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Potente ejemplo de “lo real” en escena
En el magnífico trabajo del director Sergio Boris, la ilusión de flagrante realidad está dada por las notables interpretaciones de Patricio Aramburu y Marcelo Ferrari y el resto del elenco de «Viejo, solo y puto».
Como bien señaló Marcel Duchamp, el arte tiene la bonita costumbre de echar a perder todas las teorías artísticas. Por eso resultaría un tanto pretencioso analizar este magnífico trabajo de Sergio Boris («La Bohemia», «El sabor de la derrota») a partir de una teorización sobre el realismo, cuando el director ha puesto en escena a dos criaturas de una calidad humana tan salvaje y escurridiza que hacen que uno se pregunte si se trata de personas reales.
No sería la primera vez que un no-actor sube a escena para hacer de sí mismo. Pero en este caso, la ilusión de flagrante realidad está dada por las notables interpretaciones de Patricio Aramburu y Marcelo Ferrari. Ellos dan vida a las travestis Sandra y Yuli con una amplia gama de recursos: coquetería, ferocidad, indefensión y un poderío físico que hace temblar al público cuando los golpes vuelan demasiado cerca de la platea.
En el esfuerzo de llevar lo real a escena, tan cara al teatro porteño, nada podrá igualar ese «cross a la mandíbula» que sólo puede hacer efectivo un actor de talento. Y más si está acompañado, como en este caso, de un director que se esmera en vincular los cuerpos con el espacio y con los objetos de uso sin que nada resulte fortuito.
¿Cuál es el conflicto de esta pieza? El conflicto son sus propios personajes, gente de distintos ambientes y con algún fracaso a cuestas, cuyos caminos se entrecruzaron y que siguen adelante con resignación. Unos con la ayuda de drogas, alcohol y diversiones prohibidas y otros aferrándose obsesivamente al trabajo.
Magníficas actuaciones de David Rubinstein (el apocado farmacéutico), Darío Guersenzvaig (el hermano sin título pero con la «academia» de la calle) y Federico Liss, como el visitador médico, que al igual que los de la farmacia, navega entre la decencia burguesa y la marginalidad.
Las travestis generan un extraño magnetismo y también cierto rechazo por su actitud avasallante y sus adicciones. Nada hay que las reivindique, ya que Sandra y Yuli son la viva personificación de aquel famoso poema de Néstor Perlongher: «No queremos que nos persigan, (.) ni que nos curen, (.) ni que nos toleren, ni que nos comprendan: Lo que queremos es que nos deseen».
Luego aparecerán las heridas, la imposible búsqueda del amor (en un circuito donde sólo son mercancía) y su lucha por sostener la propia identidad en un cuerpo femenino atado a las inyecciones de hormonas.
Ser testigo de estas vidas complejas invita a suspender todo juicio moral. Quien lo logre podrá apreciar mejor esta maraña de peleas, juegos de seducción, secreteos y conversaciones fragmentarias que tanto tienen que ver también con la comunicación real.
P.E.


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