Rapaccini: “A veces me siento huérfana en el mundo actual”

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Ella pregunta "¿Sos casado?". Y él: "Nada serio". "¿Me amas?" "Te actualizo". Ella confiesa: "Te amo". El puede responderle "Yo también tengo mis problemas" o "Después te llamo". Ella exclama "¡Te amo!" Y él replica "No seas agresiva", "Moderá tus términos", o "¿Por qué hablás con frases hechas?" Más diálogos: "¿Me amas?" "Bah, para vos es siempre blanco o negro". "¿Por qué, si me amas, no dejas a tu mujer?" "¿Y eso qué tiene que ver?". Y ahora, una variante: él dice "Ahora sé que eras la persona justa". Ella solo responde "Era".

Quien publica estos diálogos en dibujos de gran difusión llamados "Amori sfigati", es Chiara Rapaccini, humorista, artista plástica y gran amor del recordado Mario Monicelli. Invitada al Bafici, inaugurará hoy una muestra sobre el artista y su época en el Centro Cultural Recoleta. Dialogamos con ella.

Periodista: Ante todo, ¿qué significa "sfigati"?

Chiara Rapaccini:
Es una palabra muy italiana. Alude a los desgraciados. Estos son diálogos de parejas desgraciadas. Los invento, o me los envían mis seguidores (tengo 75.000 en Facebook), en ese caso pongo quién me lo ha enviado. "Amori sfigati" es un fenómeno de la web en Italia.

P.: Pero usted empezó haciendo libros infantiles.

C.R.:
¡Para niños "sfigati"! Trataba temas como la soledad, sentirse feos, ser gordos, tener miedo, o padres chinchudos, por ejemplo. Yo publiqué muchos dibujos para chicos y para adultos, en diversos medios.

P.: Y acá trajo otra cosa.

C.R.:
Distinta. Un trabajo sobre fotografías impresas en grandes telas, que intervine con comentarios y diálogos nuestros, con mi visión de Monicelli y del cine italiano de aquella época.

P.: Disculpe la indiscreción. ¿Cómo se enamoraron?

C.R.:
Fui extra en "Amigos míos". Pasaba por el andén en la escena de las bofetadas. Los extras que asoman por las ventanillas eran profesionales en recibir bofetadas. Les pagaban muy bien, pero igual se quejaron. Decían que les hacían doler mucho. Nosotros nos divertíamos. Quizá nos enamoramos durante el rodaje. El sentimiento nace ahí, había mucha alegría en ese ambiente. Imagínese, una chica de provincia que a las dos semanas de llegar a Roma estaba en medio de un rodaje de Monicelli. Yo tenía 19 años y él 50, como mi padre. Me escapé de casa, fue algo escandaloso, y muy edípico, tuve dos papás de la misma edad. ¡Y después él le decía "babbo" (papá) a su suegro!

P.: Y usted (feliz de usted) no tuvo suegra.

C.R.:
Murió días antes de conocernos. Una señora muy fuerte, muy inteligente. Rosa, nuestra hija (26 años), es su vivo retrato. Y tiene la voz del padre, el mismo humor seco, el gesto dominante.

P.: Por aquel tiempo Monicelli venía de filmar "Romance popular", donde un hombre se junta con una muchachita que después se va con uno más joven (Ugo Tognazzi, Ornella Mutti, Michele Placido).

C.R.:
También en "Amigos míos" hay una relación entre un hombre grande, casado, y una jovencita, él quiere romper y ella ni lo escucha (Tognazzi con Silvia Dionisio).

P.: Con tanta diferencia de edad, ¿él nunca se puso celoso?

C.R.:
Nunca. Era tan seguro de sí mismo, que incluso si yo alguna vez me hubiera tentado por otro hombre, sabía que iba a volver con él. Y estaba muy bien solo, escuchando música, dueño de sí mismo. No tenía horror vacui.

P.: ¿Cómo fue entrar en ese mundo?

C.R.:
Yo era joven, vivíamos en una casita del centro histórico. Venían los guionistas Age y Scarpelli, o Suso Cecchi D' Amico, y mientras yo planchaba o pintaba sentía que hablaban tres horas de cualquier cosa, cocina especialmente, aceites, vinos, y los últimos 20 minutos hablaban de la película que estaban escribiendo. Pero eso probablemente servía al film. Un método que los jóvenes de ahora no usan porque son muy serios, solo obsesionados en hablar de cine. Ellos hablaban de la vida.

P.: ¿Usted no aportaba?

C.R.:
Solo en "Cuarto de hotel". Mario quería saber la relación de una joven con su rostro, el horror de sus primeras arrugas. Me dijo "ahí tenés lapicera, papel, escribíte unos 20 renglones". Y los usó. También le hice los títulos en dibujos animados de "Panni sporchi", con fondo tanguero de Luis Bacalov, y el afiche de "La rosa del desierto". Publiqué un libro de rodaje con fotos y dibujos, "Las moscas del desierto". Y juntos hicimos un documental sobre nuestro barrio, con todos los vecinos, "Vecino al Coliseo está Monti". Ah, una vez en el tren Venecia-Roma me encargó dos páginas para un proyecto. "Te van a pagar", me dijo. Lo hice en media hora y me pagaron lo que hoy serían 10.000 euros. Después ni siquiera se filmó.

P.: ¿Quién pagó semejante cantidad por dos páginas?

C.R.:
No recuerdo quién, pero era uno que tenía plata. En esa época había estabilidad económica, los productores pagaban bien, los directores invitaban al restaurante a los extras, había buena relación entre todos, mucha alegría. La cultura italiana, el arte, la política, estaban en su momento más alto. Ahora nos damos cuenta.

P.: ¿Y qué pasó?

C.R.:
Se fueron muriendo. Cuando los conocí no pensaba que se iban a morir. Luego me sentí huérfana de muchos padres y personas que me enseñaron mi oficio. Huérfana de un mundo. Ahí comenzó mi vida sola. Quizá mi trabajo sirve para pasar de la melancolía a la nostalgia. Busco para mí misma apropiarme de aquel mundo y devolverlo de modo personal, muy mío. Solo así, quizá, dejaré de ser una eterna viuda.

P.: Monicelli se mató de un momento para otro al enterarse de los avances irreversibles de su enfermedad. ¿Se despidió de usted antes de saltar por la ventana?

C.R.:
No. Fue algo terrible, pero todos lo entendimos y perdonamos, porque él era así. Ya estaba enfermo, muy viejo, y entendió que eso no podía alargarse. Su padre también se mató, en 1945. Los Monicelli siempre decidieron su propio destino. Pienso en la imagen del soldado que se tira sobre la bomba. O en "La gran guerra", cuando Gassman y Sordi prácticamente se suicidan al actuar de modo heroico. Ese film representa la mentalidad de Mario: "me ne frega, soy un villano", pero al final son héroes.

P.: En algunas películas, ya viejo, arriesgó su vida.

C.R.:
Por ejemplo en los documentales que hizo durante las manifestaciones de Génova, o la guerra en Palestina. Y en el rodaje de "La rosa del desierto" bajo 50° de temperatura. Escribió testamento delante mio, "en caso de muerte Michele Placido debe tomar el timón". Un día se rompió tres costillas, Placido empezó a dirigir, y él se enojó y retomó su puesto pese a las quebraduras. Quizás esperaba morir ahí, haciendo cine en Africa. Cuando joven, había sido ayudante de dirección de una película en Libia, "El escuadrón blanco". Lo recordaba como un período maravilloso de aventura con un gran director, Augusto Genina, hoy olvidado. Por eso, morir en Africa habría sido una buena muerte para él. En el hospital estaba harto. Rezongaba, "Chiara, ¿aquí uno no se muere nunca?".

Entrevista de Paraná Sendrós

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