“Se precisan límites para no regodearse en lo horrible”

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Un hombre que nació sin alma, según se dice por ser hermano gemelo, se diplomó de médico y se convierte en un caníbal espiritual, es el punto de partida de «El desalmado» de Carlos Chernov, novela que hace varios años ganó el Premio Único de Novela Inédita de la Ciudad de Buenos Aires y acaba de publicar Emecé. Chernov, médico y psicoanalista, ha cosechado premios con la mayoría de los ocho libros que lleva publicados, entre los que están «Amores brutales», «Anatomía humana» y «El amante imperfecto». Dialogamos con él.

Periodista: ¿En qué medida esta novela, que entra en la tradición de la literatura fantástica argentina, tiene que ver con obras anteriores suyas?

Carlos Chernov: Tiene relación, en la medida en que todo lo que escribo tiene algo parecido, salvo «La pasión de María», una novela sobre la dictadura, el exilio, que era muy realista; pero el resto está en una franja, que no sé cómo definir, pero que está entre lo siniestro, lo fantástico, el humor negro con un sesgo medio expresionista. Todas, salvo la que mencioné, forman un conjunto. Una periodista estadounidense me decía que en su país tienen todos los géneros literarios por separado, y que en la Argentina es interesante porque se juntan, se puede hacer literatura hibridando sin problema, uniendo géneros.

P.: ¿Cómo llega a un tema como el de «El desalmado»?

C.C.: Creo que en muchas ocasiones uno se pregunta sobre la inmortalidad, sobre todo cuando se siente enfrentado a la mortalidad, y ante eso el tema del alma es una especie de antídoto o de fórmula, como la del libro de Guillermo Martínez «La fórmula de la inmortalidad». Pero el relato del alma si no se es religioso no tiene ningún sentido, está vacío.

P.: Y usted parte de una antigua leyenda aborigen que sostiene que cuando nacen gemelos, uno nace desalmado, sin alma. ¿De dónde saca esa historia?

C.C.: La leí hace mucho en un libro de antropología, y me quedó picando. Como decía, uno no puede saber en qué consiste el alma si no se tiene un relato religioso por lo general medio aburrido. Creo que fue leyendo «La rama dorada» de Frazer que apareció esa leyenda, que existe, que es real, y ahí eso se me juntó el tema del doble, que es un tema que también tiene que ver con la muerte. Yo nunca entendí por qué el doble era tan siniestro en la literatura del siglo XIX, en autores con Hoffmann, Poe y compañía. A mí no me producía un efecto siniestro, pero provoca una especie de efecto antinatural que exista una copia de uno. Eso se me juntaba con el tema de que cuando uno muera va a morir esta persona única que soy yo. Si se tiene un gemelo idéntico todo el tiempo delante de las narices se pierde esa cosa del yo, de la unidad, de la unicidad. Junté esas dos cosas, y así surgió el personaje que por no tener alma debe alimentarse de ellas. Ahí el desafío era cómo poner en forma literaria la representación del alma, qué hacer con eso de que esa persona se alimenta de almas, es muy complicado. ¿Qué le pasa entonces? ¿Le ocurre algo físicamente? Tomé el alma como el yo, como la identidad, entonces ese tipo va captando rasgos. En realidad los rasgos del alma que devora a otro lo atrapan a él. Involuntariamente, salió algo medio paródico. En el comienzo Ricardo LHéri-tier se come el alma de un rumano, y de pronto se encuentra devorando cebollas crudas sin entender por qué hace eso, no entiende qué le pasa.

P.: Y se vuelve además un feroz sexópata.

C.C.: Algo que no era, porque ese Ricardo era un tipo lavado, como un autista, alguien en blanco, que no tiene alma, o por lo menos cree eso, y necesita alimentarse de almas ajenas para remediar esa falta y volverse una persona completa. Es como una especie de camaleón humano, que crece en base a vidas ajenas de forma tumoral.

P.: ¿Por qué eligió que su «desalmado» fuera médico? ¡Por su propia profesión?

C.C.: Bueno, tengo mucha información vivencial de esas clínicas que quedan en Carapachay, y lugares así, las he conocido ya hace mucho. Pero elegí que fuera médico porque es la figura de alguien que va a curar, y hay algunos que son absolutamente siniestros, son de terror. Y el médico tiene mucha facilidad para lo que se propone LHéritier, otro no se puede acercar a un moribundo a robarle el alma. Es una elección instrumental. Además, alguna vez leí de un asesino serial que era médico y que mataba inyectando algo a los pacientes.

P.: ¿El potasio que usa su personaje?

C.C.: No, era otra cosa. El dato sobre el potasio me lo dio un colega, y es el que usé por sus características, pero después un forense, me dio otro dato de una sustancia que era muy difícil de detectar. Cosas que en todo caso tienen que ver con novelas de espionaje, o las series de forenses, y no en lo que importa en «El desalmado».

P.: ¿Hubo un momento en el que se sintió trabado en el relato, en que se sintió enfrentado con ese «desalmado»?

C.C.: Lo que a uno lo trabaría es la amoralidad del personaje, lo pienso de mí como persona, pero de mí como escritor no, no me importa la moralidad o la amoralidad.

P.: Sobre todo estando como antecedente «American Psycho» de Breat Easton Ellis.

C.C.: Que a mí no me gustó, porque el tipo se regodea mucho con lo obsceno, con lo horrible, y creo que hay un límite práctico ahí si no se quiere espantar al lector inútilmente, si se quiere provocar un efecto y no que tire el libro o que te odie. Es un borde muy difícil. En el caso de «El desalmado» no hay sangre, no es un vampiro, además al maestro de él le asquean los vampiros que se andan manchando con sangre. Es como si fuera un pasaje de la inmaterialidad a la materialidad, sin soporte material.

P.: ¿Tiene otra novela entre manos?

C.C.: Tengo una terminada que se llama «El sistema de las estrellas», otra novela apocalíptica. Digo «otra apocalíptica» pensando en «Anatomía humana». Pero no es un fin del mundo, sino que después de un drama climático es cómo se reorganiza el mundo. Pero no un mundo organizado según la culpa, ni el sentido judeocristiano de la vida, sino un mundo duro, pragmático, franco, realista, sin vestiduras que encubran nada, el que es esclavo es esclavo y se acabó, más como en la antigua Roma, pero nada ver con una ambientación romana. Podrá verse como novela fantástica, ciencia ficción, ficción especulativa, pero no hay nada en la novela que no haya ahora en el mundo, o que no pueda haber dentro de cinco o diez años. Ahora tengo por la mitad un libro de cuentos, el tercero que dedica a relatos, y ahora estoy escribiendo otra novela sobre un hombre al que se le muere la mujer, un drama realista.

Entrevista de Máximo Soto

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