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Tan irregular como el Fassbinder más primitivo
«Murieron con las botas puestas», «Murió como los hombres», «A lo macho», el cine abunda en títulos de muertes viriles. Pero este «Morir como un hombre» es más bien una ironía, porque el protagonista deseaba morir con los tacos aguja al costadito de la cama. En su enunciado, la obra se emparenta entonces con aquel «Déjenme morir mujer» (Let me die a woman, Doris Wishman, 1977) que acá se conoció en los 80, junto a «Vestida de azul», «Un hombre llamado Flor de Otoño» y demás atracciones del cine queer de aquella época.
Lisboeta, con ese melancólico regodeo en la tristeza y la frustración que tiene el cine portugués de autor, «Morir como un hombre» expone el dolor de Antonia, alias Tonia, viejo travesti arrinconado por la edad, la competencia de un negro joven, y los problemas del amante drogón y el hijo resentido que se le aparece sólo para mayor desgracia. Enfermo, encara con su amor un último viaje, y allí, inesperada y fugazmente, encontrará un rinconcito donde sentirse como en otro mundo. Antes de irse al otro mundo, claro.
A juzgar por semejantes elementos argumentales, ¿será el responsable un seguidor de Fassbinder? Sí, señor, del más primitivo y corrosivo Fassbinder. Ahí están las relaciones de dominación, la tortura espiritual de la soledad, colores exacerbados, sentimientos intensos, caídas en lo grotesco, naturalismo mezclado con momentos de fantasía, puestas de cámara, uso de no-actores que dialogan de modo artificioso, alternancia de tomas buenas con otras francamente descartables, recursos antojadizos, etc., incluso el acabado técnico amateur. Junto a ello, también unas situaciones con algo de Keith Anger y Jack Smith, algunas coincidencias con el final de Ruth Bryden, famoso transformista portugués, y un puñado de canciones tristes. A señalar, «Calvary», por Baby Dee, otras a cargo del protagonista Fernando Santos, y «Cuando calienta el sol» evocada por uno que se suicida en la playa.
Señalables también, para que el público sonría un poco a espaldas del autor, dos perritos capaces de enterrar cuidadosamente una ametralladora (tal cual), y un travesti que recita versos de Paul Celan junto a un gordo muy serio y una doméstica que parecen salidos de «Cha Cha Cha». El autor se llama Joao Pedro Rodrigues, éste es su tercer largometraje (todos del mismo estilo), y con él ganó el certamen Cine del Futuro del Bafici 2010, en donde simultáneamente participó como jurado de la sección oficial. Con una sensibilidad que hasta cierto punto logra compensar sus varias chapucerías e irregularidades, promete ser obra de culto en el ambiente local.
P.S.


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