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Riego, una inversión necesaria

El caso es que, a nivel mundial, el 70% del agua que se extrae de fuentes superficiales y subterráneas, es para actividades agropecuarias. De ahí que "agua y agricultura" aparezcan siempre indisolublemente unidas, tal como se definió en la reciente Cumbre de 34 Ministros de las Américas, que eligieron justamente a este elemento como eje de las deliberaciones.
Y la opción no fue casual: es que sólo con riego estratégico (que asegure la provisión de agua en momentos clave de un cultivo), se puede lograr duplicar y hasta triplicar la producción que se obtiene "en secano", es decir, dependiendo solamente de las lluvias. Visto desde otro ángulo, también se podría decir, que la falta de una precipitación estratégica (por ejemplo, a la floración en el maíz), puede determinar hasta la pérdida total de un cultivo comercial.
A pesar de semejante diferencia, aún el grueso de la superficie agrícola se hace en secano. Solo el 14% del área en toda América es con riego que, además, se concentra fuertemente en cultivos más intensivos, mientras que los granos sólo absorben alrededor del 30% con riego.
En el caso de la Argentina, los números son sorprendentes pues nada más que el 5% de la superficie agrícola cuenta con riego, mientras que en Chile el porcentaje alcanza el 44%.
Según Javier Zuleta, especialista en recursos hídricos, la superficie nacional con potencial de riego, para actividades agropecuarias (región húmeda 56% y semiárida 44%, de 500 a 800 mm de precipitación anual), asciende a más de 6 millones de hectáreas, mientras que lo regado hasta ahora sólo alcanza a alrededor de 2 millones de hectáreas, mayoritariamente ubicadas en Buenos Aires; seguida por Mendoza (con larga tradición en manejo de riego, canales, etc.), Salta y Córdoba.
Más aún, Zuleta señala que solamente con una extracción del 10% del río Paraná se podría regar 1,5 millón de hectáreas, en tanto que el caudal del Uruguay admitiría hasta 400.000 hectáreas más.
Pero si en muchas de las zonas productivas el aprovisionamiento de agua no es la limitante, y los resultados de garantizar su provisión estratégica para los cultivos son tan altos, entonces, ¿por qué no se difunde mucho más el sistema en el país?
Básicamente por un mal entendido concepto de costo. "Regar es caro", creen muchos considerando que cualquiera de los sistemas puede ascender a costos medios de u$s 1.500 por hectárea para riego de superficie, u$s 2.500 para aspersión, y u$s 3.500 en riego localizado; mientras que la operación y el mantenimiento, según Zuleta, rondan los u$s 15 a 40 por hectárea.
Sin embargo, el cálculo bien podría hacerse al revés. Por caso, una pérdida del 40% en los rindes de maíz debido a una seca repentina, podría amortizar el sistema de riego prácticamente en una sola campaña.
Y si la cuenta se lleva a nivel país es más inexplicable aún el atraso ya que una pérdida de 10-15 millones de toneladas de cosecha, como las que se registraron en campañas pasadas, por la sequía, significa con las cotizaciones actuales, entre u$s 5.000 y u$s 6.000 millones de pérdida directa, en una sola campaña, cifra a la que se deben agregar los costos adicionales por lucro cesante, baja de los fletes, caída de la recaudación, etc.
Esto significa que cualquier programa oficial de extensión y fomento para adoptar la tecnología de riego en el país, podría ser fácilmente financiado (subsidio de tasas, por ejemplo) sólo con el beneficio directo de lo que se "deja de perder", y sin siquiera incluir las pérdidas adicionales y de previsibilidad que representa depender, sólo, del agua de lluvia.


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