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Piñeyro mejora la intriga de un best seller
Pablo Echarri y Ana Celentano, parte del buen elenco de «Las viudas de los jueves», adaptación del libro de Claudia Piñeiro a la que Marcelo Piñeyro dotó de mayor sentido narrativo.
Se bautizaron así, porque ese día sus maridos se juntan en la casa del Tano, que es el que manda, y las mujeres se van al cine, o a un restaurante, comandadas por Teresa, la mujer del Tano. En el country ellos son los ganadores, y asesoran al resto, o cobijan bajo el ala a quien esté en problemas, tanto afectivos como financieros. Pero una noche, tres de esas mujeres serán realmente viudas. Así lo imaginó Claudia Piñeiro (con i latina) en su libro, y así lo imaginó Marcelo Piñeyro (con y griega) en su película. Lógicamente, algunas cosas las imaginaron muy distintas.
¿Cómo adaptar al cine una novela mayormente sostenida en lo que parecen capítulos sueltos de abundantes asuntos y personajes, y de anécdotas y descripciones ubicadas en tiempos diversos, donde la intriga supuestamente principal apenas tiene espacio? ¿Cómo trasladar las observaciones sobre el Feng-shui, el ryegrass, el comportamiento de los hijos en el colegio bilingüe, y demás preocupaciones de las mujeres del libro? ¿Y cómo trasladar, especialmente, la mirada femenina que el libro manifiesta?
Bien, se la trasladó, pero reducida. Ahora cobra peso la mirada masculina. Las antedichas observaciones vuelan, o se reducen a unas líneas de diálogo. Vuela casi todo el personal doméstico, cuya relación con las patronas ocupa sabrosas páginas, y un conflicto fuerte, el de la chica despreciada por su madre adoptiva (que sólo quería al hermanito menor), se convierte apenas en el fastidio de una adolescente malcriada, burlona y medio drogona. No son las únicas reducciones que pueden lamentarse.
Pero, eso sí, ahora la intriga tiene mayor consistencia, el relato se va enhebrando con criterios narrativos más llevaderos, la pareja del Tano y Teresa tiene un desarrollo casi protagónico, lo que permite explicar atractivamente ciertas cosas, y el final es francamente mucho mejor. Hay otra diferencia clave. El Tano que hace Pablo Echarri es más humano, hasta querible, aunque se lleve las cosas por delante, y define muy bien al típico triunfador salido del barrio. No viene de una nube, ni se va a quedar sentado esperando la plata como el del libro. Y cuando ve hasta dónde llega, enseña a dar la vuelta de tal forma que nadie podría decir que es una mala persona. ¿Lo es, acaso, su mujer? ¿Lo son, sus amistades? Todos advenedizos, rastacueros, tarjeteros, incapaces de amoldarse al real balance de sus gastos y ganancias, todos bajo la argentina consigna de Figuración o Muerte.
Como hizo en «El método» con otro sector social, Marcelo Piñeyro expone la angustia de sobrevivir cuando la gente se apoya en las apariencias y las reglas formales mientras afuera el mundo real se está transformando. Como en ésa y sus demás películas, el asunto engancha aunque por ahí haya un par de notas en falso, cada detalle visual está bien cuidado, sin necesidad de ostentaciones, y el elenco brilla, destacándose aquí Echarri, Ana Celentano, Gloria Carrá, Ernesto Alterio. Rodaje de exteriores en countries de Provincia, interiores en los estudios de Ciudad Luz, Alicante (la diferencia no se nota). Ambientación entre octubre y diciembre del 2001, tiempo de dramáticas e históricas alteraciones para mucha gente que se quedó sin fondos y/o sin créditos, pero esta historia bien puede transcurrir en cualquier otro tiempo (la diferencia apenas se notaría).


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