25 de febrero 2013 - 00:00

¿Qué esconden las minutas de la Fed?

José Siaba Serrate
José Siaba Serrate
La semana fue corta, y vibrante. Del tedio se pasó a la emoción: ¿quién dijo que la política monetaria es asunto aburrido? Leer las minutas de la última reunión de la Fed, rescatada del olvido después de tres semanas, encendió la mecha del vértigo. Si se compara la Fed con un restorán de lujo, nadie se quejó del servicio cuando se despachó con pulcritud el 30 de enero. Con tardanza, el revuelo se disparó al conocerse los detalles de la cocina, que es lo que develan, de manera parcial, las minutas. El menú de la Fed es de plato único -el QE3 recargado, muy rico en proteínas para las Bolsas- tal como se anuncia en el comunicado oficial. La trastienda es más compleja. Las minutas son perturbadoras. Y lo son adrede (la Fed descuella en el manejo de la comunicación, no improvisa). ¿Qué pensar de una cocina en la que una brigada de chefs, los más, sin votos pero todos con autoestima de pares, discute acaloradamente, una babel de variantes antagónicas que no excluye la propia supresión del plato estrella por considerarlo un riesgo potencial para la salud?

La Fed no es una universidad sino un banco central. Su función no es discutir la política monetaria sino, en esencia, aplicarla. La gestación de las iniciativas hierve en una caldera de opiniones, la ejecución de la política es, en cambio, un trazo firme, previsible. La mano del «dueño» es crucial para hacer del disenso anárquico en el plano de las ideas, una operación coherente que cumpla su cometido y resista el paso del tiempo. Opiniones hay muchas, decisión hay una sola. Y en la Fed, adonde se inclina Ben Bernanke, se encolumna la mayoría. Esta semana hablará en el Congreso y sabremos si rectifica el rumbo.

La Fed decidió el QE3 en septiembre, en plena campaña electoral, y a pesar del revoltijo de objeciones que bulle en las minutas. Lo pensó diferente a sus antecesores: sin tope predeterminado de montos ni fecha antedatada de expiración. Lo diseñó condicional a la marcha del mercado trabajo. Se fijó un objetivo de «mejoría sustancial» de las condiciones laborales, sujeto a la estabilidad de la inflación y de las expectativas inflacionarias. A caballo de la suba de los precios de las materias primas y la caída del dólar se podía acusar al QE2 de ser un peligro incendiario. El QE3 es distinto, no alentó ningún auge de los commodities: ahora se derrumban y ni la fe en el oro se salva. En diciembre, la Fed amplió el QE3 para incorporar el efecto de la operación twist 2 que salía de escena -así alcanzó la escala actual de compras por 85 mil millones de dólares al mes- tras la feroz discusión que acreditan las minutas de aquella reunión. Hay que entender que la política monetaria debe ser flexible, y tiene que acomodar las novedades que surjan, pero no puede ser una veleta expuesta al viento, so pena de causar más daño que beneficios. Las decisiones no se toman a la ligera, más cuando se adoptan, adquieren una inercia, porque, ante la duda, lo mejor es no hacer nada y que el tiempo aclare la confusión.

¿Qué circunstancia obra para pensar en una revisión que reduzca la potencia del QE3? Las cuentas nacionales anotaron una caída del PBI en el cuarto trimestre que tal vez haya sido sólo un error de medición, pero que aun así revela la debilidad económica de fondo. El mercado laboral mejoró, pero, bajo ningún criterio, de forma «sustancial». No puede afirmarse que el QE3 haya sido ajeno a esa recuperación. En paralelo, la inflación opera en calma chicha (con las expectativas en un piso). Por supuesto que la cartera de bonos de la Fed, aumentando a razón de 85 mil millones de dólares al mes, acentuará sus dimensiones mayúsculas, y ello puede convertirse en un terrible dolor de cabeza (cuando se supere la jaqueca actual). Pero, acaso, ¿no era así cuando se decidió el QE3? La Fed, si esto fuera tan gravitante, lo hubiese diseñado a la manera del QE1 y QE2 con un límite preciso de compras. O lo hubiera desechado.

La principal novedad, cuando la Fed se reunió el 30 de enero, era la fuerza avasallante del rally de las Bolsas. ¿Será que la liquidez del QE3 infla una burbuja? Si ésa es la molestia, así parece, la publicación de minutas truculentas es una buena solución, mucho mejor que alterar el QE3 en sí. ¿Cuánta validez tiene la crítica? La experiencia de Japón, que es la única y que ya va por su propio QE9 o QE10, no es tan generosa. No aquilata más burbuja que ocasionales pompas de jabón. Dicho sea de paso, Japón no sucumbió a la inflación, sino a una deflación que no logra contener. Diez años atrás, el gobernador Bernanke, en su paso anterior por la Fed y en su veta más académica, separaba la paja del trigo. La falta de resultados no se debía a la ineficacia de la política no convencional sino a su aplicación tibia y espasmódica. No está de más recordarlo.

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