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Rebelión en granja de Europa: el fin justifica los medios
¿Será que el timonel del BCE exageró su capacidad cuando anticipó que haría todo lo necesario para salvar al euro? La duda existe, pese a que la suba tajante de los mercados prefiere ignorarla. Las palabras de Juncker se ocuparon de combatirla. «Veremos resultados», sentenció el luxemburgués. ¿Cuáles serán las medidas? No están listas aún. «Las decidiremos los próximos días». El mensaje de Draghi, de Juncker y de todos es que Europa forjó la voluntad firme de intervención. Enlazó al caballo que tirará del carro. ¿Qué carga llevará el carro? No se sabe todavía. Está en discusión. ¿No se corre el riesgo de una gran desilusión? Siempre es así cuando se compra a cajón cerrado.
La experiencia arroja varias lecciones. Importa que los Gobiernos y el BCE participen desde el vamos en la gestación de las medidas. No basta con que el BCE, Alemania y Francia anuncien un acuerdo; es vital que estén de acuerdo. Pero el consenso tiene que ir más allá, y no puede ignorar la reacción de aquellos a quienes la crisis ahorca (caso contrario, los disconformes pueden echar todo por la borda). España, Italia y la pequeña Grecia inclusive. No es sensato pretender apagar el fuego en el continente y, a la par, azuzar las llamas en Atenas. Es decir, lo que se resuelva para Grecia debe pensarse integrado al paquete. Si fue un error eximir a las acreencias oficiales de la poda helénica (porque exacerbó la subordinación de los privados), éste es el momento de corregirlo. Apuntalar la deuda española e italiana será más sencillo si Europa compromete en serio su propio dinero. ¿Es factible trazar una estrategia que les dé respuesta a todos estos puntos disímiles, y que no sea sólo un borrador genérico de buenas intenciones? No es un imposible, pero tampoco será sencillo. Habría que verlo para convencerse. Aunque, claro, serán otros precios. Cuando Draghi dijo «créanme que será suficiente», los mercados, sin chistar, tomaron por buena la oferta.
Ya se comentó que el Bundesbank se opone. Mario Draghi tratará de limar asperezas. Tiene previsto conversar con su titular, Jens Weidmann, para sumarlo a la causa (o, al menos, lograr que no la boicotee). Su predecesor, Axel Weber (a quien le estaba destinado el sitial que ocupa el latino), se marchó por culpa de lo mismo que hoy está en danza: la intervención del BCE en los mercados de deuda pública. Idénticos motivos provocaron el alejamiento de otro alto funcionario alemán el año pasado, el entonces economista jefe Juergen Stark. Que a nadie le extrañe si, en unos meses, Weidmann, quien fue asesor de Angela Merkel, les copia los pasos. El avispero está agitado dentro del BCE: otros consejeros -en condición de anonimidad- le confesaron a la prensa su más absoluta sorpresa por la maniobra de su conductor. Pero también hay revuelo afuera. Un socio político de Merkel, y ministro de Economía, Philipp Roesller, el mismo que dijo no sentir «espanto» por la expulsión de Grecia de la eurozona, sí es sensible a la movida del BCE. Para el líder del FDP, la tarea del banco central es garantizar el equilibrio del nivel de precios, no la financiación a los Gobiernos. No es eso, en sentido estricto, lo que propone Draghi, pero no hay dudas de que el dardo le está dirigido. Más duro aún, otro integrante del FDP, y ministro de Justicia del Estado de Hesse, Joerg Hahn, planteó que Berlín debería querellar al BCE por apartarse de su mandato original. «Es hora de hacer cumplir los tratados europeos», conminó. Debe quedar claro, pues, que la iniciativa de Draghi, sin el respaldo de Merkel, no tendría chances de abrirse camino.
Corolario obligado: conviene entender lo que Alemania pretende. No quiere que la eurozona se haga añicos, pero sí que ajuste y se transforme. No debería tolerar que la crisis se desborde, pero tampoco que desaparezca. El garrote de su amenaza es el acicate de la reforma estructural. ¿Merkel aflojará la cincha para evitar la asfixia? Sí. Pero ahí nomás, no tanto como para permitir la desidia. Francia y Monsieur Hollande deberían preocuparse. Si este micromanejo funciona, la voluntad teutona de disciplinar a sus socios no se agotará con España e Italia.


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