24 de agosto 2009 - 00:00

Struth, el fotógrafo de los museos

«Museo de Orsay», de Thomas Struth. «En mis fotografías», dice, «la obra de arte mira a la gente que la va a ver».
«Museo de Orsay», de Thomas Struth. «En mis fotografías», dice, «la obra de arte mira a la gente que la va a ver».
 El alemán Thomas Struth (1954), uno de los fotógrafos más brillantes del circuito internacional, llegó el viernes pasado a la Fundación Proa para hablar sobre su obra durante un extenso y distendido encuentro con críticos y artistas, que comenzó en el Auditorio y se prolongó durante una comida. Struth expone desde mayo «Espacios urbanos» en Proa, junto a sus pares de la famosa Escuela de Düsseldorf (Andreas Gursky, Candida Höfer, Axel Hütte, Thomas Ruff) y comenzó por mostrar una secuencia de paisajes, algunos intensos, como un amanecer en Times Square.

La imagen exhibe el primer edificio que cambió la inmensidad de un muro exterior por una pantalla, ubicado en medio del enjambre de carteles luminosos que configura la identidad del lugar. Después habló de sus retratos, entre ellos, una serie de personajes que miran durante determinado tiempo a la cámara, al estilo de los de Andy Warhol, y familias enteras posando frente a su lente.

Si bien los nítidos paisajes y los retratos del alemán son estupendos, el encuentro dejó en claro la importancia crucial que tuvo para la carrera del artista la concepción de una buena idea. Se trataba de una gran idea en realidad, que consistió en retratar las grandes pinturas que pueblan los museos del mundo mientras son admiradas por el público. Sencillamente, Struth contó que en 1987, cuando retrató a un historiador del arte frente a una serie de pinturas, se le ocurrió unir la fotografía con la pintura.

Luego, en 1988 y en la blanca sala de un museo de Nápoles, tomó una foto de unos restauradores junto a unas grandes pinturas. Esta imagen es un verdadero anticipo de las que vinieron después. Es decir, el artista ya había pasado del blanco y negro al color, y el tamaño de las fotos comenzó a asemejarse al de las grandes pinturas del Louvre, adquirió la medida de las obras de culto, de las verdaderas obras maestras del arte con calidad «museo», como «La balsa de la medusa» de Géricault -que es una de sus imágenes más logradas-, rodeada de gente que la observa de espaldas a la cámara.

Cuando relató su gira interminable por los museos del mundo, señaló que «la cuestión era esperar frente a los cuadros». A partir de esta serie cuyas variaciones están impuestas por la gestualidad de un público más o menos numeroso, comenzó a mostrar sus trabajos en los museos, a poner un espejo delante de los ojos de los protagonistas de sus escenas.

Una toma de «La libertad guiando al pueblo» de Delacroix, rompe sin embargo con la calidez de casi toda la serie. La famosa pintura fue prestada por el Louvre a un museo de Tokio que la exhibió detrás de un vidrio, y la imagen ostenta el aspecto de una fría pantalla, sensación que lejos de contrarrestar, acentúan las siluetas amontonadas del público.

Más adelante, Struth decidió abstraer las obras de arte y enfocar tan sólo a los espectadores que las miran. Le dedicó su primera toma al público que enfrenta el «David» de Miguel Ángel. Denominó «Audiencia» esas imágenes que exploran la dinámica que entabla el público con las obras, cuyo rebuscado objetivo «es que la obra mire a la gente que la va a ver». Entretanto, mientras el sentido de sus obras se complejiza, su trabajo también demanda una elaborada producción, con museos a su disposición durante toda una jornada de trabajo y más de un centenar de extras posando para él.

Con una honestidad intelectual digna de subrayar, casi al final de su exposición Struth mostró unas imágenes recientes de diversas junglas del mundo, explicó entonces que quería mostrar espacios «llenos», donde no existiera el más mínimo vacío, y destacó además la necesidad de «tener paciencia». «Creo que no es necesario inventar algo extraño ni plantearse: ¿qué idea se me puede ocurrir ahora?,» concluyó.

A.M.Q.

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