10 de septiembre 2013 - 00:00

Pasado y presente de Buenos Aires según sus artistas en Proa

Arriba, una de las bellísimas imágenes que Annemarie Heinrich tomó a una actriz alemana, corriendo por la 9 de Julio como una Marilyn en territorio criollo, en la sala de Proa dedicada a los avatares de nuestro Obelisco. Abajo, la reveladora instalación de Marcos López, con imágenes de la Villa 31, ubicada en la sala que resume la Buenos Aires que nos resistimos a ver.
Arriba, una de las bellísimas imágenes que Annemarie Heinrich tomó a una actriz alemana, corriendo por la 9 de Julio como una Marilyn en territorio criollo, en la sala de Proa dedicada a los avatares de nuestro Obelisco. Abajo, la reveladora instalación de Marcos López, con imágenes de la Villa 31, ubicada en la sala que resume la Buenos Aires que nos resistimos a ver.
La Fundación Proa de La Boca presentó hace unos días "Buenos Aires", exhibición que explora la ciudad a través de las obras que le dedican varios de sus artistas e intelectuales. En el recorrido de la muestra se cruzan diversas disciplinas, comenzando por la estadística. Sobre una pared de la sala de ingreso se divisan las cifras del Censo del año 2010: la población estable de Buenos Aires (2,8 millones de habitantes), la del Gran Buenos Aires (9,9 millones) y la cantidad de personas que ingresan todos los días (3,2 millones). Los datos marcan las fronteras porosas de nuestra megalópolis y, a la vez, demuestran la dificultad de establecer sus límites.

Luego, el cine aporta lo suyo: el movimiento. La energía del vértigo urbano se vuelve perceptible en un montaje de Andrés Levinson reunido sin afán cronológico. Si bien la curadora Cecilia Rabossi explora el siglo XX y focaliza la atención en la década del 30, cuando se trazan los planes urbanísticos para la gran metrópolis, la muestra comienza echando una mirada hacia atrás, hacia los orígenes.

En el video "La ciudad que se fundó dos veces", Rabossi plantea con humor, el rescate de los dibujos del viajero y militar alemán Ulrico Schmidel, integrante de la expedición de Pedro de Mendoza. En la misma proyección confronta esas imágenes con la pintura realizada en 1909 por el español Moreno Carbonero, que representa la Fundación de Buenos Aires de Juan de Garay. El inmenso cuadro que hoy se encuentra en el Museo de la Legislatura porteña, fue un encargo a un especialista en pintura histórica, de la sociedad criolla para la celebración del Centenario. Sin embargo, la obra ostentaba un carácter tan ajeno a la realidad, con sus personajes cervantinos y unos indios irreconocibles, que en 1921 la mandaron de vuelta a España para corregir los errores. El breve video pone en evidencia el doble retrato de Buenos Aires, uno de ellos bastante ridículo, junto a la doble fundación de la ciudad.

La segunda sala de Proa está dedicada la ciudad moderna, a la traza de las diagonales, el ensanche de la calle Corrientes, la creación de la Avenida 9 de Julio y, en especial, los avatares de nuestro Obelisco. La documentación reunida muestra que la historia tiende a repetirse. Rabossi relata que el intendente Mariano de Vedia y Mitre encarga, "sin llamado a concurso público", la construcción del Obelisco al arquitecto Alberto Prebisch, para emplazarlo en la Plaza de la República. La empresa Siemens Bauunion lo construyó en el tiempo récord de 60 días. Pero, en rigor, ese monumento racionalista de 67,5 metros de altura, no coincidía con el gusto de una sociedad que amaba las volutas francesas y en pleno siglo XX seguía construyendo palacios.

En la exhibición está la imagen del año 1938, cuando luego de un acto escolar se cayeron dos filas de lajas del Obelisco. Por pocas horas, el episodio no se convirtió en una masacre. El voto del Concejo Deliberante de la Ciudad de Buenos Aires ordenó la demolición del monumento, pero lo salvó el veto de Arturo Goyeneche, el nuevo intendente porteño.

En esa misma sala de Proa están las bellísimas imágenes que Annemarie Heinrich tomó a una actriz alemana, corriendo con su vestido blanco por la Avenida 9 de Julio con el Obelisco en el fondo, como una Marilyn en territorio criollo. Ese mismo Obelisco aparece en la lente de Sara Facio, que, con las hojas de un árbol en primer plano, habla de modo poético de la riqueza de todas las especies que pueblan la ciudad.

Los artistas son sismógrafos del acontecer y la diversidad de sus mensajes se ofrece ante los ojos del espectador. Desde el "hombrecito urbano" de Antonio Seguí, que atraviesa Buenos Aires con el Obelisco como icono de la aceleración y el vértigo que imponen los tiempos, hasta la propuesta de canjear el Obelisco por otro monumento de Alejandro Katz, pasando por el célebre Obelisco acostado de Marta Minujín, el video y las fotos de Horacio Coppola, la imagen de la ciudad estetizada de Facundo de Zuviría, el plano de Graciela Hasper y, por algún lado, el brillo inconfundible del empedrado porteño bajo la lluvia. Entretanto, el grupo M777 de diseño y arquitectura, presenta diversas estrategias para una posible inundación.

La elegancia suprema de dos Obeliscos iluminados de Edgardo Giménez, corona una época que se extiende desde 1937 hasta el final del siglo XX. En abierto contraste, la tercera sala refleja la vida marginal que se adentra y, de algún modo también, se apropia, del corazón de la ciudad. Allí está la Buenos Aires que nos resistimos a ver, en la reveladora instalación de Marcos López. Dos plasmas empotrados en un paredón de ladrillos huecos se abren como ventanales en una típica construcción "villera". Las imágenes tomadas desde un auto que recorre la Autopista Illia desnudan el avance de esa marea creciente de miseria que es la Villa 31.

Juan Travnik acentúa en sus fotos, con recursos pictóricos, el desgarrón de la Crisis de 2001. Al año siguiente Sergio Avello rescata en la serie "Flaneur" las señales de la crisis. El artista inicia el tour en la zona de los bancos y llega hasta el paisaje cambiante que encuentra en la Avenida Alvear. Al final del recorrido hay un must de Cartier, junto a los santos de los anticuarios y los patéticos maniquíes vestidos de gala. Ana Gallardo plantea su propia precariedad en la "Casa rodante". Se trata de una "casita", en realidad, montada con los muebles y objetos que entre una mudanza y la otra arrastraba ella misma, pedaleando una bicicleta.

Como un anticipo de la catástrofe que se avecinaba, Oscar Bony fotografió en el año 1997 la oscuridad de una villa. A pesar de su clima siniestro, la obra se llama "Democracia". Pertenece a la Serie "Suicidios" y la foto está cubierta por un vidrio perforado por el artista a balazos.

Más atrás en el tiempo, en el año 1990, Liliana Maresca había pedido prestado en el albergue Warnes un carrito de basura. Así realizó su "Carrito blanco": "Recolecta", idéntico, a pesar de su blancura, a los que una década más tarde inundarían Buenos Aires. La inspirada artista, afianzando el estatus de obra de arte, replicó el carrito de basura en bronce y lo montó sobre un pedestal.

Casi en el presente, en el año 2008, al igual que el cronista alemán Ulrico Schmidel, el fotógrafo italiano Gian Paolo Minelli registró el "Parque Indoamericano" y la "Villa 20".

El campo literario se abre con la instalación sonora que montó Daniel Link en su papel de curador. En un espacio confortable y en penumbras, el visitante tiene la oportunidad de escuchar las voces de algunos escritores que escribieron sobre Buenos Aires. Allí, entre otros, están Borges, Arturo Carrera, Cortázar, Washington Cucurto, Fogwill, Raúl González Tuñón, Link, María Moreno, Mujica Láinez, Silvina Ocampo, Alan Pauls, Manuel Puig y Ricardo Piglia, con "La ciudad ausente".

Más arriba, desde la terraza de Proa, se divisa Buenos Aires.

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