Refinamiento y una espléndida Pfeiffer

Edición Impresa

«Chéri» (G.Bretaña-Francia, 2009, habl. en francés). Dir.: S. Frears. Guión: Ch. Hampton. Int.: M. Pfeiffer, R. Friend, K. Bates, F. Jones, F. Tomelty, I. Hjejle.

Ya pocos recuerdan a Colette, que vivió casi un siglo atrás, pero más adelantada que muchas que la sucedieron, una mujer que conoció plenamente la fiesta y la tristeza de la Belle Epoque, como artista de music hall y juerguista, y como escritora de asuntos sentimentales a veces ligeros y risueños, y a veces sólo aparentemente ligeros y risueños. «Claudine», «Mitsou», «La ingenua libertina», «Diálogos de animales», son libros todavía disfrutables. Max Ophuls, Marc Allegret, Claude Autant-Lara, con «El trigo joven», han llevado sus textos al cine, consolidando su fama de gran conocedora de las cuestiones amorosas, y muchísima gente se encantó con la versión musical de «Gigí» que hicieron en Hollywood, donde la pícara jovencita Leslie Caron recibía una singularísima educación sentimental. Pero también el doloroso e incómodo «Viaje a Italia», de Roberto Rossellini, se basa en una novela de Colette, «Dúo». Y «El fin de Chéri» también es suyo.

Esta película funde dos libros, «Chéri» y «El fin de Chéri». Algunos mezclan las fechas y dicen que Colette se basó parcialmente en su propia experiencia con un hijastro, pero eso es asunto opinable. En todo caso, digamos que con ambas obras describió intensamente una época de esplendor, la citada Belle Epoque, y una edad de la mujer, esa edad de plenitud última, cuando ya cabe pensar en el retiro. Y además -detalle importante- describió, con piadosa discreción, otra edad, la de los jóvenes criados en el lujo y la molicie, que luego debieron enfrentar la Gran Guerra, y volvieron con un irreparable cansancio existencial.

Léa de Lonval ha hecho su vida, y su fortuna. Atiende sus acciones, y se da sus gustos. Una amiga, antigua colega, le entrega al consentido de su hijo, encima apodado Chéri, para que lo haga un hombre de mundo. La relación se da entre almohadones, largo tiempo, y cuando el muchacho al fin se casa con una chica enamorada, ninguno de los cómodos amantes está dispuesto a la separación definitiva. Sobre todo él, aunque sea ella quien peor pueda sentir el paso del tiempo. Esa es la historia, que deja varias enseñanzas, empieza con un tono de elegante frivolidad, y nos termina sorprendiendo con un plano también elegante, pero grave, y unas pocas y terminantes palabras, dichas con distanciada ironía por un relator que es, también, el propio autor de la obra.

Stephen Frears, es ese autor. Christopher Hampton (que suele cenar en San Telmo, cuando anda de paso por Buenos Aires), el adaptador. Darius Khondji, el director de fotografía. Casualmente, los tres que hicieron «Relaciones peligrosas». Y la misma actriz, Michele Pfeiffer, que termina repitiendo el plano que allí hacía Glenn Close. Todavía espléndida, la Pfeiffer lo hace con un mínimo maquillaje, a rostro casi limpio. Y de expresión intensa, como un grito que se queda callado en el borde de los ojos. Conviene verla en pantalla grande.

Dejá tu comentario