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¿Qué hay detrás de la fiebre del oro?
En Japón, a punto de cumplir 25 años de convivencia con la trampa de la liquidez (o algo que se le parece bastante) y tras una decena de programas de expansión cuantitativa, los precios que enfrenta el consumidor son hoy los mismos que 21 años atrás. Desde 1990 la cantidad de dinero transaccional (M1) se multiplicó por 5,4 y los precios apenas cambiaron. En el último lustro, cayeron el 2,5%. Todo el aumento de la oferta de saldos monetarios, en una economía que tampoco creció, y que no aplica controles a los flujos de capitales, créase o no, lo absorbió la demanda real de dinero. Y el Banco de Japón, con sus nuevas autoridades, promete más suministro de yenes. La base monetaria se duplicará antes que termine el año próximo. El objetivo es lograr una inflación del 2%. Y la gente cree que la base será nomás el doble de grande, pero no está convencida de que el guinche monetario consiga llevar la inflación japonesa a un umbral tan elevado. El oro, por lo visto, tampoco.
El mercado "bear" (bajista) del oro se asemeja a un castigo bíblico. La liquidez brota por todas partes y el metal, que supo presagiar esta embriaguez pero no medir sus consecuencias a cabalidad, debe purgar una dura travesía por el desierto. ¿Qué mal nos vaticina su marcha? Si los precios de las materias primas acompañan, y lo hacen a distancia, ¿cuál es el mensaje? ¿Será que asecha el flagelo de la deflación? Japón enseña varias lecciones. El órdago monetario no provocó inflación, pero tampoco supo devolverle a la economía la vertical. ¿No es esta segunda incapacidad la que debería alarmarnos?
Conviene no perder la brújula. Nunca fue sensato adorar al becerro de oro ¿O acaso no aprendimos nada de la crisis de los inmuebles? ¿De temer la inflación a penar por la deflación? A ver si se entiende, la crisis internacional es un shock deflacionario que opera, con distintos niveles de intensidad, desde 2007. Esto es lo que Bernanke y la Fed tuvieron claro desde un principio (o desde que hubo que rescatar a Bear Stearns a comienzos de 2008), y sus críticos más furibundos, no. La respuesta de política económica, liderada por los bancos centrales del G-7, es, por ello mismo, de naturaleza fuertemente reflacionaria. Y no cesará pronto. Así se evitó la Gran Depresión. Y se logró sin comprometer la estabilidad de precios. La alta inflación no se produjo. La deflación tampoco. El verdadero desafío es instalar una recuperación que no sucumba sin las muletas del estímulo extraordinario. La recuperación existe, pero a una tasa baja, desigual, errática y poco satisfactoria. Ésa es la batalla feroz e incierta, a la que hay que dar pelea. Lo demás son escaramuzas. El oro se desploma por un cambio de portafolios. No porque sea proxy de nada. Los que demandaron su protección como activo tangible, hace un año que mudaron de opinión. El mercado se arropó en la reanudación de las compras oficiales como antaño, pero ahora el piso cruje de nuevo. La historia se repite. En 2001 los escépticos de la hora se refugiaron en los inmuebles para ponerse a salvo de la inflación por empapelamiento. Cinco años más tarde, esos activos reales, no la inflación, eran la trampa. Pero los especuladores en inmuebles fueron sagaces; la política económica no pudo desentenderse de las consecuencias de su error de cálculo y, para evitar la depresión, debió acudir en auxilio. ¿Habrá que correr para rescatar a los predicadores del oro? No debiera ser el caso, pero el sistema financiero internacional sigue siendo una caja negra, y cuándo algo se rompe con fuerza, nunca se sabe.


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