"Rodearon la mezquita y lanzaron gases lacrimógenos. Ahora se encuentran adentro y nosotros hemos salido", dijo Ibrahim, un médico que se encontraba en el lugar donde unos 3.000 islamistas, entre lágrimas y rezos, se habían atrincherado ayer en búsqueda de un nuevo espacio en el que resistir los intentos de las autoridades de borrarlos del mapa. La televisión mostró a la Policía antidisturbios retirando cuerpos envueltos en mortajas y colocándolos en ambulancias.
Antes de la intervención policial, el templo era un ir y venir de hombres y mujeres desesperados que culpaban a los golpistas de la tragedia. "¡Mataron a inocentes, son unos terroristas!", gritaba una mujer desecha en llanto a la entrada del edificio, cuyas escaleras estaban custodiadas por una cadena humana para permitir la salida de los ataúdes.
Cada vez que un féretro era sacado a hombros, la multitud gritaba: "¡Dios es el más grande!". También pasaban de mano en mano bloques de hielo para conservar los cuerpos que, envueltos en mortajas blancas ensangrentadas, eran velados en el interior de la mezquita.
La atmósfera dentro del templo estaba muy cargada. El olor de los cadáveres se camuflaba con incienso, mientras grandes ventiladores trataban de aportar algo de fresco.
Algunos hombres colocaban hielo sobre los cuerpos, otros buscaban en las listas los nombres de algún familiar o conocido fallecido y la mayoría rogaba a Dios por los "mártires".
Junto a uno de los cadáveres, el joven Mustafa Atef dijo que todos los fallecidos son "como sus hermanos" y que "los autores de la masacre serán castigados". "Nuestras protestas eran pacíficas. ¿Por qué irrumpieron en los campamentos con esa violencia? Después dicen que nosotros somos terroristas", lamentó.
Algunos de los cuerpos estaban calcinados y los congregados en la mezquita denunciaban que se debió a que las fuerzas de seguridad prendieron fuego a un hospital de campaña de la plaza de Rabea al Adauiya.
La propia mezquita de Rabea al Adauiya fue incendiada, al igual que el edificio adyacente que utilizaban los islamistas como centro de prensa y otro bloque de cinco plantas en el que supuestamente instalaron a los heridos y numerosos cadáveres.
Cientos de curiosos merodeaban el lugar en medio de un gran despliegue de la Policía militar. Algunos de ellos agradecían a las fuerzas del orden su actuación de la víspera, que, según, el primer ministro, Hazem el Beblaui, se caracterizó por una "máxima contención". No podía ser más opuesta la versión de los islamistas congregados en Al Imán, que incluso acusaron a la Policía de vestir con sus uniformes a cadáveres de civiles para luego responsabilizar a los manifestantes partidarios de Mursi de la violencia.
| Agencias EFE, Reuters y DPA, y Ámbito Financiero |


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