10 de agosto 2017 - 23:33

Stéphane Brizé, un cineasta de la incomunicación

En “Una mujer, una vida” (ver pág. 25) adapta un clásico de la literatura de su país con la mirada del artista preocupado por los vínculos familiares.

Brizé. Un técnico electrónico apasionado por la expresión audiovisual, y que se convirtió en cineasta.
Brizé. Un técnico electrónico apasionado por la expresión audiovisual, y que se convirtió en cineasta.
"No estoy hecho para que me quieran", "Un affaire de amor", "Algunas horas de primavera", son títulos llamativos. En cambio su autor, Stéphane Brizé, tiene perfil bajo. Simple técnico electrónico de provincia, las escuelas de cine lo rechazaron. Ahora lo piden como profesor. A Buenos Aires vino a presentar "Une vie", que se estrena hoy como "Una mujer, una vida". Dialogamos con él.

Periodista: ¿Qué le atrajo de esa novela de Guy de Maupassant, tan típica del siglo XIX?

Stephane Brizé: La leí a los 27 años, antes de hacer mi primer corto. Y aunque perteneciera a otra clase social, otra época, otro sexo (perdón, otro género, como hay que decir ahora), me sentí hermanado con el personaje. Me dolía su desilusión respecto a los sueños juveniles. Me dije "espero hacer algún día una película". Después me decía ¿es el momento? No. Así la fui madurando.

P.: ¿Cuál es la mayor diferencia entre su versión y la famosa de Alexandre Astruc con María Schell?

S.B.: Esa, y otras versiones, van hasta la muerte del marido. La mía va hasta la llegada de la nieta y el balance final que hace el personaje, es decir, abarca 30 años de vida. No quería adaptar una parte, porque lo bueno es ver las consecuencias de decisiones que se tomaron mucho tiempo antes. Esto era lo interesante. Por supuesto, para no hacerla muy larga usé muchas elipsis. Ahora el público es más capaz que antes de llenar los vacíos entre las escenas. Y eso también obliga al espectador a estar atento durante la proyección. Pero no es necesario haber leído la novela para captar todo. La película se explica por sí misma.

P.: Casi toda su obra habla de la incomunicación con los mayores, acá con el marido, en otras con los padres.

S.B.: Porque no tengo imaginación. No estoy contando mi vida, sino de conflictos que presencié en mi vida. Esa guerra la viví. Después, algunas cosas se solucionan y una nueva etapa comienza.

P.: Bien, vayamos al comienzo. ¿Cómo entró usted al cine?

S.B.: Yo era técnico electrónico. Haciendo un trabajo en France 3 de Rennes, mi ciudad, me enganchó lo audiovisual. Entonces estudié televisión, tomé cursos de arte dramático, participé en teatro, traté de ir a alguna escuela de cine y al final aprendí por mi cuenta. Primero unos cortos, después "Le bleu des villes", con un inspector municipal que ya grande comprende que quería ser cantante, "No estoy hecho para que me amen", que incluye varios tangos, luego "Entre adultos", que rodé en cuatro días.

P.: Esa no la conocemos.

S.B.: Fue un momento clave de mi vida. Me habían invitado a conducir una pasantía en el Centre Val de Loire con doce artistas de teatro sin experiencia frente a la cámara. Respondí "no tengo legitimidad para enseñar a nadie", pero insistieron. Entonces armé un ejercicio representando distintas facetas de la vida de pareja, como el desgaste, el engaño, etc. Lo escribí en 10 días, con 4 de rodaje y 4 de montaje, y un resultado increíble. Lo vio el maestro Claude Lelouch, a quien yo no conocía personalmente, y dijo "esto es muy bueno, hay que estrenarlo en salas". El mismo produjo el estreno, y eso impulsó todo el resto de mi carrera. Pero es solo un ejercicio. Algún día haré la película, si es posible con 12 estrellas de Hollywood.

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