21 de septiembre 2009 - 00:00

“Secreto” también aplaudido en San Sebastián

Soledad Villamil, Juan José Campanella y Ricardo Darín durante la rueda de prensa de ayer en el Festival de San Sebastián.
Soledad Villamil, Juan José Campanella y Ricardo Darín durante la rueda de prensa de ayer en el Festival de San Sebastián.
San Sebastián - Éxito de «El secreto de sus ojos», también en este Festival. Lleno en todas las funciones, aplausos, etc. Ya la habían visto en privado los periodistas madrileños y se deshacían en encomios (se estrena el jueves en toda España), ya la había recomendado en público el propio director del Festival, Mikel Olaciregui, ya se agotaron las entradas para la presentación oficial, con la presencia de Ricardo Darín, Soledad Villamil, Javier Godino, el productor español Gerardo Herrero, y, por supuesto, Juan José Campanella. La lluvia persistente no hizo mella en la fila de varias cuadras de espectadores.

«Yo siempre pienso que va a ser un desastre, por eso en mi cine no existe la felicidad, solo el alivio», confesó el director en rueda de prensa. Ahí repartió elogios a todo el personal, eludió explicar cómo hizo la secuencia de la cancha, contó que casi más difícil fue hacer la escena del juez sin reírse, enumeró las influencias absorbidas por ósmosis en su formación («la comedia a la italiana, el cine norteamericano clásico y de los 70, Hitchcock, pero sobre todo la comedia a la italiana»), refirió pautas artísticas que rigen su obra, y una ventaja del cine: «En teatro podés imaginar el desierto, pero no llegás a apreciar tan de cerca la mirada de los personajes. Y acá las miradas son fundamentales». Le piden otra más con la pareja Darín-Villamil. «Es que con ella solo nos juntamos cada diez años, no sé si nos perdonarán», bromeó el actor, agregando «me he visto tan bien como viejo, que ahora he decidido envejecer».

¿Ganará «El secreto...» la Concha de Oro, o se irá con las manos vacías, como «Promesas del Este» hace dos años? A veces los jurados consideran impropio, o inútil, premiar los éxitos de público. La que sí ya parece tener medio premio especial del jurado es la iraní «Keshtzar haye sepid», los prados blancos, filmada en una salina. Un hombre junta las lágrimas de varios pueblos, y con ellas lava los pies de un anciano inválido.

«A éste pueden verlo como representante de tradiciones que causan sufrimiento, o como la figura de un dictador. Seguramente ya saben a quién me refiero. Ojalá nuestras condiciones mejoren lo suficiente como para que podamos hablar más claro», explicó el director Mohammad Rasoulof. Más claro aun: él y su barbado actor llevan el echarpe verde de los opositores al actual régimen. Y su película se ha hecho en forma clandestina. No tuvo permiso de rodaje, y, por tanto, nunca tendrá permiso de exhibición (ni siquiera privada) en su país. Samira Makhmalbaf, también opositora, integra el jurado.

Del resto, ya compitieron «Chloe», de Atom Egoyan (remake de «Nathalie» con final a lo «Atracción fatal» que echa a perder todo), «Le refuge», de Francois Ozon (joven muere de sobredosis en un comienzo fuertísimo, la novia se descubre embarazada, el cuñado gay se hará cargo de la criatura), y «This is Love», del alemán Matthias Glasner (variante masculina de «Gloria», con un tipo, una nena vietnamita, una ex policía alcohólica, y la mafia).

Fuera de competencia, se destacaron dos neoyorquinas: «Whatever Works», de Woody Allen (buen regreso a viejos asuntos) y «Precius», de Lee Daniels, drama de una gorda lustrosa basureada por sus padres hasta que aprende a respetarse a sí misma, gran ganadora del Sundance. Sorpresa: esta película, con la negra Gaburey Sidibe, está encabezando el voto del público de la sección Perlas de Otros Festivales, por encima de «Bastardos sin gloria», con Brad Pitt. Eso sí, en un solo día el rubio firmó más autógrafos que todos los demás artistas juntos.

«Antes me ocultaba, pero ahora entiendo que la gente se me acerca con buenas intenciones», dijo Pitt en la rueda de prensa que dio junto a Quentin Tarantino. En verdad, eso fue lo único inteligente que dijo, porque el resto se lo pasaron bromeando entre ellos y con los noteros de variedades televisivas que coparon la reunión (incluso una notera cayó vestida a lo «Kill Bill»). Bien que haya sido gentil con sus admiradoras. Lástima que cuando estuvo aquí filmando «Siete años en el Tibet» se lo pasó detrás de guardaespaldas que no dejaban acercar a nadie, y su mujer de entonces, Jennifer Aniston, hizo elevar a dos metros el cerco de la casa donde estaban parando, ¡en un pueblo de Mendoza! Bueno, seguramente ella ya tendría recelos por alguna morocha.

Párrafo aparte, «El baile de la Victoria», desmelenado cuento romántico de Fernando Trueba, sobre novela de Antonio Skarmeta, con las andanzas chilenas y agridulces de un ladrón argentino de cajas fuertes, un ladroncito soñador, y una bailarina muda. Ricardo Darín es el gancho, pero la figura es otro argentino, Abel Ayala, de «El polaquito». «Supe que estaba viviendo en España, lo contraté, y al otro día ya se fue a Chile», contó Trueba. «Dos semanas después lo encontré allí, vendiendo pilas y paraguas en los transportes públicos. Se había hecho amigo de todos los vendedores callejeros y los niños del centro de Santiago».

«Ellos son los que hablan el chileno más suelto y natural», explicó el joven actor. «Y el centro es la parte más degradada de la ciudad, adonde van con sus ilusiones gentes de toda clase, las señoritas se paran con las polleras más cortas, los hombres pasan con las miradas más largas, y al atardecer todos vuelven a sus casas con las ilusiones nuevamente vencidas», se floreó Skarmeta. Por suerte la película culmina en la cordillera, con un paisaje hermoso, un cóndor, y un galope esperanzador.

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