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Peligro: Obama tensa la soga en casa del ahorcado
José Siaba Serrate
Ricardo III perdió su reino por un caballo; Obama mancó el suyo en Massachussets pero, en el acto, saltó a otra monta. Así se hacen las cosas cuando la obsesión es abrirse paso. De un brinco se cambió la agenda. Bastó un talonazo a los bancos para lograrlo. De la reforma de la salud a la reforma del sistema financiero. Del celo por extender la cobertura de la asistencia médica a la inquietud por recortar la cobertura de los bancos. No hay tema que resulte ajeno a un estadista.
En 1933, la ley Glass-Steagall -que separó tajante la banca comercial de la banca de inversión- fue la respuesta regulatoria a la catástrofe de la Gran Depresión. Su vigencia -de no haber sido repelida en 1999- no hubiera impedido la crisis actual. No fue la tradicional corrida de los depósitos lo que desató la zozobra. Fueron los Bear Stearns y los Lehman Brothers -es decir, los bancos de inversión, sin acceso al redescuento de la banca central y exentos de garantías- los que encendieron la mecha. Las autoridades muy pronto descubrieron que -so pena de afrontar una hecatombe ante sus narices- debían intervenir. El presupuesto esencial de Glass-Steagall no se cumplió. En un mundo que es una maraña de conexiones sensibles, el riesgo del sistema financiero no está confinado a la salud de la banca convencional. A la hora de contener la avalancha, a decir verdad, no se pudo prescindir tampoco del rescate de una gran compañía de seguros -AIG- ni de dos gigantes oxidados de Detroit, Chrysler y GM.
Obama debe hacer de la necesidad, una virtud. La reforma financiera es un imperativo que no es urgente, pero sí es muy importante. Que Obama estrene el tema como eje de su plataforma política no significa que la reforma carezca de rodaje. En la Cámara de Diputados, ya se cuenta con un proyecto de ley aprobado (HR 4173). En el Senado, existe otra versión en plena discusión. Y en el G-20, EE.UU. participa -junto con la comunidad internacional- de la elaboración de un tercer cuerpo de recomendaciones. Abrazar la regla Volcker -inspirada si no en la letra, en el espíritu de segmentación de Glass-Steagall- supone añadir otro bagaje, una cuarta veta directriz. Como se ve, la reforma financiera dista de ser un paraje yermo y olvidado. Más bien se asemeja a un estuario anegado por una profusión de normas de diferentes calados. Hasta que esa Babel no decante, lo sensato es lo que Obama critica, que la banca se ajuste a las viejas reglas.
Manipulación
El presidente ha decidido que la reforma financiera sea, a la par, la tabla de salvación de su campaña. Entonces, no debe olvidar un principio básico: su flotabilidad depende crucialmente de la salud de la economía y de los propios bancos. Si su manipulación la resquebraja, lejos de barrenar ante la opinión pública, será un lastre que lo hundirá, en un santiamén, en mayores profundidades.
En ese sentido, se impone una conclusión inevitable. En la medida que el electorado dicta la agenda y su resentimiento hacia la banca -y en general, hacia los programas masivos de aliento y la intervención del Estado- copa la escena, la recuperación en marcha se torna más y más vulnerable ante la eventualidad de un traspié. La crisis no terminó de sangrar. Corroe empleos, ingresos, crédito al sector privado, inversión, capacidad de repago. Peor aún: los bancos conservan en su poder los activos tóxicos que, en un momento, se pensó era inexorable extirpar. El Gobierno prometió facilitar su adquisición -a través del plan PPIP- pero la mejora de las expectativas fue tan ostensible que no se abrió la billetera. En cambio, las autoridades instaron a la cancelación anticipada de la asistencia vertida por el plan TARP - y los propios bancos se allanaron con beneplácito, en aras de retomar el control de sus políticas de dividendos y remuneraciones. El generoso reflujo de recursos fue posible gracias a mercados de activos de riesgo muy entonados a partir de marzo último. Así, la malla de seguridad que permitió dominar la crisis comenzó a recogerse cuando todavía los bancos -si se leen los balances entrelíneas- deben practicar malabarismos.
Es fácil retirar la red de seguridad, y calmar el descontento de la población, pero lo grave es que, si volviera a necesitarse, no estará disponible. Si la recuperación de la economía se atasca y necesita un renovado empujón de estímulo (o, si los mercados arrinconan de nuevo a la banca), la situación habrá vuelto peligrosamente a fojas cero. Como en los tiempos previos a Lehman, hará falta que la crisis irrumpa de manera estruendosa para hacerse oír y habilitar otra vez el grifo de la asistencia. Con la opinión pública furiosamente en contra y las elecciones en noviembre, ningún político visionario querrá oficiar de punta de lanza.
La apuesta de Obama, como se ve, es arma de doble filo. Azuzar a Wall Street podrá ser popular, pero tensa la soga en casa del ahorcado. Es jugar con fuego -como lo demuestra la azarosa confirmación de Bernanke en la Fed, con un fuego que no se gobierna por completo- cuando las cenizas de la crisis todavía no se han apagado. No es un almuerzo gratis: los riesgos de una recaída en la crisis -del «double dip»- crecen por añadidura.


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