12 de noviembre 2009 - 00:00

“Parecerse al padre, a veces, es algo muy duro”

Nicolás Entel (izq.),para la preparación de «Pecados de mi padre», incursionó en zonas de Colombia a las cuales nadie llega. Arriba, una imagen del desaparecido líder del cartel de Medellín, Pablo Escobar Gaviria.
Nicolás Entel (izq.),para la preparación de «Pecados de mi padre», incursionó en zonas de Colombia a las cuales nadie llega. Arriba, una imagen del desaparecido líder del cartel de Medellín, Pablo Escobar Gaviria.
Mar del Plata - Se presenta hoy, en competencia latinoamericana, «Pecados de mi padre», quizás el documental argentino más vendido en el mundo antes de su estreno. Ya lo compraron el Channel 4 (Gran Bretaña e Irlanda), Canal Arte (Francia y Alemania), la TV pública de Finlandia y Holanda, Discovery Channel, que lo emitirá recién en junio de 2010 para toda Latinoamérica y el Caribe (aquí se estrenará en salas en marzo), y Colombia, que lo estrena en diciembre con un pedido inicial de 43 copias. El padre aludido en el título es Pablo Escobar Gaviria, el Zar de la Cocaína. El protagonista es su hijo Juan Pablo, alias Sebastián Marroquín, que vive en Buenos Aires y que se hará presente en Mar del Plata. Dialogamos con el director, Nicolás Entel.

Periodista: ¿Cómo se metió usted en esto?

Nicolás Entel: En una cena, un productor colombiano, amigo mío, me sugirió hacer un documental sobre Escobar. Los que hay son malos, con errores de información, etc. Lo respondí «mejor hagamos uno sobre el hijo, que tiene nuestra edad». Y al rato, «¿por qué no juntarlo con el hijo de Galán, que fue asesinado por su padre?». Luego él se abrió del proyecto, pero yo seguí.

P.: No conviene beber mucho en las cenas. ¿Se animó solo?

N.E.: Recorrí Colombia entera, lugares donde no van turistas ni tampoco gente del Estado, terminé un dia bebiendo whisky seguramente ilegal en Sinalejo, capital de los paramilitares, y me han tratado siempre muy bien. Soy viajero, y creo que en Egipto y Colombia vive la gente más amable del mundo. Te abren su casa, enseguida la abuela te fríe chicharrones, pero existe esa contradicción: se matan por nada. Para colmo las penas son bajas, no más de 8 años. Recién están pidiendo cadena perpetua para violadores de niños. Lo único que temen los criminales es la extradición a EE.UU.: las cárceles gringas son duras con los colombianos.

P.: ¿Cómo llegó hasta Escobar hijo?

N.E.: Él y mi amigo tenían amigos en común. Así llegué a él. Tras varios cafés, le terminé de caer bien, porque casualmente mi madre había sido profesora de sociología de su esposa y su madre, quienes le tenían aprecio porque siguió tratandolas del mismo modo cuando en 1999 se supo quiénes eran (recordará que se instalaron en la Argentina con nombres falsos, y el asunto saltó cuando alguien quiso extorsionarlos).

P.: ¿Y cómo llegó hasta los hijos de Lara, Galán, y Gaviria, y los convenció de encontrarse con Escobar hijo, y filmar ese encuentro, donde él les pide perdón?

N.E.: ¡Hice tantos viajes sin la cámara! Instinto y paciencia son fundamentales. Y, sobre todo, mantener la palabra. Además, son gente de bien, entienden el peso del apellido que cada uno lleva, y tuve la gran suerte de encontrarlos en el momento en que ya estaban maduros para verse y hablar.

P.: Pero Escobar dejó un tendal de víctimas, no solo esas.

N.E.: Me concentro en los crímenes más representativos. Pero es cierto, las víctimas son muchísimas, de él y de la aflicción del Estado por acabar con él. Por ejemplo, en EEUU conocí a los hijos de la maestra particular de ellos, que fue secuestrada, torturada y desaparecida por los Pepes.

P.: ¿Quiénes son los Pepes?

N.E.: Una bolsa donde caben los del cartel de Cali, el cartel de Medellin, los paramilitares y también miembros de las fuerzas legales. Yo creo que esto, en cifras, podría sintetizarlo en 5 años, 4 países, 30 viajes, más de 100 boletos de avión, y 300 horas de material, incluido el de archivo, sin calcular el trabajo que no cobro, el lucro cesante por el tiempo que distraje de la empresa familiar (Red Creek Prods., mi hermano tuvo que ponérsela al hombro), el tiempo que le resté a mi familia (soy un tipo común, llevo mi hijo al jardin, mi mujer cocina, yo lavo los platos), y el estrés, pero, en compensación, he vivido una experiencia inigualable. Y es muy bueno cuando me entero de que un ex jefe de las Fuerzas Armadas de Colombia, y el hermano de un ex guerrillero (luego asesinado cuando se presentó a elecciones) han elogiado ese gesto de reconciliación que pude registrar.

P.: Y que de algún modo ha empujado a concretarse. Hábleme del material de archivo.

N.E.: Son tres fuentes: material de programadoras televisivas que había entonces, y conseguí tras mucho rastrear, registros de chuzadas telefónicas (como dicen allá) y aviones espías, que alguien me hizo llegar, y, lo más importante, el archivo de familia, que una tía tenía en una baulera, en Medellin. Ahí pasé días revisando, mientras me traían bandejas y bandejas de arepas. Hallé fotos, audios de cuentos infantiles que Escobar leía y mandaba a sus hijos cuando estaba oculto, libros con comentarios de su puño y letra, por ejemplo uno donde se da la definición de psicópata, y al lado está su respuesta, etc.

P.: La esposa de Sebastián no aparece en la película.

N.P.: Mi pidieron que no figuraran ni ella ni la hermana, pues todavía quieren mantener su anonimato. De allá, arriesgando la vida, escaparon cuatro: la viuda, la hija, el hijo, y la novia de éste, que es su esposa desde hace ya 15 años. Toda muy buena gente.

P.: Debe ser difícil romper todos los lazos e iniciar otra vida.

N.P.: Sebastián se parece mucho al padre, en el rostro, el modo de caminar, de sentarse. Mirarse al espejo ya debe ser difícil. Y cambiar el carácter, porque dice «yo he perdido el derecho a enojarme». Él ahora es arquitecto, no lo busca Interpol, no figura en la lista Clinton (la de colombianos que no pueden comerciar con EE.UU.), y tiene además un gran mérito: es un tipo normal, y muy buena persona, ya lo dije. Además, tuve el privilegio de ver cómo fue cambiando respecto al padre, a lo largo de cinco años. Cuando nos conocimos me dijo «yo nunca hablaré mal de mi papá, que lo juzgue Dios». De a poco lo vi diferenciar al padre cariñoso que conocía dentro de casa, y la figura pública criminal que otros conocieron. «Ese señor», dice entonces.

P.: ¿Pablo Escobar no tiene perdón?

N.E.: Allá muchos lo quieren, porque se sienten marginados de la sociedad, o se beneficiaron de su caridad. Era populista. Repartía su plata sin cinismo. Tenía rasgos mesiánicos. No pretendo entenderlo, considero un disparate los libros que dicen «el verdadero Escobar». Creo que su vida no fue una película de gangsters, sino un thriller político. No es tema de criminalidad. Lo que aprendí es que verdaderamente «el crimen no paga». El dinero no les sirvió cuando debieron pasar hambre y frio ocultos de sus enemigos. Y muy pocos narcos «retirados» disfrutan su fortuna, porque deben gastarla en protección, viven con miedo hasta que alguien los mata.

* Enviado Especial

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