27 de agosto 2010 - 00:00

Peligro: rebelión en la granja de Bernanke

José Siaba Serrate (Economista)
José Siaba Serrate (Economista)
¿Siete brújulas para la política monetaria? Se confirmó que siete de los diecisiete participantes del último cónclave de la Fed se manifestaron contrarios -o expresaron reservas- sobre la iniciativa de reanudar la compra de bonos del Tesoro (aunque fuese, por ahora, con el único fin de reinvertir las amortizaciones de los títulos en cartera). Así surge del recuento escrupuloso que presenta Jon Hilsenrath, del Wall Street Journal, con testimonios de los intervinientes y que nadie desmintió. O sea que las brújulas no fueron siete, sino, al menos, ocho: Ben Bernanke, el timonel de la Fed, finalmente impuso su criterio pese a todas las objeciones.

No es común una reunión tan contenciosa, pero la coyuntura, nobleza obliga, también se aparta de lo trillado. Que las aristas ríspidas del debate salgan a la luz, en la prensa o través de declaraciones «on the record» de los protagonistas, es más que un súbito homenaje a la transparencia. O un desfile de vanidades heridas. Revela la existencia de diferencias profundas y la voluntad -¿consensuada?- de que, lejos de ocultarse, la opinión pública las conozca. Así, el martes próximo, cuando se desayune con las minutas del cónclave, acceda a la descripción oficial del amplio espectro de posiciones, y allí descubra sus trayectorias de colisión, no la sorprenderá con el estómago vacío.

¿Por qué brota este manantial de controversias? ¿Es fruto del estilo colegiado de conducción que le imprimió Ben Bernanke a la Fed, herencia de su paso al frente del Departamento de Economía de la Universidad de Princeton entre 1996 y 2002? ¿O se trata de una rebelión en la granja? ¿Será, quizás, ambas cosas a la vez? Es decir, una muestra de fracaso gerencial. ¿Qué peor, entonces, que una economía en aguas borrascosas y la Fed sin unidad de mando? Nadie duda de que Bernanke se alejó del férreo régimen de disciplina que instauró su predecesor, Alan Greenspan, entre 1987 y 2006. No es que Greenspan no haya enfrentado oposiciones ni votos en disidencia, pero rara vez las discrepancias subsistían cuando se tomaba una decisión (siempre la que Greenspan favorecía de antemano) y mucho menos se hacían públicas. En los hechos, la Fed y Greenspan eran sinónimos. No se recuerda, porque no existió, un episodio como el que hoy se vive. La Fed anunció un leve viraje de su política, un desvío de apenas unos pocos grados, y, antes de realizar la maniobra, a Bernanke lo cubrió un aguacero de críticas de sus propios oficiales. Vale aquí, sin embargo, ensanchar la perspectiva. No una vez, sino dos, Mervyn King fue derrotado en votaciones clave, ardorosamente disputadas, en el Banco de Inglaterra. Y, por cierto, no fue una lápida para su credibilidad.

Ya se escribió, pero conviene repetirlo. El Peligro, con mayúscula, sería escorar como Japón. Y que la política monetaria, en ese atolladero, se pruebe impotente. El peligro, en minúscula, es la fractura del consenso acerca de cómo dar batalla. Ése es el argumento que planteó James Bullard, el presidente de la Reserva Federal de St. Louis, en un papel de investigación que difundió a fines de julio. Allí se alertó, por primera vez, sobre el cariz de las discrepancias que estaban en gestación. En esencia, la división de opiniones no es un rasgo que surja de la Fed, sino de la naturaleza del problema con el que debe lidiar. Rastreando la literatura específica, Bullard detecta siete facetas o posturas diferentes, demostrativas de lo fragmentada «que está la profesión económica en este tema crítico». Si Bernanke condujese una universidad, le bastaría con montar siete atriles para alentar la discusión académica. Pero la tarea de la Fed no se agota con la deliberación. Y puede perjudicarse con una sobrecarga. Si las brújulas se multiplican y su norte diverge, ¿cómo evitar el error o la parálisis de la política monetaria?

Dos semanas atrás, la Fed discutió, pero también actuó. No fue sencillo. La reunión se adelantó una hora para acomodar la controversia que se veía venir. En el relato de Hilsenroth, que nadie se preocupó de corregir, las voces se agruparon en dos grandes campos. Hubo quienes abogaron por actuar como se hizo (Dudley, Rosengren, Yellen) hasta quienes se oponían con gran celo (Hoenig, el abanderado, votó en disidencia en cada una de las reuniones del año). Y no faltaron quienes esgrimieron razones ligadas a la inefectividad de la política monetaria -tema muy caro para la veta intelectual de Bernanke, pero también para la autoestima de la propia Fed-, como Kocherlakota, que puso el acento en el carácter estructural, y no meramente cíclico, del desempleo. Diecisiete funcionarios tuvieron voz en la discusión (contando a Bernanke y recordando que existen dos asientos vacantes). Si siete elevaron objeciones a la iniciativa que se tomó, Bullard tiene razón: la fragmentación profesional es inédita. Pero sólo diez, de los diecisiete, tienen voz y voto. Allí talló el liderazgo de Bernanke: la votación se resolvió por margen de nueve a uno. Se sabe que Warsh, Duke y Bullard manifestaron, por lo menos, algún matiz de diferencias, pero, aun así, se plegaron a la moción favorable. Si la ejecutividad se resintió, no se sabe en qué medida, pero queda claro que no se inhibió por completo.

Hoy, Ben Bernanke hablará en el seminario de Jackson Hole, que es la cita obligada, una vez al año, de todos los banqueros centrales del mundo. Y donde, más de una vez, la Fed supo anticipar veladamente el curso de sus políticas. La economía se deterioró: los mercados de trabajo e inmobiliario, y también un segmento muy dinámico, como las órdenes de bienes de capital que alimentan la inversión. ¿Acusará recibo? ¿Adelantará una postura más agresiva? Difícil pensar que la Fed, después de dar la primera puntada, visto el enfriamiento, evite la segunda: aumentar su cartera de bonos del Tesoro. Pero, ¿cómo anunciarlo? No es pájaro en mano. Bernanke deberá batallar duro para lograrlo.