8 de julio 2013 - 00:00

Sin candidatura, Berni arriesga más en dura campaña

Sin candidatura, Berni arriesga más en dura campaña
Sergio Berni, secretario de Seguridad con dones y pompa de ministro, puede ser la primera víctima preelectoral de Sergio Massa. De diálogo directo con Cristina de Kirchner, Berni goza de una licencia especial que lo ubica, a pesar de no ocupar su banca como senador hace casi un año y medio, segundo en la línea de sucesión de Daniel Scioli.

En febrero pasado, en un sigiloso pacto de damas y caballeros, los senadores prorrogaron los mandatos de las autoridades del Senado bonaerense que escoltan a Gabriel Mariotto, y en esa extensión genérica incluyeron a Berni como vicepresidente del cuerpo, una extrañeza jurídica porque en ese acto el Senado registró un hecho inédito: tuvo 47 senadores, en vez de los 46 que indica la Constitución.

Berni está con licencia desde marzo de 2012, cuando dejó su banca para jurar como secretario de Seguridad, ocasión en que asumió su reemplazo, Fabio Sorchilli. En febrero último los senadores lo ratificaron como vice ausente del cuerpo por lo cual la banca por la Segunda Sección que ganó Berni, y ahora ocupa Sorchilli, tiene una doble representación.

El detalle, si se quiere una anécdota para memoriosos legislativos, podría tener impacto político puntual: el massismo, que acaba de conformar un bloque propio de once senadores en la Cámara alta bonaerense, evalúa como primera acción pedir la revocación de la licencia de Berni para que el funcionario opte por ser secretario de Seguridad o senador.

El massismo del Senado es una extraña fusión de radicales, peronistas anti-K y exki rchneristas: aglutina tanto a Esther Barrionuevo, hermana del gastronómico Luis como al possista Roberto Costa y al efímero denarvaista Jorge D'Onofrio.

El episodio, aún bajo análisis, podría convertirse en una avanzada fuerte de los delegados de Massa en una campaña que el cacique de Tigre prefiere mansa e intrascendente, en la que no deba tomar posición explícita, pero a la vez pueda tercerizar acciones para mandar mensajes a distintos núcleos de votantes: para los filo-K, están los elogios de Darío Giustozzi; para los anti-K empedernidos, el alerta predictatorial de Fabián Gianola.

En ese aspecto, más allá de cuestiones propias del devaneo senatorial -siempre hay facturas impagas, rencores acechantes-, el massismo busca mostrarse crítico de los movimientos de Berni que, en el imaginario y en la práctica, es el ministro de Seguridad de Cristina de Kirchner.

Al avanzar en el pedido de renuncia de Berni a la banca o al gabinete K, los massistas además buscan desatar la tempestad entre Mariotto y la jefa del bloque del FpV, Cristina Fioramonti de Kunkel, la CFK bonaerense, que se recelan y no pudieron, en el verano pasado, ponerse de acuerdo sobre un sucesor del funcionario.

La razón por la cual Massa, en persona, todavía no avaló el movimiento -además del riesgo de una derrota- es para administrar los tiempos de una disputa abierta y feroz entre el alcalde y el kirchnerismo que en Casa Rosada, Tigre y La Plata advierten inevitable.

Las razones son dos:

Los informes electorales que llegan al despacho de Juan Manuel Abal Medina -no son los mismos que luego terminan en el escritorio presidencial, ya que Cristina dejó hace tiempo de consumir con fruición encuestas y se limita a pedir adelantos verbales de su jefe de Gabinete- reflejan una novedad más incómoda que lo imaginado: no sólo es altamente probable una derrota del FpV en la provincia de Buenos Aires, sino que el mapeo proyectado es turbio en gran parte del país, de Chubut a Capital, pero, incluso, con pronósticos difíciles en dominios históricamente leales como Tucumán, donde el radical José Cano asoma con chances de vencer al ministro K Juan Manzur, y hasta en La Rioja, donde el excontertulio de Cristina, Jorge Yoma, se alió a la UCR. La cuestión es de alta sensibilidad porque el kirchnerismo, nutrido por votos peronistas, ganó varias elecciones gracias al aporte de la provincia de Buenos Aires y al de las llamadas provincias chicas mientras que se acostumbró a derrotas en distritos como Córdoba y Santa Fe. A 35 días de la primaria, a los usuales traspiés en esos distritos se suman pronósticos negativos en territorio bonaerense y provincias del norte, indicio que aun con sus peculiaridades dio la votación de Misiones, donde el oficialismo de Mauricio Closs bajó de 76 en 2011 a 36 una semana atrás.

Los números tienen un anexo inquietante: buena parte de los votos que van a candidato opositor tienen un componente de simpatía K. El caso emblemático es el de Massa cuyos votantes, entre 20 y 36% según las consultoras Aresco y Poliarquía, se consideran kirchneristas o filo kirchneristas. Revela la incapacidad de Olivos para montar un dispositivo electoral eficaz y, a la vez, construir candidatos propios, unvúfuturo de la sucesión 2015, que tiene, entre muchos, otros dos casos: María Eugenia Bielsa era la figura santafesina con mejor intención de voto por encima, incluso, de Hermes Binner pero la inhabilidad de Cristina de Kirchner, le hizo perder al gobierno a una candidata que lograba lo inverso a Massa: capturar votos no kirchneristas para el kirchnerismo. El segundo ejemplo es Daniel Scioli, bastardeado por los ultra K, que al final pudo volver a darle valor a su dictamen de que en los años pares el kirchnerismo lo castiga pero en los impares, los electorales, lo abraza. El gobernador jugará junto a Insaurralde porque en parte de la suerte del FpV está atada su suerte futura, aunque la tregua tenga fecha de extinción: a fin de año, luego de la votación, Scioli volverá a entrar en sintonía presidencial. Por esas razones, tarde o temprano el kirchnerismo saldrá a demonizar a Massa porque ante un número reducidísimo de indecisos, la única posibilidad de Insaurralde de revertir el resultado o achicar la brecha, es atraer a los votantes filo K que votan aSon, en boca de un dirigente K, votantes náufragos a los que el gobierno tiene que ir a buscar. Lo hará, primero, con una sobre exposición de Insaurralde junto a Cristina y luego, con una avanzada contra el tigrense.

Pablo Ibáñez