10 de diciembre 2015 - 00:00

Postales del adiós: Cristina, de Néstor y Máximo, todo Kirchner

Cristina de Kirchner, entre el busto homenaje a su esposo fallecido y el acompañamiento, en segundo plano, de su hijo Máximo, ayer en la despedida en su último día como Presidente y ante una Plaza de Mayo colmada. Un inédito adiós masivo tras 12 años.
Cristina de Kirchner, entre el busto homenaje a su esposo fallecido y el acompañamiento, en segundo plano, de su hijo Máximo, ayer en la despedida en su último día como Presidente y ante una Plaza de Mayo colmada. Un inédito adiós masivo tras 12 años.
De blanco, sola sobre el escenario, Cristina de Kirchner saludó durante algunos minutos. Detrás apareció Máximo Kirchner con su mujer y su hijo, Néstor Iván. La postal, la última del kirchnerismo en el poder, lo sintetiza todo: lo que empezó Néstor Kirchner en 2003 se cierra con Cristina en 2015 y deja, al menos en el imaginario sinuoso de los hiper-K, la hipótesis de una continuidad biológica y política en Máximo. En esa galaxia todo fue y es Kirchner puro.

No fue todo. El penúltimo episodio de las horas finales de los K magnificaron el concepto del clan: el último acto público y oficial en la Casa de Gobierno, el registro administrativo definitivo de la Cristina presidencial, consistió en inaugurar un busto de su esposo fallecido que, junto a otros expresidentes, saludará en el hall de la entrada lateral de la Casa Rosada. Más que kirchnerismo, la exaltación de lo Kirchner.

Adentro, la primera parte del ritual de despedida. Con Evo Morales como invitado top y doscientes invitados VIP: gobernadores como Daniel Scioli y Sergio Urribarri, ministros como Julio De Vido y Florencio Randazzo, dirigentes como Fernando Espinoza y "Wado" De Pedro. Y, quizá el símbolo más poderoso de los doce años K: el protagonismo visible y primordial para Abuelas y Madres de Plaza de Mayo. Ese adentro fue bien diferente del afuera que estaba, desde pasado el mediodía, en expansión y ebullición.

El busto de Kirchner, en un homenaje al expresidente, expresó al pankirchnerismo que convivió en tensión en los años en que Cristina, como jefa política, priorizó y cobijó a La Cámpora por sobre el peronismo territorial que se sintió, siempre, más contenido y respetado con Kirchner.

En el ritual bajo techo, Cristina habló delante del busto de Kirchner para una constelación selecta de convocados. Hubo casi inéditos elogios de Cristina a Scioli y un inimaginado coreo para el gobernador que fue la oferta electoral, con forceps y entre reproches de campaña, del FpV.

Rituales

Una rareza los halagos tardíos. En el peronismo se vivió este año entre la sospecha y la certeza de que Cristina pensó sólo en sí misma, en no resignar ni un minuto de poder, y que enfocada en eso, no construyó su sucesión ni administró las crisis que, a simple vista, pudieron cambiar la suerte electoral. Un capítulo determinante tuvo que ver con la rabieta de Randazzo que la Presidente no supo, antes o después, resolver y sumó su estigma -derivó en la candidatura tóxica de Aníbal Fernández- al puzzle de errores que construyeron una derrota que, al final, fue ajustada.

Cristina tuvo, en la intimidad televisada del acto en Casa Rosada, palabras para Scioli, De Vido, Aníbal F. y, entre otros, Oscar Parrilli; para Manzur y "los intendentes" que "trabajaban con él codo a codo". Esa referencia dice mucho: confirma el reproche de que sin Kirchner, los caciques dejaron de tener acceso y vínculo fluido con Presidencia.

Afuera, en la Plaza que empezó a llenarse temprano, Cristina fue, parafraseando a Scioli, "más Cristina que nunca". Sola sobre un escenario más modesto que las superestructuras de otros actos oficiales, hizo un discurso menos combativo y extenso de lo esperado para una despedida. Fue, más allá de algún chispazo colorido, un raconto de los logros fácticos y simbólicos de lo que el kirchnerismo bautizó la "década ganada".

Cautelar

El punteo fue similar al de otros tantos actos que, a lo largo del año, encabezó Cristina. Un detalle de lo conseguido y una advertencia a su sucesor, con una referencia maliciosa sobre la "cautelar" que acortó unas horas su mandato y puso, a la medianoche de ayer, a Federico Pinedo como presidente provisional. "Jamás imaginé que habría un presidente cautelar" dijo, con acidez y ocurrencia.

En la Plaza, más allá de postales poco usuales (como la de Scioli mezclado en la multitud), el pulso verdadero del kirchnerismo estuvo abajo del escenario y no arriba. Más allá de la fascinación, el show fue la multitud -anoche, en Gobierno hablaban de 200 mil personas- que se reunió, sin los aparatos de otros actos, y cruzado por un componente de pertenencia e identidad.

Movilizaron agrupaciones como La Cámpora, Peronismo Militante o el Evita, pero el componente central que despidió a Cristina fue silvestre y viral, similar al que irrumpió para la campaña del balotaje motivado por la amenaza Macri luego de haber intervenido poco y nada en los dos turnos electorales anteriores.

Ante esa Plaza, Cristina montó su despedida, que no parece definitiva, y que estuvo marcada por un ADN dramáticamente peronista: entre la líder y sus seguidores no hay lugar para nada ni para nadie. En las palabras, apareció el recuerdo de Néstor. En vivo, unos pasos atrás, asomó sin hablar ni saludar su hijo Máximo. Todo Kirchner. Puramente Kirchner.

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