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“Sentimientos como celos, ira o lujuria son iguales para todos”
Lagos: «Los crímenes que relato estaban asociados a las pasiones primarias de las clases bajas. Cuando ocurrían en las altas, se convertían en leyendas».
Periodista: ¿Cómo eligió los dramas que decidió contar en «Siete elegantes crímenes de pasión»?
Ovidio Lagos: Seis de esas historias son europeas y ocurren en un universo aristocrático; la séptima es argentina y muy poco conocida. El punto de partida fue la pregunta ¿cómo es posible que personas que han vivido en un mundo donde las convenciones son rígidas, los códigos muy severos y los sentimientos se reprimen, donde hasta la manera de sostener una taza de té era un arte, un mundo tan asfixiante en materia de costumbres, reglas, salones y fiestas, de pronto se podía matar a otra persona o mandarla a matar? Ciertos sentimientos como los celos, la codicia, la ira, la venganza, la envidia, la lujuria desbordada, terminan siendo iguales para todos, no importa si se trataba de un príncipe o una duquesa, todos terminaban siendo escándalos mediáticos que duraban meses en las páginas de diarios de Europa, Estados Unidos y la Argentina.
P.: ¿Al escándalo sumaba el que esos crímenes estaban asociados a las pasiones primarias de los sectores marginales?
O.L.: A las clases bajas, por eso, cuando ocurría en las altas, se convertían en una leyenda. No quise escribir sobre Felicitas Guerrero de Alzaga ni sobre los Barón Biza, porque ya estamos cansados de escucharlas.
P.: ¿Cómo llega a ese silenciado crimen argentino, que usa casi como epílogo de su libro?
O.L.: Conocí de la mejor fuente cómo ocurrió el tiroteo entre Wenceslao Paunero y el amante de su mujer Martín Cossio, en el Ocean Club de Playa Grande, en Mar del Plata. Pocos años después de aquel enfrentamiento, Martín Cossio fue pareja durante 20 años de una tía mía, de mi madrina. Nunca se casaron, y ella era viuda y él soltero. Martín nunca me contó nada, parecía no tener pasado. Pero lo hablo muchas veces con mi tía, que me lo contó con lujo de detalles para mostrarme cómo aquel duelo inesperado a tiros lo había marcado para toda la vida. La mayoría de los diarios, que tenían alguna relación con los Paunero, como «La Nación», taparon lo sucedido. Botana hizo lo suyo en «Crítica», sólo publicó una nota que decía: «fallece el doctor Paunero por una vieja enemistad». El único medio que contó lo que había ocurrido fue «La Capital» de Rosario, que no tenía ninguna relación con los Paunero. El corresponsal dio amplia información desde que se tuvieron los primeros datos de la sangrienta contienda. Entrevistó al comisario que detuvo a Cossio, explicó qué había dicho en el interrogay hasta dio datos de la autopsia del cuerpo de Pau.
P.: En las clases altas suele llegarse a arreglos, por lo menos eso ocurrió con más frecuencia que un hombre despechado tirara vitriolo a la cara de su mujer.
O.L.: En el caso de Wenceslao Paunero pienso que hubo muchos motivos que no permitían llegar a un acuerdo. Él era el nieto del General Paunero y su mujer era Mercedes Peña Unzué de Paunero, la hija de Mariano Unzué, uno de los cinco hombres más ricos de la Argentina, que vivía en una mansión de la zona de la Recoleta, rodeada de un extenso parque, que más tarde sería, en los primeros gobiernos de Perón, la residencia presidencial, y está ocupada en parte por la Biblioteca Nacional. Mercedes tuvo mala suerte, porque amantes tenían todas las señoras de esa época, que su amante se tiroteara con su marido. El modo que murió Wenceslao ayudó a descorrer el velo protector que tapa los adulterios de nuestra aristocracia.
P.: ¿Qué pasó con el que salió vivo?
O.L.: La familia logró que lo mandaran preso a la cárcel de Dólores, en realidad consiguieron que estuviera internado en el hospital de esa ciudad. Los Cossio se fundieron por todo lo que gastaron en el juicio, en costas, en abogados. Les mermó mucho la fortuna pero, a los dos años, Martín salió en libertad. En cuanto a Mercedes, siguió viviendo tranquilamente, el drama cayó sobre ella 20 años después, cuando su hijo varón se pegó un tiro. Pero tuvo nietos gracias a su hija. Lo interesante de este caso es que resulta un emblema de muchos otros que se ocultaron.
P.: ¿Esta fue la primera historia que lo llevó a las otras?
O.L.: No, la primera fue la de la bellísima Condesa Pia Bellentani, que terminó siendo conocida como «la dama del armiño». Fue aquella que en un memorable sarao en el Gran Hotel Villa dEste, frente al lago de Como, colmado de señoras vestidas por Dior, la condesa Pia Bellentani, entre rumbas y be bops, saco de su tapado de armiño un revólver y mató a su amante, Carlo Sacchi. Fue un arrebato de celos que le costó siete años de cárcel y la condena de la sociedad de Milán. En la Europa de posguerra ocurrían muchos amores y amoríos que no pasaban del chisme, pero hasta ahí no había pasado nunca que alguien matara a su amante en medio de una fiesta de gala. Michelangelo Antonioni en su primera película, «Crónica de un amor», toma a Pia como personaje y elige que sea encarnado por Lucía Bosé.
P.: ¿Cómo obtuvo los datos reales de lo ocurrido en cada historia?
O.L.: Investigué, como lo he hecho en otros libros míos como «La pasión de un aristócrata», donde narré las vidas de Marcelo T. de Alvear y de su mujer, Regina Pacini, «Arana, rey del caucho» o «Pincipessa Mafalda, historia de dos tragedias». Cada historia la fui escribiendo a medida que recibía libros y copias de documentos, muchos de ellos conseguidos por internet. Por dar un ejemplo, siempre me había despertado curiosidad la Condesa María Tarnowska, a la que en su tiempo el «New York Times» dedicara páginas enteras, calificándola como Circe, porque el hombre que se le acercaba o moría o se fundía. Era letal. Había nacido en 1877 en Kiev, y unos 33 años después fue juzgada en Venecias por haber sido instigadora y cómplice del asesinato de su futuro marido, el conde Paul Kamarowsky. La prensa la trató de perversa, drogadicta y sexualmente sádica, pero nadie descubrió cuál era su poder para enloquecer a los hombres y que la llevaran a vivir en los hoteles más lujosos. Cuando logra escapar de la cárcel, desaparece de los círculos europeos donde era despreciada. Y en 1916 llega a la Argentina con pasaporte falso. Aquí conoce al conde francés Alfred de Villemer, y se van a vivir en Santa Fe, donde murió en 1949, acompañada ya sólo por Elise Perrier, la criada suiza que la acompañó toda la vida y que se comprometió a llevar su cuerpo a que descansara en Otrada, donde la esperaba Tania, la hija que había abandonado a los seis años para seguir sus aventuras de Circe.
P.: ¿Cuáles de esos relatos considera que podrían llegar al cine?
O.L.: Todos, cada uno es una película. Un ejemplo más, el caso de Elvira Barney, a quien la vida social londinense, más que privilegiada, le resultaba tediosa. Hacía honor a aquel aforismo de Oscar Wilde: «Pertenecer a la clase alta es mortalmente aburrido. No pertenecer, una tragedia». Era una chica caprichosa capaz de casarse con un cantante de jazz que estaba de paso por Londres. La experiencia de vivir con un hombre primitivo y violento fue devastadora. A partir de allí elegiría como su pareja a hombres bisexuales o evidentemente homosexuales. Uno de ellos fue Michael Scott Stephen que solía presentarse como diseñador de moda aunque nunca hiciera nada. A su estilo desaforado, transgresor, dispendioso, con los años unió los celos. Y cuando Michael decidió irse, dejarla, pelearon y ella lo mató. En un juicio escandaloso la declararon inocente; un día, pasada de droga, la encontraron muerta en París.
P.: ¿Qué escribe ahora?
O.L.: «Viviendo con mi madre». Contar la historia de Elvira Rueda de Lagos, mi madre, me costó mucho, a veces me detenía por culpa, me decía: yo no puedo contar esto. Fue una mujer muy especial, se casó cinco veces, la primera y la última con mi padre. Era una de esas muy bellas, muy compulsivas, muy ingobernables, que si no tienen un hombre al lado se mueren, que se pasó viajando, que fundó instituciones, que tuvo mucho mundo y vivió muchas vidas.
Entrevista de Máximo Soto


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