11 de febrero 2010 - 00:00

“Preciosa”: estremecedor rosario de calamidades

Gabourey Sibide es la adolescente maltratada de todas las formas posibles, entre otros por su madre (la excelente Mo’Nique), en un drama que ocurre en Harlem pero golpea en todas partes.
Gabourey Sibide es la adolescente maltratada de todas las formas posibles, entre otros por su madre (la excelente Mo’Nique), en un drama que ocurre en Harlem pero golpea en todas partes.
«Preciosa» (Precious: Based on the Novel Push by SapEE.UU., 2009, habl. en inglés). Dir.: L. Daniels. Guión: G. Fletcher; Int.: G. Sibide, MoNique, P. Patton, S. Shepperd, M. Carey, L. Kravitz.

Pasa en Harlem, pero bien puede ocurrir algo similar en el Doke, Laferrere, Constitución, o cualquier otro lugar donde haya parásitos malhumorados de razonamiento confuso y egoísta, que abusan de su poder sobre los hijos mientras exigen dineros de los servicios sociales. Donde haya inspectores y maestras indiferentes a su deber. Y víctimas embrutecidas que no saben defenderse sino cayendo en el desgano, el maltrato a alguien más débil, y el refugio de la fantasía.

«¿Acaso ustedes no quisieran ser ricos? ¿O hermosos?», reventaba contra sus compañeros de oficina aquel personaje inolvidable que hacía Antonio Gasalla en «La tregua». Cuando la realidad es más chocante, Claireece Jones, la adolescente de esta historia, se imagina bailando toda engalanada, admirada por un lindo chico de pelo negro. A veces hasta se ve delgadita, de cabellos de oro. Pero Claireece es negra retinta, negra mota, francamente obesa, lenta para los estudios, y su rostro bembón tiene la típica mueca de fastidio de quien siente que todos son lindos, inteligentes, y/o despiertos menos ella. Lo cual no sería nada, si encima el padre bestia y la madre resentida no la hubieran cargado con dos criaturas. Demasiada fealdad, demasiado drama en esta vida, dirá alguien. Pero esas cosas pasan.

Y pasa, también, que un pequeño cambio de aire, una buena maestra, una asistente social más o menos seria, consigan que una mole sin futuro se despabile, empiece a desarrollar su capacidad de aprendizaje y de expresión, mejore un poco, enfrente lo que le hace daño. La carga de suciedad y malestar, la pintura de seres antisociales, también la simplificación, las convenciones narrativas, y el final, responden a esa vertiente de realismo social que cada tanto nos brindaba, en otros tiempos, el cine norteamericano, sobre todo el neoyorquino, en el que supo haber, incluso, algunos autores negros de señalado mérito.

Uno de ellos, Lee Daniels, ya prestigioso como productor, retoma ese modo de decir las cosas, lo moderniza con movimientos nerviosos e imágenes oníricas (algunas le salen bien, otras basta con olvidarlas), y le da carnadura a través de la debutante Gabourey Sibide, que hasta ese momento se las arreglaba cantando en el subte de Nueva York, la flaca Paula Patton en rol docente, un puñado de actrices jóvenes haciendo de cabecitas frescas, y la animadora televisiva MoNique en el papel de madre odiosa. Excelente, su modo de ahogarse en un llanto de rabia y amargura, escena que le otorga al film una culminación de marcado impacto emocional.

Autora del libro original, «Push», la novelista y poeta Sapphire, vulgo Ramona Lofton, cuya militancia sexual queda de paso subrayada en un texto que es todo un manifiesto (escena de elogios en la casa de la maestra). Hay traducción del libro al castellano, editorial Anagrama, 1998. Otra militante, pero contra las lacras sociales, la animadora Oprah Winfrey, vio la película apenas terminada y enseguida se incorporó voluntariamente como productora ejecutiva en tareas de lanzamiento y difusión. Y una amiga del director, MaCarey, prestó su nombre apareciendo sencillita, nada producida, en el papel de asistente social, aunque en su caso, la verdad, a cara lavada más que una estrella parece Olmedo joven con peluca. Como dice la moraleja de la película, nadie es del todo lindo ni del todo feo, pero todos tienen por dentro algo precioso.

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