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¿Por qué subió tanto Wall Street en septiembre?
José Siaba Serrate (Economia)
Desde lo económico, tres frentes de tormenta maltrataron el ánimo en agosto y arruinaron el intento de rally de verano que ya había esbozado Wall Street en las postrimerías de julio. Las condiciones laborales, el mercado inmobiliario y la marcha de la inversión no residencial aportaron el regusto amargo de una imprevista fragilidad. Por fortuna, el mercado de trabajo ya despejó la sospecha más terrible. Contra lo sugerido por el informe ADP, el sector privado continúa creando ocupación, aunque no conserve los bríos de marzo y abril. Los pedidos iniciales de subsidios por desempleo, que en julio desbordaron el umbral de los 500 mil, se moderaron. Sus niveles todavía son altos, pero no están reñidos con una lenta recuperación. El examen de los otros dos frentes ocurrió este viernes. Y lo cierto es que no se repitió el cuadro sombrío que asustó el mes pasado. Con la razón de su lado, el Dow Jones arrolló. No obstante, los 200 puntos que sumó en su embestida dicen menos de los guarismos económicos en sí mismos que del cariz benevolente de su interpretación. Pero, sobre todo, iluminan el carácter a contrapierna de la suba, que es su principal virtud. No se esperaba que los toros desfilaran en septiembre y, si la economía no los frena, y la Fed los azuza, en su paso por un corredor estrecho -de muy bajo volumen-, no encontrarán más oposición que su eventual fatiga.
En rigor, si bien se mira, el mercado inmobiliario no levanta cabeza. El mes pasado se conocieron las ventas de casas (de segunda mano) de julio y supusieron un shock: agotado el estímulo de un crédito fiscal, se derrumbaron el 27% con respecto a junio y perforaron todos los mínimos de la crisis. Con 3,83 millones de unidades (anualizadas), fueron las más bajas desde mayo de 1995. Las buenas noticias del viernes resultaron magras. Las transacciones de agosto repuntaron a 4,13 millones, un incremento del 7,6% en relación con los datos levemente revisados del mes previo, pero aun así constituyen el segundo peor registro de toda la crisis. Lejos del piso aparente de los 5 millones de unidades que se observó desde mediados de 2009, no hay aquí una verdadera mejoría. Con ventas un 19% menores que un año atrás, a qué engañarse con el módico sosiego, se trata de un mercado que acecha peligrosamente deprimido.
¿Dónde estuvo, pues, la señal de fortaleza? En las órdenes de bienes de capital, una proxy de la inversión (privada no residencial). Pero hay que revolver para encontrar la gema. Las órdenes de bienes durables cayeron el 1,3% en agosto, por tercera vez en los últimos cuatro meses. Si se quitan del medio las peripecias del sector transporte (demasiado volátil para descifrar tendencias), los pedidos treparon el 2% cuando se esperaba apenas el 1%. Sin pretender turbar la algarabía, cabe consignar que habían retrocedido el 2,8% un mes atrás. O sea, los niveles de agosto son más modestos que los de junio. Yendo al fondo de la cuestión, si se examinan las órdenes de bienes de capital, no vinculados a la defensa, y excluyendo aviones, allí está la perla. Habían caído el 8% en julio y ahora la merma se revisó a un 5,3%. Y sobre esa base corregida treparon el 4,1% en agosto. Entiéndase bien: la inversión (fija no residencial) creció al 20% anualizado en el segundo trimestre. Ver zambullirse sin preaviso la demanda de bienes de capital prendió una potente luz de alarma. Y estas cifras permiten apagarla. De ahí, la fuerte reacción de alivio. Pero aun así, agosto fue más débil que junio. La inversión no se destruye, pero se desacelera en forma notable. Como si se tratase de una colecta «más por menos», la Bolsa avanza ahora plena de confianza cuando en junio, con mejor respaldo, titubeaba. Queda claro que se libró de la expectativa de una recuperación económica vibrante, de la mentada ve corta, y que se conforma con menos; hoy por hoy, le alcanza con esquivarle el bulto al estancamiento. Otras variables, que también se movieron en la transición, le allanan el camino. Las tasas de interés se derrumbaron en todos los plazos. De su mano, aumentó la tolerancia al riesgo. Nada más elocuente que ver en las pantallas de CNBC, este viernes, a David Tepper, un administrador de hedge funds, ratificar la actualidad de un viejísimo mantra: «No se pelea contra la Fed».
En los hechos, la Fed no tomó todavía ninguna acción concreta, otra que mantener el tenor de su política y avisar de un probable relajamiento en noviembre. Uno de los motivos de su reticencia a intervenir es que, agotada su munición convencional, y también buena parte de la no convencional, la eficacia para reanimar a la economía de las armas que le restan es, a juzgar por la opinión de sus propios integrantes, muy limitada. La Bolsa vuela, la economía no. Con tasas en cero, y mucha buena voluntad, se producen estos milagros. Pero no hay asados memorables, por más que abunden los fuegos previos, si finalmente escasea la carne en la parrilla.
