19 de noviembre 2015 - 00:00

Símbolo de la Francia plural (y conflictiva)

 París - Pobreza, malestar, desocupación y criminalidad reinan en Saint Denis, mientras la guerra con los terroristas se desarrolla en casa, pero muchos franceses no quieren rendirse para mantener el sueño de una sociedad multiétnica y abierta.

Con sus 110 mil habitantes y las decenas de nacionalidades representadas, "es esto la Francia del siglo XXI. Mestiza, multicultural, tolerante. Somos el laboratorio del futuro".

Así la describe Robert, dueño de una galería de arte, que levantó las persianas también en el día en el que los yihadistas "quieren llevarnos a la guerra".

"Nosotros no tenemos miedo, debemos seguir viviendo. Porque esto es lo que ellos más odian", enfatiza frente a los militares desplegados con sus armas en las manos.

Circundada por las autopistas del Periphérique, que la separan de París, la Saint-Denis medieval creció en torno a su Basílica, uno de los símbolos de Francia y tumba de sus reyes, que comparte la plaza central con el municipio, desde siempre con conducción "roja".

A la sombra del Estadio de Francia, escenario de tres ataques suicidas el 13 de noviembre y campo de juego de la Eurocopa de Fútbol en junio del año que viene, el centro peatonal está rodeado por edificios decadentes de tres o cinco pisos e inmuebles siempre degradados.

No es el paisaje de los rascacielos sin alma de las vecinas Bobigny y La Courneuve, esas localidades del inflamado "93" (el departamento de Seine-Saint-Denis) conocido por el film "El odio" en el cual Mathieu Kassovitz, en los años 90, contaba cómo "un árabe en una comisaría dura menos de una hora". También acá la integración es una batalla cotidiana.

Concluido el operativo de ayer de las fuerzas especiales, algunos residentes se encontraron en los pocos bares abiertos. Sentados en las mesas del Longchamp, discutían sobre lo sucedido.

"En Saint-Denis hemos tenido distintos problemas, son años que lo decimos. Hay siempre más pobreza e inseguridad", dice Manuel Barbeito, jubilado español y que vive hace veinte años en la periferia. Empinando un vaso de vino, denuncia una radicalización latente.

"No hay más fiambrerías. En las escuelas, los hijos de los árabes ateos son insultados por los compañeros. Se corre riesgos tomar una cerveza en la calle", cuenta.

"No es verdad. Acá se vive muy bien", le responde Riccardo Doriano, artesano originario de Caserta, sur de Italia, con su mujer e hijos franceses.

"Es verdad que los musulmanes compraron muchas voluntades. Tienen dinero y ofrecen trabajo, así atraen a muchos jóvenes sin esperanzas. Pero yo tengo tantos amigos magrebíes que toman distancia... Enfrentarse día a día con tantas nacionalidades es un hecho extraordinario. En Saint-Denis me siento en casa, en París soy sólo un italiano en Francia", afirma.

Agencia ANSA

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