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Stéphane Brizé, un cineasta de la incomunicación
En “Una mujer, una vida” (ver pág. 25) adapta un clásico de la literatura de su país con la mirada del artista preocupado por los vínculos familiares.
Brizé. Un técnico electrónico apasionado por la expresión audiovisual, y que se convirtió en cineasta.
S.B.: Porque no tengo imaginación. No estoy contando mi vida, sino de conflictos que presencié en mi vida. Esa guerra la viví. Después, algunas cosas se solucionan y una nueva etapa comienza.
P.: Bien, vayamos al comienzo. ¿Cómo entró usted al cine?
S.B.: Yo era técnico electrónico. Haciendo un trabajo en France 3 de Rennes, mi ciudad, me enganchó lo audiovisual. Entonces estudié televisión, tomé cursos de arte dramático, participé en teatro, traté de ir a alguna escuela de cine y al final aprendí por mi cuenta. Primero unos cortos, después "Le bleu des villes", con un inspector municipal que ya grande comprende que quería ser cantante, "No estoy hecho para que me amen", que incluye varios tangos, luego "Entre adultos", que rodé en cuatro días.
P.: Esa no la conocemos.
S.B.: Fue un momento clave de mi vida. Me habían invitado a conducir una pasantía en el Centre Val de Loire con doce artistas de teatro sin experiencia frente a la cámara. Respondí "no tengo legitimidad para enseñar a nadie", pero insistieron. Entonces armé un ejercicio representando distintas facetas de la vida de pareja, como el desgaste, el engaño, etc. Lo escribí en 10 días, con 4 de rodaje y 4 de montaje, y un resultado increíble. Lo vio el maestro Claude Lelouch, a quien yo no conocía personalmente, y dijo "esto es muy bueno, hay que estrenarlo en salas". El mismo produjo el estreno, y eso impulsó todo el resto de mi carrera. Pero es solo un ejercicio. Algún día haré la película, si es posible con 12 estrellas de Hollywood.


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