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Sólida alegoría del devenir chino
Ganadora del Festival de los Tres Continentes de Nantes 2004, los observadores occidentales disfrutan encontrar en esta película ciertas coincidencias con antiguas historias griegas. Como la de Edipo, porque no hay lazos parentales pero el personaje principal tiene un similar sentimiento de culpa, ya que atiende por las noches a la esposa de su patrón, que es como un padre para él, y cuya posterior muerte le pesa como un crimen, al punto de que se hace cargo de los deudos y de la empresa que el viejo conducía.
También se hallan coincidencias menos morbosas pero más destacables e igualmente atractivas con la historia que cuenta Hesíodo en «Los trabajos y los días». Casualmente, dicen los que saben que el título original del film puede traducirse como «día y noche», y lo cierto es que nuestro personaje trabaja de día, tiene un trabajito especial de noche, y, desde que se hace cargo, trabaja noche y día como un buey.
Como la película y su autor son chinos, lo más probable es que el goce de hallar las coincidencias sea exclusivamente occidental, empezando por el productor francés que debía colocar la película en nuestros mercados. Lo más probable es que los chinos ignoren olímpicamente a los griegos, pero disfruten los ecos de otras historias similares (a fin de cuentas, pueden tener mitos parecidos). Lo cierto, eso sí, es que de ambos lados puede apreciarse la buena mano del novelista y cineasta Wang Chao para desarrollar la historia del maestro (en este caso, un minero) y su discípulo y heredero, representación viviente, sufriente, y levemente alienada de otra historia, la de China misma en su tortuosa, destructiva, y acelerada evolución hacia el Siglo XXI, una evolución con sus aspectos positivos y negativos, y sus inestabilidades y posibilidades tan seductoras como inquietantes.
Todo esto, reflejado de modo un tanto alegórico, y con ritmo despacioso, abundantes planos fijos, generales, paisajes secos, esquilmados, diálogos escasos, y todo frío adentro y frío afuera, como dice el tango, o como quieren los seguidores de otro chino que cuenta cosas parecidas, muy apreciado en festivales, Jia Zhang-ke, cuyas obras, dicho sea de paso, adolecen de una interminable extensión. Ésta de Wang Chao, por suerte, dura apenas 89 minutos. Goza del beneficio de la brevedad, y es sinceramente buena.


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