La "evasión es el cáncer de la sociedad" se escucha frecuentemente en encumbrados pasillos y despachos de la Jefatura de Gabinete. El diagnóstico oficial es que "la evasión es llevada a cabo por personas y empresas inescrupulosas que prefieren no pagar impuestos, ganar más dinero con ello, y no contribuir al financiamiento del estado como aquellos que aportan. Son por lo tanto insensibles competidores desleales". El problema, concluyen, es de control. El estado "tiene que ser más eficaz" en los mecanismos de control fiscal.
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El falso diagnóstico recién descripto los lleva a sostener que una "eficiente gestión" reducirá el grado de evasión y luego de ello recién se podrá pensar en una reducción de los impuestos. "La estructura impositiva está donde está porque no todos pagan sus impuestos" comentaba un alto funcionario de AFIP.
El diagnóstico del gobierno, que es una fotocopia de los diagnósticos de los gobiernos anteriores, está equivocado. La evasión es fruto directo de una estructura fiscal inviable. Los impuestos en Argentina son confiscatorios, engorrosos, complejos y antieconómicos desde su concepción hasta la liquidación. Además de distorsionar la asignación de recursos y desincentivar la inversión y el desarrollo de las empresas, los impuestos tal como están diseñados violan todos los principios de razonabilidad, equidad y economicidad.
Debido a la complejidad de liquidación y los costos financieros por la maraña de anticipos y pagos a cuenta lo que paga un contribuyente es mucho más que lo que recibe el fisco. Recientes medidas fiscales en la Nación y en provincias gobernadas por Cambiemos dan cuenta de una mayor presión fiscal y mayor complejidad y trastorno para los contribuyentes.
Cambiemos debe comprender que el estado soviético heredado no es "eficientizable". Argentina no está bloqueada y paralizada por un problema de gestión sino por una inviabilidad fundacional. Las inversiones no están en el puerto de Buenos Aires esperando un resultado electoral o una tendencia favorable en las encuestas.
Argentina tiene un problema de diseño fiscal. Ese problema no acepta gradualismo ni soluciones timoratas. La evasión no se solucionará con mejores y más eficientes controles sino con un combate de plano a los incentivos. Elevados impuestos son un premio a la informalidad; aumentando los controles, la promueven.
Si la Argentina pretende ser el "supermercado del mundo", como mencionó el Presidente Macri en numerosas oportunidades, una condición necesaria es dejar de ser una agencia tributaria que aplasta la producción y el empleo. Argentina debe pensar una reforma de reducción drástica de todos los impuestos (nacionales y fundamentalmente Ingresos Brutos provinciales), una simplificación, abolir los mecanismos de percepciones y pagos a cuenta y establecer un techo a la sumatoria de la presión tributaria global. Debemos confiar en la máxima alberdiana "la opulencia del gobierno es hija de la opulencia de los particulares".
Conviene recordar el texto del primer libro de economía, escrito en 1776. Adam Smith dice en Las Riquezas de las Naciones. "Todos los impuestos deben estar diseñados para extraer de los bolsillos de los contribuyentes la menor suma posible más allá de lo que ingresa en el tesoro público del estado".
"Un impuesto puede extraer a los bolsillos de la gente mucho más de lo que ingresa en el tesoro público de las cuatro siguientes formas. Primero, su recaudación puede requerir un gran número de funcionarios, cuyos salarios pueden absorber una gran parte del producto del impuesto. Segundo, puede obstruir el trabajo del pueblo y desanimarlo a ingresar en ciertas ramas de actividad que podrían dar sustento y empleo a grandes multitudes.
Tercero, por las confiscaciones y otras penas en las que pueden incurrir los desgraciados que intentan evadir el impuesto sin éxito, puede a menudo arruinarlos y liquidar así el beneficio que la sociedad podría haber recibido gracias a la inversión de sus capitales. Un impuesto excesivo genera una gran tentación de evadirlo. La ley, crea primero la tentación y castiga después a los que ceden ante ella.
Cuarto, al someter al pueblo a la frecuente visita y la odiosa inspección de los recaudadores, lo expone innecesariamente a muchos inconvenientes, vejaciones y opresiones; y aunque la vejación no es estrictamente hablando un gasto, es ciertamente equivalente al gasto que cada persona estaría dispuesta a pagar para librarse de ella.
A través de alguna u otra de estas cuatro vías, los impuestos resultan frecuentemente más gravosos para los ciudadanos que beneficiosos pare el soberano.
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