25 de agosto 2010 - 00:00

“Si uno logra hacer ver el aura del mal, con eso basta”

Mondragón: «Hay una secta de lectores que está a la espera de textos que los desafíen. Creo en esos escritores que invitan a entrar en su juego y le dicen al lector algo así como ‘vení para el barrio que tendrás milonga’»
Mondragón: «Hay una secta de lectores que está a la espera de textos que los desafíen. Creo en esos escritores que invitan a entrar en su juego y le dicen al lector algo así como ‘vení para el barrio que tendrás milonga’»
El escritor uruguayo Juan Carlos Mondragón, que desde hace años reside en París, ha desarrollado una narrativa imaginativamente provocadora. Mondragón dicta en la Universidad de Lille «Civilización Latinoamericana» («en la tradición de Radiografía de la Pampa de Martínez Estrada y Laberinto de la Soledad de Octavio Paz, tratando de ver la existencia e identidad de los pueblos latinoamericanos más que contar su historia o su actualidad», explica), y la materia Literatura Latinoamericana. A su extensa obra literaria, en la que se encuentran entre otros los libros «Nunca conocimos Praga», «El misterio Horacio Q», «Pasión y olvido de Anastassia Lizavetta», acaba de sumar «Bruxelles piano-bar», que editó Seix Barral. Dialogamos telefónicamente con Mondragón sobre su nueva novela en su momentánea visita a su Montevideo natal.

Periodista: ¿Por qué eligió como protagonista a un periodista que sufre la muerte de su padre y el abandono de su mujer?

Juan Carlos Mondragón: Desde el siglo XIX el periodista es el personaje emblemático que establece, para bien o para mal, el nexo entre lo íntimo y lo social, entre la vida privada y lo público, que nos liga con lo que está ocurriendo. Ahora esto se da abusivamente. El hábito de leer el diario tenía que ver con confiarle al periodista que nos acercara una visión del mundo, la agenda diaria y una escala de valores. En algunos personajes de Poe y de Chesterton se ve como el periodista encuentra su rol en la narrativa. Es el hombre de la palabra escrita, por tanto el que está más cercano a la literatura.

P.: Usted lo acerca aún más a la ficción dándole un gato con el que charla en «Bruxelles piano-bar».

J.C.M.: El gato Teseo está desde el comienzo de la novela y es quien la cierra. No es un gato excesivamente sabio ni excesivamente piola, está en los términos justos como para permitirle a Leopoldo Cea, el periodista, salir de esas dos pérdidas, de esos dos quiebres afectivos. El más significativo es, acaso, el de la muerte del padre. Como en los atridas -y en los dramas reales- las grandes tragedias ocurren en la familia. Las rupturas que nos marcan son aquellas en que están involucrados seres queridos. Al sumarse a esto que su pareja lo abandona, Leopoldo queda en un estado de flotación.

P.: Estado que lo lleva a inventarse un destierro sin salir de su país, convirtiendo a Montevideo en Bruselas.

J.C.M.: Superpuse un mapa imaginario de Bruselas sobre el real de Montevideo para que Leopoldo pudiera vivir en otro lado sin tener que viajar. Piensa que así su realidad se le vuelve más soportable. Y ese destierro metafórico lo lleva en un recorrido casi alucinatorio por un submundo donde transitan personajes que podrían ser parientes de algunos de Arlt o de Cortázar.

P.: El gato que habla, que hace entrar al lector en un mundo fantástico donde todo es posible, tiene una larga tradición donde está el gato de Cheshire de «Alicia en el país de las maravillas» y el gato fanático del jazz de Boris Vian.

J.C.M.: Y, más cerca, Garfield, que se da atracones de lasagna. Los animales que hablan establecen una singular relación que viene del fondo de la literatura. Inodoro Pereira sin Mendieta, su perro comentarista, quedaría a medio camino. Como sostuvo Borges, al narrar uno establece sus precursores. Y la del gato Teseo es una linda tradición. Si se quiere pasar del otro lado del espejo se tiene que pasar por «El Mago de Oz» y por los gatos voladores de Chagall. El gato Teseo funciona en la novela como un campo magnético de protección, hace que las fuerzas del mal no afecten al protagonista, y a la vez no lo reprime de que se tome una botellita de champagne escuchando a Antonio Carlos Jobim, a Gal Costa o a Julio de Caro, cosas que se han vuelto un lujo, actos de resistencia estética personal.

P.: Su novela no pasa por una mera fantasía, las andanzas de Leopoldo por una Bruselas imaginaria son su modo de salir de la violencia aterradora, amenazante, de la ciudad. Su modo de contarlo es utilizando la fantasía y el humor.

J.C.M.: Le dejo a los profesionales del relato de la violencia que entren en sus descripciones reiterativas y patéticas. Los maestros me enseñaron que si uno logra hacer ver el aura del mal con eso basta. Los griegos indicaron cuáles debían ser las proporciones: junto a tres cuartos de tragedia tiene que haber un cuarto de comedia, que tome de otro modo el drama. Es ese humor el que permite que la novela haga su propia catarsis.

P.: De «Bruxelles» que es una sucesión de historias, una caja china de aventuras, ¿se podría decir que es una renovada lucha contra el Mal?

J.C.M.: «Bruxelles» es, narrativamente, como los galeotes de «El Quijote» que están ensartados como las cuentas de un collar y va contando cada uno su historia. Mi novela se inscribe en la tradición del viaje, donde lo importante es lo que ocurre por el camino. Hay dos hechos de naturaleza complementaria, que me importan. Uno el descriptivo real, lo que nos sucede hoy, y otro que el relato se instale en un universos donde está Cortázar y su gato Thedoro W. Adorno, el «Informe sobre ciegos» de Sábato, los laberintos de Borges, «Las puertitas del señor López», el árbol de «Adán Buenosayres», el Onetti de Santa María, el Arlt de los tipos saturados por la sociedad moderna que van en busca de la rosa de oro, la rosa eterna, los planes metafísicos y las sectas esotéricas. El Río de la Plata abre puertas a esos otros territorios en sus grandes textos, y yo busqué escribir dentro de esa tradición de la literatura abierta a los pasajes.

P.: Ese mundo esotérico, ¿aparece como homenaje en su novela?

J.C.M.: Es que eran emocionantes esos tipos que en el tiempo de Arlt y de Borges eran a la vez anarquistas y lectores de «La doctrina secreta» de la señora Blavatsky. Había dos corrientes. Una, socialista que decía: el mundo está mal y los vamos a transformar; otra, esotérica que decía: el mundo es un error porque no encontramos la buena interpretación. En ese cruce de voluntades es donde me siento cómodo en este proyecto.

P.: En su novela hay comentarios sobre jazz, rock, cine, que parecen guiños para el paladar del lector culto.

J.C.M.: En los setenta pareciera que se escapó el perfil del lector clásico de novelas que permitía complicidades. Sin embargo, las pasiones singulares siguen activas, están en las asociaciones de colombófilos, los coleccionista de ciertas revistas, los jugadores de ajedrez que hacen la Ruy López mezclada con la defensa siciliana cruzada con el ataque de alfil, sin ir lejos Internet está llena de esos mundos. Además del público al que uno se dirige, esa cosa tan abierta e informe, creo que hay una secta de lectores que está a la espera de obras que los desafíen, que los consideren un cómplice. Ir al encuentro de ellos es un riesgo que hay que tomar. Creo en esos escritores que invitan a entrar en su juego y le dicen al lector algo así como «vení para el barrio que tendrás milonga».

P.: En su obra usted se propone como un fuerte jugador.

J.C.M.: Uno tiene que ser Najdorf y jugar simultáneas, porque hay lectores inteligentes que lo están esperando en el camino.

P.: En su novela hace vivir a su personaje como si estuviera en Bruselas, en otras los hizo andar por Praga o por Madrid. ¿por qué hace viajar a sus personajes?

J.C.M.: Lo que más me lleva tiempo en un relato es encontrar la voz que narra, para que no sea siempre la misma voz de Juan Carlos Mondragón que hoy cuenta una historia del Renacimiento, mañana una del sur de Los Angeles, pasado una del París de la posguerra. Así surgió la teoría de enviar a los narradores a diferentes lados y que quedaran instalados en ciudades. De pronto me llega una llamada y un narrador me cita en una cafetería de la frontera, en la tercera mesa. Es el topo que dejé hace 5 años en Bruselas, que me trae la documentación que preciso, las cervezas que se toman, los discos de Jacques Brel, reproducciones de Magritte, cosas así, y me dice yo recogí todo esto, ahora vos arma la historia. Así lo hice con Bruselas y Leopoldo, antes con Madrid y la vida de Quiroga. Historias inventamos todos sin parar. El mundo no está carente de buenas historias. Encendemos la tele y hay cien historias magníficas, porque hay una industria de la historia, del argumento, que no para de entregar productos. El desafío es como podemos lograr algo diferente. Así surgió la idea de construir narradores. Y si el narrador es un belga, me paso un año estudiando mapas, comprando diarios de Bruselas, viendo lo que ven, escuchando lo que escuchan, hasta construir un circuito en que el narrador es un belga, y a partir de ahí me es posible empezar a narrar. Ahora que dejo a Leopoldo tengo que construir otro narrador.

P.: ¿Por dónde va a andar su próximo narrador?

J.C.M.: Recién estoy en período de convalecencia. Pero, ando con ganas de ver películas de Fellini, estoy escuchando música de Nino Rota, temas del Festival de San Remo y canciones de Mina. No sé qué va a pasar, pero creo que un narrador se está por ir para esos lados.

Entrevista de Máximo Soto

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