16 de abril 2009 - 00:00

Teatro oficial y privado: una brecha cada vez mayor

Kive Staiff, director del municipal Complejo Teatral de Buenos Aires: «Es difícil que los dirigentes entiendan la cultura como continuación de la educación».
Kive Staiff, director del municipal Complejo Teatral de Buenos Aires: «Es difícil que los dirigentes entiendan la cultura como continuación de la educación».
«Estamos pasando un momento que registra cifras históricas, por lo favorables, de asistencia, producción y exhibición de teatro en todo el país», se entusiasmó anteayer el empresario privado Carlos Rottemberg frente a un auditorio en la Universidad de Palermo, donde esta semana se realizan jornadas dedicadas a esa actividad, y donde estuvo además Kive Staiff, director del Complejo Teatral de Buenos Aires (cuyo centro es el Teatro San Martín), para referirse al teatro público versus el comercial.

Según las cifras que manejó Rottemberg, presidente de la Asociación Argentina de Empresarios Teatrales, en la Argentina de los años ´50, con el teatro polarizado en la Capital Federal, se registraba una asistencia de 5 millones de personas a las salas, por año. El número bajó, producto de las nuevas tecnologías, y se llegó a datos alarmantes en la crisis de 2001: 1 millón de espectadores por año a nivel nacional.

En este momento la cifra general ha superado los 6 millones de espectadores por año, de los cuales 3.5 millones están fuera de Buenos Aires, lo que no deja de ser abundante para Capital y GBA, que queda con 2.5 millones. Por otra parte, de esos 3.5 millones del resto del país, 600 mil espectadores corresponden a Mar del Plata y 700 mil en Carlos Paz, en los meses de verano.

El público de teatro está repartido, con concentración en Capital pero más diseminado si se lo compara con décadas pasadas. Producto de la inseguridad y la proliferación de los barrios privados, son legión los teatros en el conurbano que se nutren de las obras que salen de gira desde la Capital. Teatros de Moreno, Merlo o en zona norte, el de Martínez, «El tornillo» en Vicente Lopez, el Auditorio de San Isidro o el teatro de San Fernando, reciben afluencia de público y giras que se confeccionan en función a la oferta de edificios teatrales.

Pese al, según él, buen momento, Rottemberg relativiza: «Si hacer teatro fuera redituable, no debería haber una ley que impidiera demoler los teatros, por otra parte, yo vivo muy bien, justamente del teatro. En esta actividad, además de saber manejar el libro del teatro, hay que saber manejar el libro del banco. No deja de ser una empresa».

En la línea opuesta se ubicó Kive Staiff, quien va por su tercera gestión en una función que desempeña desde fines de los ´70, a la que llegó luego de ser crítico del diario «La Opinión». «Cuando llegué al teatro San Martín no había desafío intelectual, ni social, ni cultural. Siempre intenté ir contra la ignorancia de nuestra clase dirigente porque, debemos asumirlo, nuestros dirigentes son burros. Es difícil hacerles entender la cultura como continuación de la educación, como una herramienta para vivir y morir mejor. Mi lucha fue siempre terrible y catastrófica, no siempre tuve suerte pero algo creo que conseguimos. Ocurre que los dirigentes casi siempre piensan a la cultura como mero entretenimiento, y no un ariete para destruir las injusticias. El escenario es muy adecuado para el debate de ideas, y todo hecho por personas. Esa es la gran fascinación de la que otros medios de comunicación adolecen».

Rottemberg
también recordó sus comienzos en la actividad, 34 años atrás: «La primera anécdota con un actor la tuve a los 17 años, cuando todavía estaba interesado en exhibir cine, en especial el cine infantil, con el «cine baby» y los festivales «Tom y Jerry». Juan Carlos Dual me vino a hablar y le contesté, insolente, que yo a los actores los quería enlatados. Recién después de 15 años volvió a saludarme. Es que no tenía intención de conocer a los actores, qué paradoja, porque terminé trabajando con ellos».

Rottemberg juega hasta hoy el mismo juego que comenzó a los 12 años: determinar qué películas iban a funcionar y cuáles no. Hasta hoy hace lo mismo con las obras teatrales y dice tener varios secretos, de los cuales contó sólo uno: «Descubrí que las películas cuando se estrenaban eran, o muy buenas, o muy malas. Cuando la película era muy mala, la daban en muchos cines, con lo que el lunes en la oficina todos decían «Vi un bodrio». Pero la sensación era que uno estaba viendo lo que veía todo el mundo, el famoso boca en boca, para bien o para mal, era y es válido».

Staiff se refirió a su proceso para seleccionar una obra, lo que le implica todo el año de lectura sólo teatro, y recién el verano para literatura. «Lo que buscamos en definitiva es dar respuesta desde el teatro a aquello que leemos todos los días en los diarios. No tengo un método, podría decir que una parte es racional, y la otra es intuición, no se puede explicar. También hay gran cuota de experiencia».

A diferencia de la descripción que aporta Rottemberg sobre el teatro comercial («No me gusta llamarlo teatro comercial, que suena más discriminatorio, en cambio «profesional» suena más lindo»), Staiff sostuvo que el teatro comercial está dirigido y es consumido por la clase media y alta, mientras el circuito oficial y el alternativo apuntan a clases medias. «La clase alta no puede absorber Discépolo, no le atrae porque es tema de pobres, no trata sus conflictos. Pero tampoco es Shakespeare, pues en Argentina no tenemos pasado de teatro, comenzó ayer con Discépolo, que es el Shakespeare de nuestra historia teatral».

En la misma línea, Staiff se lamentó de que lo que él llama «clase alta» viajara a París y asistiera a ver la Comédie-Française, pero jamás se acercara al San Martín o al Colón, del que dijo desconocer si funcionará como el teatro de producción que fue siempre o mero teatro para exhibición de obras extranjeras. «No tenemos el compromiso con el teatro que tiene el pueblo francés», concluyó Staiff. También comparó al público local con el norteamericano, «donde son individualistas pero hacen mucho por la cultura, acaso por su ingrediente religioso, que los hace sentir que deben devolverle al Estado algo de tanto que ellos ganaron, y ahí se filtra la cultura».

Para la nueva temporada del San Martín Staiff reconoció haber estado peleando mucho por Shakespeare («Un autor del que no se puede prescindir»), y finalmente se decidió por una nueva puesta de «Mucho ruido y pocas nueces», que según sus palabras «obedeció al criterio de poner un poco de humor, no podemos ser tan serios». Lo mismo ocurrió el año pasado con «Las mujeres sabias» de Molière, que funcionó de manera excepcional a nivel público.

En cuanto al Festival Internacional de Teatro que abrirá este año el 5 de octubre con un espectáculo del San Martín, Staiff adelantó que «no será más bienal pues el año que viene habrá FIBA, debido al bicentenario».

Staiff lamentó la falta de presupuesto y añoró los años ´80 en que abundaban las giras por el interior y exterior, que llevó al San Martín hasta la ex Unión Soviética. «Eramos un lugar con temporada internacional formidable, en los tiempos de Pina Bausch. La Comédie Francaise vino y se pagó todo, sólo les abonamos el ómnibus al aeropuerto, ahora pasamos por un momento de crisis».

Rottemberg también se refirió a la crisis, pero más a nivel de los contenidos, pues sostiene que es un buen momento para la actividad. «Vivimos en una sociedad en la que no puede negarse que los medios vienen a cubrir los estrenos de teatro, pero los movileros de televisión corren hacia Nazarena Vélez en lugar de ir a Arturo Puig. Y titulan «El estreno de la noche», con la sola cobertura de la alfombra roja».

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