2 de abril 2009 - 00:00

Temblor en la campaña; vuelve la UCR y Kirchner gana tiempo

El ritmo político, a tres meses de la elección en la que Néstor Kirchner arriesga su suerte futura, tuvo apenas una «impasse», una breve tregua implícita, con la muerte de Raúl Alfonsín que, sin embargo, por la dimensión del ex presidente, no será inocua al duelo en las urnas.
El desfile incesante de dirigentes en el Congreso y cierta mezquindad de protagonismo junto al féretro del caudillo radical son el tímido y amargo anticipo de que la figura de Alfonsín estará más presente de lo deseado en la disputa electoral.
Los memoriosos, aquellos que transitan el peronismo, remiten a 1995 y proyectan, con una mirada desapasionada, al impacto que tuvo en el destino político de Carlos Menem la muerte, el 15 de marzo de aquel año, de su hijo «Carlitos» en un accidente aéreo.
«Perdía por 10 puntos y, una semana después, había dado vuelta la elección», recordó, ayer, un peronista que por aquellos días encuestaba para Eduardo Duhalde en el conurbano profundo. En esa línea de análisis, el adiós de Alfonsín podría sacudir la grilla electoral.
El efecto más visible, se especula, sería sobre la UCR que, en soledad, desempolvado la antigua lista 3 o en alianza con la Coalición Cívica (CC) de Elisa Carrió y Margarita Stolbizer, llevará el apellido Alfonsín en las boletas, a través de su hijo Ricardo.
La pasión reivindicatoria de la figura del ex presidente, artífice de los mayores éxitos y responsable de los máximos fracasos en las últimas tres décadas de historia de la UCR, sugiere una traslación de perdones, por efecto contagio, hacia su partido.
Fascinación
En el sano, agradecido, deseo de dirigentes de múltiple origen por aparecer cerca de Alfonsín puede anidar también el deseo de quedarse con siquiera una pizca de la fascinación que, en este trance definitivo, despertó el ex presidente entre las multitudes.
¿No sugiere eso, de algún modo, la batalla por figurar en la lista de oradores? La tendencia popular no dejó lugar, tampoco, para que ningún político que busca encantar pueda abstraerse de la ceremonia ni evitar el besamanos en el Congreso.
Más de uno no lo conocía.
Si para el radicalismo, al que desde el 99 se le escapan el festejo grande en las urnas, el adiós de Alfonsín puede funcionar como un impulso, un imán para apostar a la recomposición, a Néstor Kirchner le ofrece una tregua en medio de su hora peor.
No hay, desde el fin de semana pasado, otro asunto en la agenda monotemática del peronismo K, que la incertidumbre sobre el destino electoral, los temores a un 29-J perdidoso y, ante eso, una usina inagotable de alquimias y artificios para repeler una eventual derrota.
La muerte de Alfonsín dispuso un manso armisticio, un cese de hostilidades no declarados que apaga -o al menos la saca de la agenda pública- por un rato las demandas desde abajo e interrumpe la ola positiva que rodea a quien es hoy su rival principal, Francisco de Narváez.
Asoma, entre algunos operadores K, una expectativa: que repunte la UCR, en alianza con la CC, y rompa la polarización cada vez más visible entre el kirchnerismo y el PJ disidente, para de ese modo dividir el voto anti-K. Hipótesis, todavía; deseos, seguro.

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