15 de julio 2010 - 00:00

Resnais: el siglo pasado en Marienbad

André Dussollier, en medio del interrogatorio policial filmado con paso de comedia.
André Dussollier, en medio del interrogatorio policial filmado con paso de comedia.
«Las hierbas salvajes» («Les herbes folles», Francia, 2009; habl. en francés). Dir.: A. Resnais. Int: A. Dussollier, S. Azéma, M. Amalric, M. Vuillermoz.

Woody Allen no es el único director cuyo cine envejece mal. El de Alain Resnais también lo hace, aunque en otro sentido. Si Allen insiste, un poco penosamente, en cansadoras variaciones sobre las neurosis sexuales de personajes cuyas hormonas están más próximas de la Eternidad que de la cama, el de Resnais va haciéndose más frágil, evaporándose poco a poco,

diluyendo esos juegos con la identidad, las relaciones humanas y los paralelismos que postulaba el siglo pasado en Marienbad. A los 88 años, Resnais aún parece gozar haciendo cine, aunque no es seguro predecir que el espectador --y no la crítica francesa o afrancesada-- participe del mismo placer.

«Las hierbas salvajes» es un buen ejemplo de este tipo de cine, quizá amable y simpático, pero que chochea un poquito. Empieza bien, sólidamente: a una mujer a quien le vemos las piernas pero no la cara le arrebatan en la calle una billetera; poco después, un sesentón largo (definido insosteniblemente como «de 50 años» en el film) encuentra la billetera, ya sin dinero pero con documentos, bajo la rueda de su automóvil en un garage.

Ella es Marguerite (Sabine Azéma) y él es Georges (André Dussolier); ella dentista y aviadora, él un hombre cuyo pasado oscuro apenas se presume; ambos son solitarios, pese a que el hombre esté casado y tenga familia. Son dos almas solitarias. Georges duda mucho antes de llamar a Marguerite para reintegrarle la billetera, y a medida que posterga la decisión el espectador presume, razonablemente, que el hombre teme que aquel pasado, sólo intuido, pueda colarse y reactualizarse en su vida si el nuevo vínculo se estableciera. Quizá, un vínculo de acosador y acosada. Finalmente, Georges recurre a la policía como mediadora: entrega allí la billetera, pero se las ingenia para que ese contacto se establezca de todas formas, induciendo a Marguerite a que sea ella quien lo llame.

Así, en los primeros tramos, la atención ha sido ganada por completo y el film empieza a gustar cada vez más: hasta puede pensarse en lo maravilloso que le hubieran sentado un papel como el de Georges a Michel Serrault y el de Marguerite a Romy Schneider, pero claro, ellos ya no están, como tampoco está más el cine que se hacía en sus épocas. Ahora se impone jugar con los géneros, transgredir, asumir riesgos, romper la identificación del espectador con la historia, desarmarla, cambiarle los climas, ganarse el aplauso en los festivales.

La primera alarma llega cuando, después de una serie de peripecias, dos policías (uno de ellos Mathieu Amalric, el de «La escafandra y la mariposa»), van a interrogar a Georges a su casa. La escena está filmada como si fuera un sketch de Capusotto. Pero no será este el único índice de desconcierto. También hay un par de visitas familiares, citas de «Los puentes de Toko Ri», intervención de otra dentista (ya resignado a no ver el policial dramático que se insinuaba, el espectador a esa altura hasta puede esperar que los personajes se larguen a cantar, como en «On connaît la chanson»), un vuelo en avioneta, y el sabor agridulce de lo vaporoso e insustancial.

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