30 de octubre 2012 - 00:00

“Pepita Jiménez”: las voces femeninas fueron lo único

La soprano germano-española Nicola Beller-Carbone tuvo una tarea impecable en el papel titular de «Pepita Jiménez» de Albéniz.
La soprano germano-española Nicola Beller-Carbone tuvo una tarea impecable en el papel titular de «Pepita Jiménez» de Albéniz.
«Pepita Jiménez», ópera en dos actos. Música: I. Albéniz. Libreto: F. Money-Coutts. Orquesta, Coro y Coro de Niños del Teatro Argentino de La Plata. Dir. esc.: C. Bieito. Dir. mus.: M. Coves (Teatro Argentino de La Plata, 28 de octubre).

La riqueza musical de «Pepita Jiménez», ópera de Isaac Albéniz basada en la novela homónima de Juan Valera, hubiera debido representarle una fortuna mucho mayor de la que ha tenido. Escrita sobre un texto en inglés de Francis Money-Coutts, abogado y mecenas que hacía honor a su primer apellido, la obra se estrenó en una primera versión en italiano en Barcelona en 1896, en una segunda en Praga, en alemán, y en una tercera en Bruselas, en francés. Más tarde, en 1963, Pablo de Sorozábal la refritó en español, aunque sin mucha fortuna.

Luchando a brazo partido con las barreras del idioma la bellísima música de Albéniz se abrió paso a través del tiempo. Gracias al Argentino de La Plata, y a la coproducción con los Teatros del Canal de Madrid, el coliseo plantense es la primera sala de América en brindarla y también el primer escenario donde la música y el libreto original inglés se reencuentran. La versión elegida fue la segunda, en dos actos, aunque la omisión del intervalo desdibujó esta circunstancia.

El conflicto de la novela (y la ópera) es una oposición que se prolongó como una constante en la España anterior a la caída de Franco: erotismo y religión. Pepita, joven, viuda y heredera, es pretendida por numerosos hombres, entre ellos Don Pedro de Vargas, pero el corazón de la muchacha apunta al hijo de éste, Don Luis, consagrado al sacerdocio; en los carriles de esta lucha entre el amor espiritual y el terrenal, la devoción y la represión de los deseos, transcurre la acción.

En su primer trabajo en ópera en la Argentina, el «enfant terrible» de las escenas europeas Calixto Bieito traza un juego centrado en una monumental estructura (obra de Rebecca Ringst) de armarios que avanzan, retroceden, dejan ver e intuir, muestran y ocultan. Por delante, detrás y en el interior de ellos se desplegará un sinfín de acciones, muchas de ellas no desprendidas del libreto mismo sino en una intrincada intertextualidad con el film «La tía Tula» de Picazo (1964), y otras destinadas a «ilustrar» los deseos reprimidos de los personajes (y, por qué no decirlo, a «épater le bourgeois»), incluyendo desnudos, sadismo y otros elementos remanidos tan caros a la iconografía de Bieito -aunque aquí en versión «light», si cabe esa palabra- en una propuesta que resulta paradójicamente fría y carente de efecto.

Dentro del elenco sobresalen las voces femeninas: la soprano germano-española Nicola Beller-Carbone en una tarea impecable en el papel titular, y la mezzo Adriana Mastrangelo, dándole al personaje de Antoñona (criada de Pepita) una dimensión vocal y actoral notable. Menos feliz lució en la función del domingo la dupla padre-hijo: a la desdibujada performance del tenor Enrique Ferrer (de emisión tensa y caudal por momentos insuficiente) se le sumó un prolongado «accidente» del barítono local Gustavo Gibert que hizo carraspear por reflejo a gran parte de la sala. Muy bien en los papeles de flanco Víctor Castells (el Vicario), Sebastián Angulegui (Conde de Genazahar) y Francisco Bugallo y Juan Pablo Labourdette (Oficiales). La mano segura de Manuel Coves guió a los cuerpos estables (coro de niños, estable y Orquesta) con un rendimiento decoroso.

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