Para hacer el bien hay que mirar a quién

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«Caso 39» («Case 39», Canada-EE.UU., 2009, habl. en inglés). Dir.: C. Alvert. Int.: R. Zellweger, J. Ferland, I. McShane, K. OMalley, C. Keith Rennie, B. Cooper, C. Lowe.

Una de las cualidades del género fantástico es su capacidad de tomar los mas ásperos temas del mundo real para incluirlos en el marco de un entretenimiento terrorífico que el público puede ver con total tranquilidad mientras come pop corn en la butaca del multiplex de su barrio. Sólo que en algunos casos, el entretenimiento es tan terrorífico que no se lo ve con tanta calma como para no correr el riesgo de atragantarse. Esto es lo que ocurre con «Caso 39», una película diseñada para que el público la acepte en un principio como un drama o thriller bastante realista y verosímil sobre abuso infantil, y la preocupación de una trabajadora social para ayudar a chicos con problemas de conducta provocados por problemas familiares realmente serios, para luego transformarse poco a poco en un siniestro relato sobrenatural.

En una perfecta elección de casting, Renée Zellweger es la asistente social que ya al principio está totalmente abrumada por los 38 casos de chicos con todo tipo de traumas y distintos niveles de padres temibles, que debe atender simultáneamente intentando ser de alguna ayuda dentro de los límites y laberintos burocráticos a los está acostumbrada como funcionaria pública.

Pero el caso 39 que le es asignado supera todo lo visto, y a pesar de que no hay señales de daños físicos que evidencien violencia, ella percibe que algo realmente malo le ocurre a esa chica de 10 años que, en en sólo tres meses, bajó drásticamente sus calificaciones, se queda dormida en clase todos los días y casi ni se atreve a pronunciar palabra delante de sus padres, que más alla de que no cometan ningún delito o contravención visible, tienen un compartamiento extraño.

La protagonista logra tomar contacto a solas con la nena, que le susurra que sus padres hablan de enviarla al infierno. Sin pruebas legales para poner manos al asunto, la asistente social se involucra en el caso de una manera personal para cuidar a esa nena. Como la salva al final del primer acto, el conocedor del género sabrá que ahí es donde recién empieza la película de terror, más alla de que la trama es lo bastante astuta y original para no revelar demasiado pronto los detalles precisos de los acontecimientos macabros que empiezan a suceder a continuación, a veces en escenas antológicas tanto por su crudeza, imaginación visual y pericia formal con la que las filma el casi desconocido realizador alemán Christian Alvert en su primera producción para Hollywood.

Alvert se luce tanto en la dirección de actores como en su capacidad para presentar un universo realista y distorsionarlo luego hasta una extrema imaginería pesadillesca, digna de expertos como Clive Barker (de hecho, una de las mejores escenas del film es un brillante homenaje a «Candyman»). Hay que reconocer que el director tiene una ayuda muy importante en el preciso montaje de Mark Goldblatt, que luego de editar clásicos como «Aullidos», «Terminator» y «Starship Troopers» tiene bastante claro cómo hacer que el público salte de sus asientos en el momento adecuado.

Más allá de que hacia el final, cuando el conflicto presenta menos matices y la película se simplifica un tanto, este es un caso que ningún fan del cine de niños diabólicos al estilo «La profecía» querrá perderse, y que ningún espectador desprevenido debería ver sin saber lo fuerte y perturbador del modo en el que se aborda el asunto.

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