23 de junio 2010 - 00:00

“Para la edad que tengo, escribí demasiados libros”

Marcelo Birmajer: «No puedo competir con Aira, publica más que yo. Pero soy de la tradición de los escritores prolíficos, como Simenón. Creo que con el tiempo se va a equiparar la cantidad de años con la cantidad de libros».
Marcelo Birmajer: «No puedo competir con Aira, publica más que yo. Pero soy de la tradición de los escritores prolíficos, como Simenón. Creo que con el tiempo se va a equiparar la cantidad de años con la cantidad de libros».
«Una novela comienza, se desarrolla y termina, no deja cables sueltos; así trabajo yo, para que el lector disfrute», sostiene Marcelo Birmajer que, eligiendo ser un escritor profesional, escribe constantemente, tanto novelas para chicos que lo hicieron uno de los mejores autores argentinos de literatura juvenil, novelas y libros de cuentos para adultos que han sido traducidos a numerosos idiomas, como guiones, de entre otras películas de «Un día con Ángela», «El abrazo partido», «Dos hermanos». Tras la aparición de «La despedida», su nueva novela, dialogamos con él.

Periodista: ¿Qué es «La despedida»?

Marcelo Birmajer: Para empezar, es una novela. Soy respetuoso de los géneros, y una novela no es una sumatoria de cuentos. Como tengo una tendencia espontánea a escribir cuentos, podría agruparlos y como algunos escritores decir que eso es una novela, pero para mí una novela tiene carácter clásico, comienza, se desarrolla y termina, con lo pueril que esto pueda parecer, pero así es para mí. Y si hay un enigma, se resuelve al final. No dejo puntos sueltos o situaciones inconclusas para que el lector imagine cómo se resuelven. Imagino yo, trabajo yo, y el lector disfruta de lo que inventé. Bueno, «La despedida» es la historia de una amistad.

P.: Una historia contada a partir de una mueca que le hace un amigo al otro antes de morir ¿Cómo se le ocurrió eso?.

M.B.: Casi todos tenemos la suerte de que pequeñas situaciones cotidianas que provocan un interrogante se resuelvan de inmediato, a los pocos días o no importa si no se resuelven, uno se despreocupa de ellas. Por ejemplo, el marido ve que su mujer está enojada y no sabe por qué, después aparece que él hizo o dijo algo que a ella le molestó, o resulta que tuvo una discusión con la madre o con un hermano, lo dice, se le pasa, o pasa al olvido. Pero la mueca de reproche, de desagrado, de enojo, de un amigo que muere es eterna como la muerte. Ese reproche misterioso lanzado, que se puede llegar a sentir como una suma de reproches, que no se sabe a qué obedece, de un amigo que inmediatamente después de haber dado casi como despedida ese gesto muere, es un enigma que se llevará para siempre si no se descifra. Ese mensaje pequeño, que en otro momento podría haberse dejado de lado, alcanza dimensiones fenomenales con la muerte del emisor. Por supuesto, no me quedo en eso. Aunque un autor contemporáneo podría construir una historia minimalista, donde no pase nada, con la repetición eterna, aburrida, de aquel gesto. En mi novela no faltan aventuras, amores, estafas, brujas, epopeyas mínimas.

P.: A usted lo suelen relacionar por el mundo judío y el humor de sus relatos con Woody Allen. En está novela, por ese cruce de aventuras ¿se ha acercado a Paul Auster?

M.B.: Debo confesar que Paul Auster me gusta poco. «La invención de la soledad» es uno de sus libros que me gustó. En todos hay algo que me gusta, por ejemplo su afán de narrador clásico, de continuar el modelo de la literatura decimonónica, de aventuras.

P.: Y personajes de clase media, como los suyos, que de pronto se cruzan con alguien de un nivel más alto, con empresarios.

M.B.: O con lo más dramático de la política del país.

P.: Y los personajes van llevando a otros personajes.

M.B.: Creo que eso, tanto en Auster como en mi obra, nos viene de Kafka. Pero Auster me parece mucho más civilizado, con perdón, más pasteurizado. Creo que en mi obra es de más riesgo. Tiene el riesgo de caer en el disparate, o de lograr algo sorprendente. Auster es un escritor judío, que se nota que es un escritor judío, pero no lo dice, y no es algo que se manifiesta en su obra. En ese sentido me siento más cerca de Philip Roth. En la medida que Roth utiliza temas judíos para trabajar contradicciones, tensiones, poéticas, conflictos. Creo que «La despedida» es una novela que le debe, como influencia de escritores judíos, más a Roth que a Isaac Bashevis Singer, que suele ser mi influencia predominante, quizá por ser novela contemporánea, del siglo XXI. Por supuesto tengo más deudas, tanto de Bioy Casares como de la televisión, de Larry David, uno de los guionistas de «Seinfeld».

P.: ¿Se decididó a competirle a César Aira, por la cantidad de obras que publica?

M.B.: No, no puedo competir con Aira, publica mucho más que yo. Pero sí, soy de la tradición de los escritores prolíficos, como Simenón. Creo que con el tiempo se va a equiparar la cantidad de años con la cantidad de libros. Pero para la edad que tengo, escribí demasiados libros. Y no tengo una explicación concreta, sólo algunas pistas: que vivo de la escritura, que me paso la vida escribiendo, que es lo único que hago, pero también hay misterio.

P.: Por ejemplo, cómo surgen los temas.

M.B.: «La despedida» apareció en 2001. Me acuerdo que me habían hecho un reportaje por mi novela»Los tres mosqueteros» y cuando la periodista me preguntó qué estaba escribiendo, le dije que iba a empezar con la historia de un hombre que recuerda que un amigo que murió dejó de hablarle y nunca supo por qué. Fue el punto de partida textual de esta novela.

P: Un punto de arranque que tiene la forma clásica del tránsito que se recorre para descifrar un enigma.

M.B.: Algo que está en epopeyas y tragedias, y que incluso está en la Biblia, cuando Eva y Adán comen en secreto la manzana, pero lo que ocurre es que allí no puede haber secreto porque Dios lo ve todo. Pero los humanos no sabemos qué ha ocurrido hasta que alguien o algo aclara lo ocurrido. Hay demasiadas novelas que eligen dejar la solución por el camino, que no llegan a ella. Para mí hay un paradigma, en este sentido, de obra de arte fallida que es la película «Perdidos en Tokio», de Sofía Coppola, cuando Bill Murray le dice un secreto a Scarlett Johansson que aparentemente va a consolarla de la despedida, justamente una despedida de amor, son dos amantes que se separan sin haber sido amantes, pero siendo amantes a pesar de todo. Él le dice un secreto que supuestamente la alivia, pero alivia nada más que a ella con ese secreto. A mí eso me parece una falta de respeto al espectador, me parece un fracaso, porque no es que la directora sabe qué es lo que le dice, y no se lo cuenta al espectador, no sabe lo que le dice, no sabe cómo terminar la película.

P.: ¿Pero eso de dejar el misterio pendiente no es una de las características de la literatura fantástica, de «Casa tomada» de Cortázar, por ejemplo?

M.B.: Si no sabemos quién toma la mansión en «Casa tomada», la historia tiene un cierre, los hermanos se quedan fuera de su hogar, y lo que queda como misterio no es el remate del cuento. No es lo mismo que ese secreto que hace reír a la protagonista en «Perdidos en Tokio». Y no es para provocar un efecto de inquietud, porque le han preguntado a Scarlett Johansson qué le había dicho y contó que la directora no sabía, que le había dicho a Bill Murray que le dijera una serie de sonidos que sonaran como un secreto. El director tiene que saber todo y mostrar sólo la punta del iceberg, como explicó Hemingway, y uno se da cuenta que no es la punta del iceberg, sino que no tiene ni idea de cómo es la historia. Y creo que Sofía Coppola no sabe como terminar su relato, no sabe qué tiene que hacer para que sonría la actriz. Hay que trabajar para lograr eso. En «La despedida», uno pude decidir si el final es comprensible o no, si es sorprendente o no, si a uno le gustó o no, pero no que no el autor no se arriesgó, que no dijo cómo termina la historia. Yo en mi novela digo cómo termina la historia, cómo se acaba el drama, resuelvo el enigma.

P.: ¿Esta manera de pensar se acentuó al ser guionista?

M.B.: Estoy muy atento al cine porque fui guionista tanto de «El abrazo partido» como de «Dos hermanos», siempre trabajando en colaboración con Daniel Burman, y ahora estamos en nuevos proyectos. Tanto la televisión como el cine son hijos del teatro, de diálogo narrativo, y soy permeable a sus efectos en mi literatura, y estoy atento desde el punto de vista del oficio dado que también trabajo como guionista.

P.: Es decir: es un escritor profesional, de tiempo completo, de pluma industrial.

M.B.: Soy un escritor vocacional y soy un escritor profesional, las dos cosas. No se contradicen. Sin vocación no podría estar en la profesión. Sin la profesión seguiría con mi vocación, pero acaso de otro modo.Y sin vocación no me podría dedicar íntegramente a lo profesional.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

M.B.: Acabo de terminar el nuevo proyecto de película, y se lo acabo de mandar por mail a Burman. No quiero contar nada, sólo que está terminado, tiene 140 páginas, y es un policial que no para. Anoche no podía parar de leerlo. Estoy por empezar una nueva novela. Tengo que corregir una novela de terror, y que escribir otra novela de terror, por un compromiso con el editor mexicano Daniel Goldin. Estoy revisando traducciones de los dos tomos de «Historias de hombres casados», de la que está pendiente la edición en Estados Unidos. Salieron hasta ahora en Francia, Inglaterra, Alemania, Portugal, Brasil, Italia, Corea, y aún saldrán en otros lados.

Entrevista de Máximo Soto

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