8 de septiembre 2010 - 00:00

Revalorizar un Steinbeck olvidado

Revalorizar un Steinbeck olvidado
John Steinbeck «El autobús perdido» (Montevideo, Punto de lectura, 2010, 345 págs.) 

Muchos críticos han ninguneado esta obra maestra del Premio Nobel de Literatura 1962. Consideraron que «The Wayward bus» («El ómnibus fuera de rumbo») era una obra menor comparada con las novelas «Viñas de ira» o «Al este del paraíso». Que no tenía una historia, que era sólo una galería de personajes. Que todo ocurría en un «no lugar» con gente que no tenía futuro, y que no sabía hacia donde se dirigía. La compararon, en ese sentido, con «Esperando a Godot», la genial obra metafísica de Samuel Beckett, y barrabasadas así.

«El autobús perdido» rompe con el esquema del canon narrativo anglosajón. Es, en un espacio cerrado (una estación de servicio, su bar, un ómnibus), una obra abierta en todas direcciones, tantas como personajes tiene. No hay un «gran conflicto» sino conflictos menores que se adivinan en las medias palabras y los silencios irritados o cómplices.

Todo comienza, como en aquella obra emblemática de Friedrich Dürrenmatt, por un desperfecto, por un ómnibus que queda varado y la convivencia forzada va a descubrir la vida, atributos y miserias, esperanzas y decepciones, de un curioso abanico de personas. Steinbeck, habitualmente un optimista radical, se vuelve en este fresco un impiadoso pesimista (se sospecha que la dedicatoria «para Gwyn» es un sarcástico guiño a Gwyndolyn Conger, su segunda mujer, de la que se acababa de divorciar, representada en por el desgraciado personaje de Alice Chicoy, que en el cine encarnó Joan Collins, en la película que en 1957 dirigió Victor Vicas.

Steinbeck comienza la historia con un zoom descendente sobre Rebels Corners, un cruce de caminos de California. Cuenta su breve historia para llegar a la de la familia Chicoy y mostrarla en acción, la estación de servicio, el bar donde trabajan la sufriente, celosa y alcohólica Alice Chicoy y la soñadora camarera Norma, el ómnibus «Sweetheart» que está reparando su conductor y dueño del bar, el chicano cincuenton Johnny Chicoy, y el «Granuja» Carson, desesperado con su acné. En el ómnibus va Ernest Horton, un excombatiente que ahora se dedica a vender chascos, Elliott Pritchard, directivo de una empresa que ha decidido ir a México con su mujer, Bernice, y su veinteañera hija, Milderd, que hubiera preferido andar sola, y que coquetea con el conductor, aunque cuando logra un encuentro sexual no queda conforme.

Para que el conjunto de perdedores llegue al margen, hay un viejo que teme morirse de epilepsia por el camino y vive pidiendo que no dejen de sacarle la lengua afuera. A ellos se suma, para que la tensión alcance su cima, la descarada stripper Camille Oakes (en el cine se pensó en Marlyn Monroe y finalmente la encarnó Jayne Mansfield) que provoca atraccionnes y rechazos al por mayor en un elenco que sólo busca engañarse sobre su futuro.

La edición que acaba de llegar a librerías sostiene que es la primera en español; en realidad, en la Argentina hubo varias ediciones, en los años 50 y 60, con el título «El ómnibus perdido». Vale recordar que cuando apareció en EE.UU., en 1947, esta extraordinaria novela provocó escándalo por la forma abierta en que hablaba de sexo y las situaciones provocativas que detallaba, hoy resulta admirable como se convirtió en modelo para la mejor narrativa estadounidense de la segunda mitad del siglo XX.

M.S.

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