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Para Lula, la libertad es un objetivo más urgente que una candidatura
• ¿CUÁLES SON LOS CAMINOS LEGALES POSIBLES PARA EVITAR UNA PRONTA DETENCIÓN?
Surge en el Partido de los Trabajadores la idea de buscar un presidenciable de recambio.
Lula da Silva se mostró en un acto en San Pablo tras el fallo.
Desde hace mucho, pero especialmente desde ayer, el sistema político brasileño quedó en un brete muy complejo. Una elección con Lula, máximo favorito en todos los escenarios de primera y segunda vuelta, llevaría al Palacio del Planalto a un hombre cuya aura de respetabilidad ha quedado, para amplios sectores de la sociedad, más que manchada. Pero unos comicios sin él le generarán al vencedor un problema de legitimidad, con un vasto sector de la ciudadanía hablando de un proceso proscriptivo y fraudulento. La grieta se ensanchará sin remedio en cualquier caso.
La cuestión de la candidatura de Lula da Silva ya excede lo judicial. Si uno de los tres magistrados de cámara hubiese votado a su favor, le habría otorgado un argumento para sostener con más fuerza su proclamación de inocencia. En cambio, los tres miembros de la Sala Octava del Tribunal Regional Federal de la Cuarta Región (TRF4), con sede en Porto Alegre, validaron las conclusiones de Moro y agravaron la pena.
¿Qué margen político le queda entonces, más allá de los plazos de su eventual encarcelamiento, para insistir con una postulación?
El primer reflejo de Lula fue ratificar su candidatura. Para muchos, a esta altura un imposible, cuyo fingido sostenimiento apuntaría a mejorar en lo posible su situación judicial del expresidente y a calentar el ambiente antes del lanzamiento de un inevitable "plan B" del PT. Nadie quiere hablar todavía abiertamente de esa opción: en tiempos de desgracia, los atrevidos pueden pasar por traidores.
El problema de la izquierda brasileña es que no le sobran liderazgos alternativos.
Dilma Rousseff fue eyectada del poder en un juicio político que, si bien no incluyó su inhabilitación, impide que sea una postulante competitiva. Hay encuestas que le dan un 13% de intención de voto, a priori una buena base dado lo poco que miden otros postulantes, pero las penurias de su Gobierno fueron tantas que es impensable que una mayoría de los ciudadanos desee repetir semejante experiencia.
Por otro lado, muchas potenciales figuras de recambio se incineraron en las llamas del "petrolão".
Quedan, sin embargo, algunos nombres viables.
Uno es el de Jaques Wagner, exgobernador de Bahía entre 2007 y 2015 y jefe de gabinete durante el derrumbe de Dilma. Su condición de nordestino serviría para asegurar votos en ese bastión petista y algunos notan que es uno de los pocos miembros del partido que ya se animó a hablar de una candidatura sustituta.
Otra opción es el exalcalde de San Pablo, Fernando Haddad, quien le permitiría a la izquierda hacer pie con cierta dignidad en el colegio electoral más grande de Brasil. Más medido para hablar de "planes B" que Wagner, Haddad se presenta a su manera, hablándole a un electorado más centrista como es el de su estado. Dice que dialoga con el mercado y que reformas como la laboral y la del congelamiento del gasto público pueden ser "revisadas" pero "no para volver a la situación anterior sino para pensar otro tipo de relación entre capital y trabajo".
De más está decir cuán incómoda sería una candidatura presidencial del PT que no sea la de Lula, que obligaría al postulante a pedir el voto en un proceso que se vería forzado a calificar todo el tiempo como fraudulento. Sin el exmandatario, a la izquierda solo le quedaría la posibilidad de salir del compromiso y ganar tiempo a la espera de un futuro menos impiadoso.
"Soy el 'lobbyista' número uno de Brasil", decía Lula en su primer mandato, cuando era una estrella mundial y hacía relaciones públicas en todo el mundo a favor de empresas que soñaba multinacionales en expansión de un Brasil potencia. ¿Quién habría anticipado entonces este final, en el que aquellas palabras adquieren un sentido tanto más triste?


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