26 de enero 2012 - 00:00

“Para Strindberg, la lucha de los sexos es a muerte”

Marcelo Velázquez: «La textualidad de Strindberg todavía golpea y llama la atención, aun cuando nos creamos hoy muy liberados».
Marcelo Velázquez: «La textualidad de Strindberg todavía golpea y llama la atención, aun cuando nos creamos hoy muy liberados».
«La señorita Julia» es una de las obras más conocidas del escritor y dramaturgo sueco August Strindberg y en ella están presentes algunos de los temas que lo obsesionaron: la lucha de sexos, el vínculo amo-esclavo, la figura del padre y el choque contra un orden social que consideraba caduco. Una nueva versión subirá a escena el próximo 10 de febrero en la Sala «El extranjero» (Valentín Gómez 3378) con un elenco integrado por Josefina Vitón, Gustavo Pardi y Paula Colombo.

Es el segundo título de Strindberg que aborda el director Marcelo Velázquez. Su montaje de «Acreedores» se exhibió durante las temporadas 2009 y 2010 en el Teatro El Borde. Dialogamos con él.

Periodista: Las obras de Strindberg reflejan su infierno personal: paranoia, conflictos conyugales y el trauma de haber sido hijo de una criada y su patrón.

Marcelo Velázquez: Lo que a mí más me sorprende es la contemporaneidad de su obra. Tanto «La Señorita Julia» como «Acreedores» y «El padre», hoy nos resultan de avanzada y las tres fueron escritas alrededor de 1888. Strindberg mismo fue un hombre adelantado a su tiempo, seguía los avances científicos, experimentó con la fotografía, la alquimia, el ocultismo y creó una sala de teatro independiente en una casa. En eso también fue un innovador. Se apartó de los elencos numerosos y los grandes decorados para crear obras de tres personajes, perfectas además. Fue un loco lindo...

P.: También un paranoico grave que escribió barbaridades de sus tres esposas...

M.V.: Lo curioso es que las tres fueron actrices. Pertenecían a ese mundo que él tanto criticó y que a la vez lo fascinaba. Está caratulado como misógino; pero ¿en ese ataque tan ferviente contra la mujer, no hay una suerte de admiración? Sus personajes femeninos son igual de fuertes y decididos que los del sexo opuesto. Julia lo dice en un momento: «Me criaron como un hombre, mi madre me vestía con ropa masculina. En «Acreedores», la protagonista declara: «Yo puedo tener dos amores ¿por qué no? Que una mujer de esa época diga algo así... Aún hoy cuesta aceptarlo, aunque nos creamos muy liberados. La textualidad de Strindberg todavía golpea y llama la atención.

P.: Más que desvalorizar a la mujer, la considera un rival temible.

M.V.: Y está a la par del hombre. Para Strindberg la lucha de sexos es a muerte, hay terribles duelos verbales y mucha violencia psíquica. Una mente quiere destruir a la otra y la tragedia puede terminar en muerte real. A esto se suma la lucha de clases. En el nivel más alto, la aristocracia y en el más bajo, los criados, sin posibilidad de cambio ni de conciliación, son el agua y el aceite.

P.: ¿Qué sentido tiene la conducta de Julia? Bebe y baila con la gente del pueblo como si fuera una más y tiene sexo con un criado al que desprecia...

M.V.: ¿Por qué Julia hace todo eso esa noche? Porque su padre está ausente. Es la Noche de San Juan, un festejo que en la tradición nórdica está asociado a la llegada de la primavera y yo lo relacioné con el Carnaval porque es un evento que anula las diferencias sociales. Y esta jovencita, que es huérfana de madre y esa noche se queda sola porque el conde ha ido a visitar a unos parientes, decide adueñarse del lugar en su calidad de futura condesa. Pero no puede con eso. Y Juan, ese sirviente tan particular y tan moderno que parece el prototipo del trepador, la seduce con su elocuencia y piensa aprovecharse de ella para progresar económicamente. Pero tiene un mundito limitado. El quiere tener un hotel y ponerla a ella a trabajar...

P.: Parece un vivillo argentino...

M.V.: Tiene una mente muy pequeña... ¡Sueña con poner un hotel y vivir de rentas! Roberto Arlt le diría: «Si ese es tu sueño, merecés morir» o como le dice a uno de sus personajes: «Querés ganar trescientos millones... eso no es un sueño».

P.: El padre regresa al día siguiente...

M.V.: Y cuando escuchan que anda por ahí dando órdenes, todo vuelve a su lugar. Juan dice: «Oigo su voz, oigo sus pasos y no puedo dejar de ser criado». Es terrible. En ausencia del conde se animaron a transgredir todos los límites pero eso tiene un alto costo. Para la hija es una tragedia, para Juan es volver a la dialéctica amo-esclavo: «me dan una orden yo no puedo más que obedecer». Es víctima de sus propias limitaciones.

P.: En el prólogo de la obra, Strindberg declara que ha roto con «la tradición de presentar a los personajes como catequistas que con preguntas estúpidas provocan la réplica brillante».

M.V.: En la obra se habla todo el tiempo del teatro, hay un juego con la metateatralidad. Julia le dice a Juan que parece un actor porque habla muy bien y que debe haber ido mucho al teatro. Eso me llamó mucho la atención. El teatro de aquella época era un referente de buenas costumbres y un modelo de lengua. Su objetivo era educar. Hoy el teatro no intenta educar a nadie, ni es modelo de nada.

P.: Strindberg utilizó ese medio con la firme decisión de escandalizar a sus conciudadanos.

M.V.: Sí, porque al mismo tiempo que planteaba un conflicto entre lo viejo y lo nuevo, sus obras mostraban triángulos amorosos, infidelidades, degradación. Hoy podemos descubrir en ellas otros contenidos más trascendentes.

Entrevista de Patricia Espinosa

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