios como De Vido o ex funcionarios como Claudio Uberti en el caso del valijero. También cuando la Justicia hace pública una investigación que lleva más de un año sobre compras militares hechas saltándose las normas contables, pero justificadas en que si no se hace eso, no se puede dar de comer en los cuarteles. Un reconocimiento por parte de funcionarios públicos (los militares lo son) de que el Estado tiene una máquina de impedir que un gobierno que lleva ya seis años no ha logrado reformar. Por esas irregularidades se investiga a decenas de militares, muchos de los cuales han sido separados de la fuerza.
Quizás alegre a algunos este estereotipo que se termina instalando de que las fuerzas son cuevas, no ya de nostálgicos o de ex torturadores, sino también de corruptos. El ánimo antimilitar que fomenta el propio gobierno en un sector de la población va a festejar este despido de Bendini, aunque hiera al kirchnerismo, que usó el martillo del general para señalar a adversarios, por ejemplo en la crisis del campo, cuando intentó identificar a los ruralistas con sectores militares. Fue una forma de polemizar usando imágenes del pasado que excitan a un sector que vivió las pujas de los años 70, pero que no les dicen mucho a las nuevas generaciones que ven los posibles festejos por la caída de Bendini como otra antigualla de las que animan a la política criolla.
Por ningún lado el balance de este episodio es alentador aunque lo celebren los adversarios internos de Bendini, dentro y fuera de los cuartelesy el público termina pensando que, gracias a Dios, el país no tiene a la vista ningún escenario de guerra. Si eso ocurriera -lo padecen muchos países que creyeron que nunca se iban ver mezclados en conflictos-habrá que reinventar a los militares.
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