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Sufre Sarkozy el dulce ocaso de Chirac
Y esto sucede a pesar de ser Chirac el primer ex presidente francés que deberá enfrentar a la Justicia en una causa por malversación de fondos públicos. A este ascenso en los sondeos, se suma otra sorpresa: la solidaridad que le manifiestan los referentes de la oposición. Ségolène Royal, ex candidata presidencial socialista, dijo que Chirac «merecía ser dejado tranquilo» y Jean-Pierre Chevènement, ministro de Defensa de François Mitterrand, afirmó que el ex presidente «quedará en la historia como el hombre que se opuso a la invasión a Irak» para lo cual «hacía falta mucha firmeza y coraje».
Y en la feria del libro en la cual presentaba sus Memorias, Chirac, que gobernó Francia de 1995 a 2007, se daba un baño de multitud confirmando su reencuentro con el afecto de los franceses.
Duro de tragar para un Nicolas Sarkozy que eligió ser más contradictor que sucesor de Chirac, pese a pertenecer al mismo partido de centroderecha, la Unión por un Movimiento Popular. Desde el inicio de su gestión, se mostró como el hombre de la ruptura: sumó al país al comando militar integrado de la OTAN -poniendo fin al tradicional antiatlantismo galo- y dijo que la posición de Francia en 2003 sobre Irak había sido «arrogante». Tampoco se privó de aludir a los «reyes haraganes» que habitaron el palacio presidencial antes que él.
En los tiempos de su llegada al poder, Sarkozy era visto como un decisionista, pragmático y optimista, el hombre en cuya guía confiaba la «vieja» Francia para salir de la morosidad. Y, aunque a veces su protagonismo se basaba en la apropiación de méritos ajenos, como la liberación de las enfermeras búlgaras detenidas en Libia o el rescate de Ingrid Betancourt en Colombia, parecía que no defraudaría.
Dos años y medio después, los franceses descubren que la hiperactividad del presidente era más formal y mediática que real. Y sale a la luz su encuestomanía: 3 millones de euros para realizar un sondeo por día en 2008 y 2009, signo de una política basada en el márketing antes que en la convicción y la estrategia.
Todo esto, sumado a la inclinación por el exhibicionismo de la vida privada, los gustos de nuevo rico y el favoritismo hacia amigos y parientes.
Si el objetivo declamado de su gestión era recomponer el orgullo nacional, los franceses ven en cambio proyectarse hacia el exterior un estilo algo ramplón y añoran al Chirac que siempre dejó bien parada a la «République» y que logró un clímax de popularidad mundial al liderar la oposición a la guerra de Irak.
En contraste con la omnipresencia mediática de su sucesor, resalta la discreción chiraquiana, la modestia de quien no le hacía sombra a los miembros de su gabinete y usaba siempre el «nosotros», en vez del constante «yo» de hoy.
Y cuando el vocero presidencial reacciona al otorgamiento del Nobel de la Paz a Barack Obama diciendo que «había otras personas a recompensar, como Sarkozy, quien al frente de la Unión Europea, puso fin al conflicto de Georgia», y el propio presidente incurre en bochorno al reivindicar protagonismo en la caída del muro de Berlín, sólo queda la ironía. Por eso un comentarista lo postuló al «Nobel del Ego».


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