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Sólo para amantes de los cuentos románticos
«El baile de la Victoria» es una fábula romántica desmelenada del español Fernando Trueba, en la que Ricardo Darin es el gancho del elenco, pero la mejor nota va para otro argentino, el joven Abel Ayala.
A esta película se entra, o no se entra. Así de sencillo. Unos la desdeñan apenas ven sus componentes y su estilo, resoplan y de a poco se mandan mudar, y otros la siguen hasta el final entre curiosos y esperanzados, suspiran, y terminan absorbiendo un aire puro, poético, y doloroso. Pero incluso éstos ignoran todavía otra verdad, que hace más singular y valiosa la obra.
El autor es Fernando Trueba, el de «La niña de tus ojos», «Belle Epoque», «El año de las luces», «El sueño del mono loco», y también «El león enamorado», un cortito hecho treinta años antes, de esos que desarman al espectador con mínimos elementos. Claro, entonces él recién empezaba. Acá ya tiene suficiente experiencia y prestigio como para usar toda la juguetería posible, y probarse en campos distintos, cosa que siempre hace. Ninguna de sus obras es igual a otra, aunque todas se reconozcan. El campo elegido esta vez, entonces, es el del cuento desmelenado, romántico en el sentido más elevado y angustioso, como eran los viejos románticos. La base es una novela de Antonio Skarmeta, ambientada en Santiago tras el fin del pinochetismo. Se ha dictado la amnistía para quienes no hayan cometido delitos de sangre, y así es como vemos las andanzas chilenas y agridulces de un ladrón argentino de cajas fuertes, un ladroncito soñador, y una bailarina muda. El hombre ya carga el peso de los años y del desprecio de los suyos (pero bien que aprovecharon la bonanza). El joven sólo carga ilusiones, entusiasmos, planes que quiere contagiar al veterano para dar un gran golpe, comprarse un caballo de raza, también ya desdeñado, y, sobre todo, ayudar a la bailarina muda que baila en las calles, pero quizá merezca una oportunidad en el teatro, ante los críticos. Ella es la Victoria del título. Ese momento es una de las victorias del chico, pobres glorias pasajeras, diría el tango, pero qué hermosas, en medio de tanta oscuridad y tanto pesimismo.
A propósito, hay un tango que Ricardo Darin canta con el tempo de un hombre vencido, que arrastra su insistencia ante un amor perdido. Duele de veras ese dolor, que él sabe transmitir como pocos actores. Pero atención: él es el gancho del elenco, pero la figura es, inesperadamente, otro argentino, Abel Ayala, el pibe de «El polaquito», un chico que se crió en un hogar de niños de la calle, y ahora ya mayor de edad se fue a probar suerte a otro lado. «Supe que estaba viviendo en España, lo contraté, y al otro día ya se fue a Chile», contó Trueba en una conferencia de prensa. «Dos semanas después lo encontré allí, vendiendo pilas y paraguas en los transportes públicos. Se había hecho amigo de todos los vendedores callejeros y los niños del centro de Santiago». «Ellos son los que hablan el chileno más suelto y natural», explicó el joven actor. Quien no lo conozca, creerá que es realmente chileno. Un trabajo notable que para muchos pasará desapercibido, ésa es la otra verdad.
Por suerte frente a las tristezas, la película culmina en la Cordillera, con un paisaje hermoso, un cóndor, un galope esperanzador, y una voz, una vocecita cuyo milagro también puede pasar desapercibido. Skarmeta hizo con esta historia una metáfora sobre la sociedad de ese momento. Trueba hizo, ya lo dijimos, un cuento romántico, desmelenado, al que se entra sólo con entrega, piedad, y espíritu consustanciadamente romántico. Como los amores, por momentos suena irregular, incómodo, pero deja muchos lindos recuerdos.


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